Antes de lanzar por primera vez Escritura cotidiana y La mirada, pasé mucho tiempo dándoles vueltas. Sabía lo que quería hacer, pero no tenía claro cómo llevarlo a la práctica. Cuando quiero diseñar un nuevo curso o taller pienso siempre:

  • Para qué me gustaría que sirviera a otras personas, teniendo en cuenta lo que yo misma esperaría de él. Si no fuera mío, ¿invertiría tiempo y dinero en él? La respuesta a la segunda pregunta siempre tiene que ser positiva.
  • El guión de los contenidos, que tienen que tener una conexión entre ellos; ir avanzando de una unidad a otra siempre desde el aprendizaje de nuevos recursos y una perspectiva distinta a la habitual desde la que mirar y mirarnos; pero, sobre todo, con reflexiones y propuestas prácticas para que cada persona pueda conectar con los recursos que ya tiene, y con su deseo de escribir.

El verano pasado me di cuenta de que estaba buscando algo sencillo; devolver la mirada al asombro, a lo cotidiano. Algo que está presente en Narrativas y otras lunas desde el inicio, que acompaña a todos los cursos y talleres; pero que tenía que convertirse, al mismo tiempo, en algo distinto. Afinar aún más el asombro, el mismo acto de mirar.

Después de unos días de vacaciones yo misma pude reconectar de nuevo con mi mirada, con mi forma de estar en el mundo; y me di cuenta de que, independientemente de lo que pasara fuera o dentro, de que estuviera triste o alegre, eso es lo que necesitaba para escribir; tan sencillo y tan complejo. Pararme a mirar afuera y adentro; permitirme mirar en ambos sentidos, en ambas direcciones, y sentir las conexiones. Algo que no siempre puedo, podemos hacer; porque a veces evadimos la mirada, necesitamos salirnos de ella para respirar. Pero que me ayuda y me fortalece cuando lo consigo.

Entonces nació Escritura cotidiana; lo compartí con otras personas, y ellas también encontraron el camino para reconectar con sus palabras, con su forma única de ver el mundo. Así encontré lo que necesitaba para terminar de dar forma a esta propuesta.

Escogí las amapolas como emblema de La mirada porque para mí representan la infancia; y, aunque en este curso no vamos a visitarla como en otras ocasiones (Palabras a volar, Contar tu propia historia) en ella está la mirada que me gustaría ayudarte a recuperar. Volver a verlo todo como si fuera la primera vez; conectar con el asombro y dejar que nos sorprenda no solo lo que vemos, sino lo que no está. Los espacios en blanco que nombra Marina Garcés; aquellos que, a diferencia de los lugares internos y externos que están sobresaturados de información y estímulos, aún dejan hueco para algo más; aquellos en los que aún podemos crear, soñar, emborronarnos las manos. Cuestionarnos lo que sabemos; abrir espacio a las posibilidades y, con ellas, a lo por venir.


En Narrativas y otras lunas te acompaño para que puedas contar tu propia historia uniendo los saberes de la psicología, la escritura y la narración. Si quieres conocerme un poco mejor y empezar a escribir, echa un vistazo a los recursos gratuitos que ofrezco:

Gracias por tu visita, y ¡hasta pronto!

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