Hoy cumpliría años mi abuela materna, Carolina. Hace tiempo que no podía ya contarnos las historias de su infancia como cuando yo era pequeña, adolescente, mujer empezando a ser adulta. Aun así, si cierro los ojos la veo hablar y sonreir. La guerra en el pueblo, la maestra que la pegaba con una regla, el bar del cine. Siempre decía que no había podido estudiar y sin embargo, yo la veía más lista que el hambre.

Tengo la certeza de que, sin su amor y su aceptación siempre presentes, constantes, alumbrando todo hasta el final, no sería quien soy. En su recuerdo, y en el de todas las mujeres que nos cuidaron y nos dieron luz: gracias.

(La de la foto soy yo, en la puerta de su casa leyendo un periódico al revés y en un viaje de los muchos que hice con mis abuelos).


3 comentarios

  1. Que importante es la figura de una abuela! Yo tuve el privilegio de tenerla hasta hace unos años, con 99 y medio se fue, pero cada día la tengo presente conmigo, porque al igu que yo para ella fui especial , ella para mi también, te quiero abuela ❤️❤️.

  2. Lo que más agradecí a mi madre, y mira que la debo, fue el interés que puso siempre y cómo se impuso para que sus dos hijas estudiaran. Mi hermano y mi otra hermana llegaron bastante más tarde, para ellos también pero entonces ya era más común que las niñas estudiaran y no perdieran el tiempo en horas lectivas con canastillas de papel, bordados y similares y lecturitas insulsas, sin contenido… y la obligación del Servicio Social femenino.

    “el bar del cine” era el ambigú del Cine Sevilla en la calle de Abtao nº 4 con lo que completaban, además del trabajo en Wagons Lits Cook de mi padre, los trajes militares como costurera de mi madre, la inmejorable cocina de mi abuela para el entonces dueño de El Corte Inglés y todo lo que los caía a mano para que a sus hijos no les faltara de nada.

    Quien, si hay justicia divina, habrá llevado un buen castigo habrá sido la maestra del pueblo de Salamanca donde creció mi madre, durante la guerra, aunque nació en Madrid. Su tía Matilde, hermana de mi abuela Crispina, la trajo de Santander, donde cuidaba niños de gente de posibles, un cuento muy bonito. Mi madre lo llevó al colegio para enseñárselo a esa ¿maestra? con toda la ilusión del mundo y la pedazo burra, ¡vaya usted a saber por qué!, allí mismo lo hizo añicos. He leído en varias biografías que en esa época las familias con dinero enviaban los 2 ó 3 meses de verano a la esposa y los hijos a veranear con sus respectivas niñeras.

    En esa misma escuela el castigo no era “los niños de pie y de cara a la pared” como yo he vivido, sino juntar todos los dedos de la mano, apiñaditos y regletazo al canto. Y ya en los sesenta ví, en colegios privados, volar el cepillo de madera del encerado por encima de las cabezas de los chicos, nosotras nos librábamos, hasta aterrizar en la cabeza de quien el profesor había puesto el ojo.

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