Escribir en verano (2019)

Siempre he sentido un amor inmenso por la literatura, y un deseo enorme de escribir. Aquella niña que se perdía en los cuadernos de verano y en los campos de trigo tenía todo el tiempo una o varias historias a la cabeza. Ella no las buscaba; aparecían. Se mezclaban con los poemas y las canciones que aprendía de memoria con facilidad. Pero nunca sintió que aquello fuera importante y valioso. De hecho, aquella niña tenía muy presente la historia de un hidalgo que se volvió loco por leer y soñar demasiado. Nunca pensó que aquello fuera un don; que fuera útil o importante.

Y, aun así, leía sin descanso; sigue leyendo y perdiéndose en esos otros mundos que son, a menudo, más reales que los que habitamos. Es cada personaje y, a la vez, la voz que cuenta la historia. Ama los cuentos, la poesía, el teatro, la palabra escrita y hablada, la fotografía, el cine y todas las formas en las que puede contarse una historia real o inventada, pero cargada de verdad.

Aquella niña que siempre quiso escribir hace solo unos pocos años que se siente capaz de hacerlo con total libertad. Para lograrlo ha necesitado acompañarse a sí misma, enfrentar todos sus monstruos, invitarlos a tomar café. Acallar las voces que hablaban de problemas, vergüenza, fantasmas, heridas. La niña, ahora, escribe. Y por eso yo, que la conozco bien, quiero empezar a contarte cómo lo ha conseguido; para que tú también puedas recorrer ese sendero tantas veces como quieras.

La escritura es un camino largo, que no termina nunca; quizá como la vida. Cada vez que aprendemos algo, nos damos cuenta de cuánto ignoramos; ahora, y en el pasado. Y sin embargo, porque somos criaturas increíblemente resilientes, seguimos adelante.

Si solo pudiera darte un consejo, sería este: si quieres escribir, escribe. No esperes a mañana; empieza hoy, ahora. Coge lo que tengas más a mano: el móvil, tu cuaderno, un ordenador, el ticket de la compra, y escribe. Sin pensar en el resultado, pero sin perder de vista qué es lo que quieres contar; cuál es tu historia. Y si quieres un poco de ayuda, quizá esta sea una buena ocasión para empezar:

Escribir a la Mujer Salvaje (abrazar las preguntas)

Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola Estés, es un libro sobre la psique femenina pero, sobre todo, sobre las enseñanzas que recogen los cuentos tradicionales y el estudio de los arquetipos junguianos. Su principal objetivo es ayudar a las mujeres a conectar de nuevo con su sabiduría instintiva; pero cualquier persona a la que le resuene el enfoque de la autora puede disfrutarlo.

Hace muchos años que deseo de hacer algo más con el libro, por el que siento un gran respeto. Precisamente por eso, me gustaría aporta algo; en este caso, crear el espacio para que otras mujeres puedan aproximarse a él por primera vez. También para que podamos compartir nuestros saberes, dudas, hallazgos, fortalezas, sueños… Independientemente del tiempo que llevemos habitándolo.  

Siempre he creído profundamente en las preguntas; si alguna vez las pierdo de vista, me angustio y pienso que, ahora sí, soy yo la que estoy perdida. Hay preguntas que clarifican y preguntas que nos acercan a algo que sabemos que sabemos o que aún no sabemos que sabemos, pero intuimos. Cuando aparezcan las conocerás, porque sentirás la tentación de escapar de ellas; voy a pedirte que no lo hagas. Permite que tomen forma, que vayan encontrando su lugar en tu cuerpo. Invítalas a desayunar contigo; busca un lugar para que duerman mientras tú lo haces también. Lejos de ti, para que puedas descansar y reponerte. Sácalas a pasear; deja que se bañen en algún mar de tu infancia. Cuando sientas que es el momento, solo entonces, escribe sobre ellas.

Hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para crecer, otro para descansar, otro para restaurarse. Hay un tiempo para sembrar, y otro para recoger; ninguno de los dos durará para siempre. Escucha los ciclos; los de tu cuerpo, los de la luna, los de las estaciones. Fuimos nómadas y agricultoras antes que sedentarias; hay mucho empeño en decirnos que la respuesta de estrés está grabada en nuestro cuerpo, pero no que lo está también el contacto con la naturaleza y la conexión con sus enseñanzas.

Escribir a la Mujer Salvaje es un curso online con 12 preguntas cada semana para que puedas explorar el libro a partir de ellas, conocerte mejor para cuidarte más, alimentar tu naturaleza instintiva.

Si decides unirte, aún estás a tiempo. Si prefieres esperar, es probable que haya otra oportunidad. Mientras tanto abraza tus dudas, tu alegría, tu malestar y tu vulnerabilidad. Siente la tierra bajo tus pies, maravíllate con el vuelo de los pájaros. Mira cómo la vida sale adelante en cada lugar, cada día, a pesar de todo. Escucha, siente, ama, respétate, lee, escribe.

«Ten paciencia con todo lo que aún no se ha resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros que, en este momento, están escritos en una lengua extraña. No persigas las respuestas, que no puedes recibir porque no podrías vivirlas ahora. Es importante vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Quizá de forma gradual, sin ser apenas consciente, un día lejano llegarás a vivir la respuesta.»

Rainer María Rilke

El corazón del ovillo

«Repasar los recuerdos es como tirar del hilo de un ovillo. La vida es como un ovillo de lana bien enrollado, apretado, redondo. Buscas la pista del hilo escondido, la que está al fondo. La que has dejado suelta para que asome al final. Coges ese extremo y tiras, y suavemente van desenroscándose las primeras vueltas, las que un día formaron el corazón del ovillo. Tiras y tiras. El hilo se desliza por tus dedos, se desliza áspero o sedoso, depende de su calidad. Así la propia vida. Me gusta tirar del hilo, y cuántas veces me canso, me agoto y abandono. Otras, no sé dejarlo. Me produce una exaltación especial sentir el roce de lo vivido entre los dedos. Esas variantes en el efecto de los recuerdos dependen de muchas cosas, hasta del día que hace. Con sol, todo parece diferente. Brilla el sol y el hilo corre sin sentir, allá van los momentos alegres, saltan juguetones, ríen entre tus dedos. Pero luego están los días nublados, los cielos amenazadores, la lluvia persistente y monótona, que aísla al mundo de ti y te empuja al último rincón, el más protegido de la casa. Esos días el hilo se desprende de los dedos y ahí se queda, abandonado, responsable de sombras pasadas. Detenido en un hilo de la lana o trabado en un punto difícil del recuento.»


Josefina Aldecoa, La fuerza del destino

PROPUESTA DE ESCRITURA

Mientras leías el texto, ¿ha llegado algún recuerdo? Cierra los ojos durante unos instantes. Intenta detenerte en él; visualiza la escena que aparece en la memoria. ¿Dónde estabas? ¿con quién? ¿qué hacías en ese momento? Abre los ojos, escribe todo lo que venga. Después, intenta recuperar al menos otros 5 recuerdos; haz lo mismo para cada uno de ellos. Si no tienes mucho tiempo para escribir, anota una frase para cada uno, y continúa desenredando más adelante.


Cuando sientas que has terminado con esta lista, vuelve a leerlos. ¿Cuál es el tono emocional de tus recuerdos? ? ¿por qué crees que sucede así, en este momento? Escribe tu reflexión dejándote llevar, con total libertad. A continuación, intenta escribir una lista con otros 6 recuerdos que tengan un tono emocional distinto, complementario si es posible.


Los recuerdos pueden ser de la infancia, de hace 20 años o de hace 10 días. Acoge lo primero que venga, y escribe a partir de ahí; no intentes cambiarlo.  Y, si te apetece, comparte en los comentarios.

Imagen: Jason Leung

Los libros

Hay dos lugares en los que puedo parar el tiempo: frenta al mar, y en una buena librería. Los libros aparecen en mi cabeza cuando alguien me pregunta por aquello de lo que no podría prescindir. Puedo pasar horas recorriendo los pasillos de una biblioteca, imaginando las historias que esconde cada título. Sin embargo, me resulta díficil decidirme por uno; leo la sinopsis por curiosidad, pero la clave está en los primeros párrafos. Solo llevo conmigo aquellos que, libres de artificio, hablan de algo que es verdad. Es lo que busco y valoro también en las personas; sencillez, transparencia, honestidad.

Estos son algunos de los que me atraparon así. Y a ti, ¿cómo te eligen las historias? ¡Feliz día del libro!


Fotograma de El cielo sobre Berlín, 1987

Maggie O’Farrel

Más adelante, en el camino, un hombre sale de detrás de una piedra grande.

Estamos los dos en la orilla de un lago oscuro oculto en la artesa que forma la cumbre de esta montaña. El cielo es de un azul lechoso; aquí, tan arriba, no hay vegetación, y solo estamos él y yo, las piedras y el agua quieta y negra. Se planta en medio del camino con sus botas, las piernas separadas, y sonríe.

Me doy cuenta de varias cosas: que lo he adelantado hace un rato abajo, en la cañada, donde nos hemos saludado amable y brevemente, como se suele hacer en los paseos por el campo. Que en este remoto tramo de senda no puede oírme nadie. Que me estaba esperando: lo ha planetado todo al detalle, meticulosamente, y he caído en la trampa.

Todo esto lo veo en un instante.

Maggie O’Farrell, Sigo aquí

Chimamanda Ngozie Adichie

El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.

— Pero es buena persona — añadió — . Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.

Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.

Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad.

Chimamanda Ngozi Adichie, Medio sol amarillo


Carson McCullers


El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vidrieras de colores, y una miserable calle mayor que no medirá más de cien metros. Los sábados llegan los granjeros de los alrededores para hacer sus compras y charlar un rato. Fuera de eso, el pueblo es solitario, triste; está como perdido y olvidado del resto del mundo. La estación de ferrocarril más próxima es Society City, y las líneas de autobuses Greyhoundo y White Bus pasan por la carretera de Forks Falls, a tres millas de distancia. Los inviernos son cortos y crudos y los veranos blancos de luz y de un calor rabioso.


Si se pasa por la calle mayor en una tarde de agosto, no encuentra uno nada que hacer. El edificio más grande, en el centro mismo del pueblo, está cerrado con tablones clavados y se inclina tanto a la derecha que parece que va a derrumbarse de un momento a otro. Es una casa muy vieja: tiene un aspecto extraño, ruinoso, que en el primer momento no se sabe en qué consiste; de pronto cae uno en la cuenta de que alguna vez, hace mucho tiempo, se pintó el porche delantero y parte de la fachada; pero lo dejaron a medio pintar y un lado de la casa está más oscuro y más sucio que el otro. La casa parece abandonada. Sin embargo, en el segundo piso hay una ventana que no está atrancada; a veces, a última hora de la tarde, cuando el calor es más sofocante, aparece una mano que va abriendo despacio los postigos, y asoma una cara que mira a la calle. Es una de esas caras borrosas que se ven en sueños: asexuada1, pálida, con unos ojos grises que bizquean hacia dentro tan violentamente que parece que están lanzándose el uno al otro una larga mirada de congoja. La cara permanece en la ventana durante una hora, aproximadamente; luego se vuelven a cerrar los postigos, y ya no se ve alma viviente en toda la calle.»

Carson McCullers, La balada del café triste

Yo fui el primero de la reserva en conducir un descapotable. Y, por supuesto, era rojo, un Oldsmobile rojo. Era dueño de ese coche junto con mi hermano Stephan. Ambos éramos los dueños hasta que sus botas se llenaron de agua en una noche ventosa y él me compró mi parte. Ahora Stephan es el propietario de todo el coche, y su hermano pequeño Marti (es decir, yo) va caminando a todas partes.

Louise Erdrich, El descapotable rojo


Carolina

Hoy cumpliría años mi abuela materna, Carolina. Hace tiempo que no podía ya contarnos las historias de su infancia como cuando yo era pequeña, adolescente, mujer empezando a ser adulta. Aun así, si cierro los ojos la veo hablar y sonreir. La guerra en el pueblo, la maestra que la pegaba con una regla, el bar del cine. Siempre decía que no había podido estudiar y sin embargo, yo la veía más lista que el hambre.

Tengo la certeza de que, sin su amor y su aceptación siempre presentes, constantes, alumbrando todo hasta el final, no sería quien soy. En su recuerdo, y en el de todas las mujeres que nos cuidaron y nos dieron luz: gracias.

(La de la foto soy yo, en la puerta de su casa leyendo un periódico al revés y en un viaje de los muchos que hice con mis abuelos).


Empezar a escribir

Estos días, al compartir la nueva sección de recursos de la web, he leído muchas veces esta pregunta: «Quiero contar mi propia historia, ¿por dónde empiezo?»

Pasé mi infancia entre carretes de hilo y madejas de lana; supongo que, por ese motivo, recurro siempre a imágenes que tienen que ver con la costura para explicar cómo entiendo la escritura. Seguir el hilo hasta encontrar el comienzo de la bovina para que mi abuela pudiera remendarme los agujeros de los pantalones a la altura de las rodillas, después de una caída; acompañar a mi bisabuela a la tienda de lanas (me hipnotizaban los colores) y comprar lana al peso. Al llegar a casa, sostener la madeja entre los brazos para transformarla en un ovillo.

Quiero contar mi propia historia, ¿por dónde empiezo?

Esa pregunta inicial contiene un deseo, que es el motor para escribir. Necesitamos, entonces, seguir el hilo para ver dónde empieza . A veces es muy evidente; otras, nos llevará un poco más de tiempo. No importa porque, en ese camino, también aprenderemos. Se abrirán nuevos senderos. No tengas miedo a comenzar tantas veces como sea necesario; a medida que vayas avanzando, podrás volver atrás y decidir cuáles serán las primeras líneas de tu narración.

Así que, si quieres contar tu propia historia, empieza ahora:

  • Formula tu deseo en un cuaderno, tal como te venga a la cabeza. Escribe, por ejemplo: «quiero contar mi propia historia»; «me gustaría escribir mi historia de vida».
  • Si aparece algún miedo, algún temor, alguna objeción, escríbela a continuación: «me gustaría contar mi propia historia, pero siento que…»
  • Continúa escribiendo sin pensar demasiado. Si aparecen recuerdos, escríbelos. Haz este ejercicio tantas veces como sea necesario, hasta que sientas que has encontrado el comienzo del hilo.
  • Una vez que lo tengas, intenta escribir siempre que tengas ocasión. No es necesario que lo hagas a diario, pero sí que lo tengas presente; lleva siempre contigo el deseo de hacerte palabra, deja que te susurre al oído. Que sea él, y no tú, quien negocie y pacte con el miedo.
  • Lee todo lo que puedas, y más. Vuelve a los libros que fueron alimento en el pasado; llénate de versos. Busca historias que se parezca a la tuya en el fondo o en la forma. Investiga la técnica que hace del relato una obra de ingeniería literaria, donde todo está en el lugar que le corresponde.

Lo más importante de este ejercicio es que no te quedes en la idea; que plasmes tus palabras en un cuaderno. A diferencia del pensamiento, que tiende a dar vueltas sobre sí mismo y volver a los lugares que conoce, la escritura siempre nos descubre nuevos senderos. Pero hay que alimentarla con paciencia, con calma y con mucho mimo.

Empezar a escribir

En la sección de recursos de la web encontrarás la hoja de ruta para empezar a escribir. También puedes buscar otras propuestas de escritura en el blog. Y, si quieres algo más estructurado, echa un vistazo a los cursos y talleres; Palabras a volar es un buen lugar para empezar. Si tienes claro que lo tuyo es la escritura autobiográfica, puedes ir directamente a Contar tu propia historia.

Cuidado y autocuidado

Todas las personas sentimos en algún momento la necesidad de descansar, recuperar fuerzas, nutrinos. Parar, respirar, volver a casa es un curso en el que se juntan la escritura, la atención plena y el autocuidado. Lo he diseñado para acompañarte en esa tarea; para que puedas tomar consciencia de la situación en la que estás en este momento, escucharte, transformar el malestar en un espacio de calma.

Está formado por 4 audios. Cada uno de ellos tiene una duración aproximada de 20 minutos y contiene una pequeña introducción teórica, una meditación guiada y una propuesta de escritura. Puedes utilizarlos tantas veces como quieras. Estará disponible a partir del 23 de marzo de 2019.

El autocuidado y los cuidados

Para presentar este curso he grabado un audio en el que hablo sobre la relación entre el autocuidado y los cuidados, apoyándome en la maravillosa historia de Momo.

Si después de escucharlo te apetece seguir profundizando en este tema, puedes suscribirte al mini curso gratuito, que consta de otros dos audios con propuestas prácticas para:

  • Empezar a utilizar la escritura como herramienta de autocuidado
  • Reflexionar sobre la importancia que tiene en tu día a día y su relación con las tareas de cuidado
  • Definir qué es para ti la buena vida.
 
Y, como siempre, deseando leer tus comentarios sobre este tema. ¡Hasta pronto!
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La voz y la memoria

Si pienso en un momento feliz de mi infancia me veo recorriendo un camino entre dos pueblos, rodeada de amapolas y cardos borriqueros; campos de trigo y cielos azules, horizontes interminables. O un bosque lleno de árboles, y una hilera de afanosas hormigas que observo desde arriba, con admiración y respeto.

El disfrute de la naturaleza representa, para mí, la libertad; aun hoy en día, es en ella donde encuentro refugio y consuelo, donde soy capaz de parar el torbellino de pensamientos que a veces se arromolinan en mi cabeza por las exigencias del día a día.

En los talleres casi siempre dedico al menos una propuesta de escritura a la conexión con los recuerdos de la niñez; un tiempo que casi nunca fue del todo placentero, un territorio al que no todo el mundo quiere o puede volver. Lo que busco en ese viaje hacia el pasado no es la felicidad perdida, sino la libertad para ver y sentir; a nosotras y a nosotros mismos, y al mundo que nos rodea. La mirada capaz de asombrarse y maravillarse, de descubrir algo por primera vez. De desear  y soñar, pero también de conectar con el miedo y la tristeza cuando aparecen; para buscar consuelo, pero sin espantarlos en cuanto asoman por la puerta.

Esa mirada y esa capacidad para sentir las emociones tal como llegan son, en mi experiencia, uno de los pilares para encontrar la propia voz; para crear y contar historias capaces de conmover, también, a quien lee o escucha.

El próximo viernes 15 de febrero comenzamos en la librería Bahía de Foz un taller presencial que se llama La voz y la memoria. En él exploraremos la creación de historias a partir de nuestros recuerdos y de otros dos aspectos muy valiosos para potenciar la imaginación y la capacidad narrativa de cada persona: nuestra experiencia cotidiana y la memoria de los lugares que habitamos.

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Me dijeron:
—O te subes al carro
o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí,
a su debido tiempo,
brotaron las amapolas.
Gloria Fuertes

El hábito de la escritura

El objetivo de todos los talleres es iniciar o mantener el hábito de la escritura.

Hay dos motores para poner en marcha cualquier acción: la necesidad, y el deseo. Y al menos dos frenos potentes: sentir que nos faltan recursos -tiempo, dinero, energía, técnica- y el miedo. El que llevamos cosido bajo la piel porque hemos interiorizado durante toda nuestra vida que no valíamos para las tareas artísticas, o que eran una pérdida de tiempo; el miedo a llamar la atención, ponernos en evidencia, exponernos, hacer demasiado ruido, no ser lo suficientemente buenas, no tener algo original que decir, etc.

Cuando decidimos hacer todo lo posible para tener dedicar tiempo y energía a la escritura es porque, de alguna forma, se ha convertido en una necesidad. Podríamos vivir sin ella, pero nuestra vida sería un poco más pobre, menos consciente. Nos faltaría una herramienta que nos ayuda a conocernos y cuidarnos mejor; que nos hace transitar otros mundos, detener el tiempo mientras los creamos, disfrutar compartiendo con otras personas o con nosotras mismas lo que sentimos, percibimos, soñamos, tememos.

En ese momento, el deseo es una semilla que alimentar; y eso es lo que intento hacer en los cursos y talleres. También porque creo que el deseo, en general, es lo que nos mantiene con vida y con unos niveles aceptables de cordura/locura -elige la palabra que mejor te represente- para vivir en una sociedad cada vez más desconectada de lo humano, de lo lúdico y de la naturaleza.

El ejercicio que suelo proponer para conectar con el deseo es por qué escribo. A continuación, además de los ejercicios de las unidades didácticas, recomiendo empezar el cuaderno de todo. Y, un poco más adelante, hacemos una pequeña excursión para conocer a nuestros miedos y tomar un café con ellos; pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

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Así que, si tienes ganas de escribir pero no sabes por dónde empezar, éstas son mis recomendaciones:
    • Desarrolla la propuesta por qué escribo y, cuando hayas terminado, manten el resultado a la vista, en un lugar donde puedas verlo cuando sientas el deseo de escribir pero no sepas por dónde empezar. Aquí tienes dos ejemplos, por si te inspiran:
Y, si crees que podría venirte bien un poco de ayuda, esto es lo que puedo ofrecerte en estos momentos:
Que escribas mucho, tanto como desees.
¡Hasta pronto!

Imágenes: Marisa Franco, Simon Matzinger

Agradecimientos, propósitos, deseos

Estos días ha salido el sol; un sol de verdad, que calienta la piel y seca los huesos. He vuelto a pasear descalza por la orilla del mar, y  me he atrevido a formular mis deseos en voz alta.

Una de las cosas que  me gustaría hacer en 2019 es compartir más archivos de voz en el blog. Es algo que disfruto mucho pero, a la vez, siento vergüenza y pudor; siempre pienso que no son lo suficientemente buenos. De hecho, no lo son; queda mucho por mejorar. No tengo un equipo profesional y, además, tengo que repetirlos una y otra vez, hasta que consigo hacerlo de un tirón. Aun así, me gusta compartirlos porque creo que, a veces, la voz es necesaria para que la meditación introductoria sea más eficaz; para estar un poco más cerca a pesar de las pantallas y los kilómetros que nos separan.

Una mujer valiente a la que acompañé durante un tiempo me dijo, ya lo he contado antes, que lo que yo hacía era unir «escritura y consciencia». Leyendo estos días los textos de la comunidad me doy cuenta, una vez más, de hasta qué punto la consciencia es importante en mi trabajo; tiene sentido porque, para mí, ha sido el mayor descubrimiento de los últimos años.

No importa que no tengamos claro dónde nos gustaría estar; saber que estamos en movimiento, que dibujamos el mapa a medida que caminamos, es el sendero y también la brújula. Lo demás  se irá perfilando; y, para sentir que el viaje y las paradas intermedias nos pertenecen, nos conectan y nos nutren, necesitamos la consciencia, aun cuando duela. Esa es, al menos, mi experiencia.

En este audio está mi propuesta para terminar y empezar el año sabiendo dónde estamos, hacer acopio de todo lo que hemos recibido, y sentir hacia dónde nos gustaría dirigirnos. La vida, después, hará su parte. Pero creo que, si nos pilla con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte, será más fácil transitar los cambios, disfrutar los instantes de luz, compartir la belleza, acoger las lágrimas.

Con mis mejores deseos,

Lidia Luna