Hay dos lugares en los que puedo parar el tiempo: frenta al mar, y en una buena librería. Los libros aparecen en mi cabeza cuando alguien me pregunta por aquello de lo que no podría prescindir. Puedo pasar horas recorriendo los pasillos de una biblioteca, imaginando las historias que esconde cada título. Sin embargo, me resulta díficil decidirme por uno; leo la sinopsis por curiosidad, pero la clave está en los primeros párrafos. Solo llevo conmigo aquellos que, libres de artificio, hablan de algo que es verdad. Es lo que busco y valoro también en las personas; sencillez, transparencia, honestidad.

Estos son algunos de los que me atraparon así. Y a ti, ¿cómo te eligen las historias? ¡Feliz día del libro!


Fotograma de El cielo sobre Berlín, 1987

Maggie O’Farrel

Más adelante, en el camino, un hombre sale de detrás de una piedra grande.

Estamos los dos en la orilla de un lago oscuro oculto en la artesa que forma la cumbre de esta montaña. El cielo es de un azul lechoso; aquí, tan arriba, no hay vegetación, y solo estamos él y yo, las piedras y el agua quieta y negra. Se planta en medio del camino con sus botas, las piernas separadas, y sonríe.

Me doy cuenta de varias cosas: que lo he adelantado hace un rato abajo, en la cañada, donde nos hemos saludado amable y brevemente, como se suele hacer en los paseos por el campo. Que en este remoto tramo de senda no puede oírme nadie. Que me estaba esperando: lo ha planetado todo al detalle, meticulosamente, y he caído en la trampa.

Todo esto lo veo en un instante.

Maggie O’Farrell, Sigo aquí

Chimamanda Ngozie Adichie

El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.

— Pero es buena persona — añadió — . Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.

Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.

Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad.

Chimamanda Ngozi Adichie, Medio sol amarillo


Carson McCullers


El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vidrieras de colores, y una miserable calle mayor que no medirá más de cien metros. Los sábados llegan los granjeros de los alrededores para hacer sus compras y charlar un rato. Fuera de eso, el pueblo es solitario, triste; está como perdido y olvidado del resto del mundo. La estación de ferrocarril más próxima es Society City, y las líneas de autobuses Greyhoundo y White Bus pasan por la carretera de Forks Falls, a tres millas de distancia. Los inviernos son cortos y crudos y los veranos blancos de luz y de un calor rabioso.


Si se pasa por la calle mayor en una tarde de agosto, no encuentra uno nada que hacer. El edificio más grande, en el centro mismo del pueblo, está cerrado con tablones clavados y se inclina tanto a la derecha que parece que va a derrumbarse de un momento a otro. Es una casa muy vieja: tiene un aspecto extraño, ruinoso, que en el primer momento no se sabe en qué consiste; de pronto cae uno en la cuenta de que alguna vez, hace mucho tiempo, se pintó el porche delantero y parte de la fachada; pero lo dejaron a medio pintar y un lado de la casa está más oscuro y más sucio que el otro. La casa parece abandonada. Sin embargo, en el segundo piso hay una ventana que no está atrancada; a veces, a última hora de la tarde, cuando el calor es más sofocante, aparece una mano que va abriendo despacio los postigos, y asoma una cara que mira a la calle. Es una de esas caras borrosas que se ven en sueños: asexuada1, pálida, con unos ojos grises que bizquean hacia dentro tan violentamente que parece que están lanzándose el uno al otro una larga mirada de congoja. La cara permanece en la ventana durante una hora, aproximadamente; luego se vuelven a cerrar los postigos, y ya no se ve alma viviente en toda la calle.»

Carson McCullers, La balada del café triste

Yo fui el primero de la reserva en conducir un descapotable. Y, por supuesto, era rojo, un Oldsmobile rojo. Era dueño de ese coche junto con mi hermano Stephan. Ambos éramos los dueños hasta que sus botas se llenaron de agua en una noche ventosa y él me compró mi parte. Ahora Stephan es el propietario de todo el coche, y su hermano pequeño Marti (es decir, yo) va caminando a todas partes.

Louise Erdrich, El descapotable rojo


11 comentarios

  1. Estoy leyendo, gracias a tu recomendación, Sigo aquí. Me encanta. Estoy feliz y no quiero terminarlo. Aunque tengo una fila larga de libros que me esperan.

    1. Esroy armando club de fans para este libro 🙂 Yo quería avanzar y, al mismo tiempo, que no terminara nunca. Lo he dosificado y saboreado Las últimas páginas… Ya me contarás. ¡Gracias, Alejandra!

  2. ¡Anda! lo mismo que a mí. También puedo pasar horas recorriendo los pasillos de una librería o biblioteca tratando de adivinar los secretos y sorpresas de cada uno de ellos.

    Mis ,mejores amigos.

    Otra forma de viajar.

    Imposible imaginar la vida sin una buena lectura.

  3. A mi me gusta mucho variar de géneros, me gustan todos, pero en orden, suelo alternar diferentes lecturas depende del momento que esté atravesando. Feliz día del libro !

  4. Que maravilla encontrar similitudes en los mundos de magia: frente al mar y frente a una buena lectura.
    Los libros son mis compañeros de vida. Dialogamos en espacios donde la soledad nos trasciende Las historias de más mujeres que se atreven a contar su propia historia, me atrapan, como la enredadera que usa las ramas de gigantes árboles para posicionarse en el mundo que las puede enaltecer …

  5. A mí siempre me ha gustado la lectura.

    Durante mucho tiempo, siempre tenía un libro en la mano, dejaba uno y ya tenía el siguiente preparado. Y cuando era joven, me compraba libros de segunda mano en rastrillos o puestos, y daba igual el título, la portada, me dejaba llevar por lo que viera en ese momento, siempre y cuando fueran baratos… lo importante para mí era no dejar de leer.

    Ahora me sucede que he dejado de leer de esa forma y con esa frecuencia. Leo mucho menos, me cuesta mucho más hacerlo pero es verdad que no tengo las mismas circunstancias que antes. Ya no tengo un libro detrás de otro, aunque tengo muchos esperando que los abra y ser leídos.

    Estoy segura que ese hábito volverá a mí en algún momento, por sí solo, volverá.

    Feliz día del libro y gracias por el precioso poema de Carpe Diem!! Maravilloso!!

    1. Seguro segurísimo que volverá, Miriam 🙂 A mí también me abandonó durante un tiempo. En mi caso, creo que porque los libros son espejos; como yo no podía verme, tampoco podía mirarme en ellos. Me costó recuperar el hábito de encadenarlos, tal como tú comentas. ¡Y mira que me gustan! Ahora vuelvo a devorarlos. Son refugio y consuelo, puerta a otros mundos…

      ¡Carpe diem, querida! Gracias 🙂

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