La voz y la memoria

Si pienso en un momento feliz de mi infancia me veo recorriendo un camino entre dos pueblos, rodeada de amapolas y cardos borriqueros; campos de trigo y cielos azules, horizontes interminables. O un bosque lleno de árboles, y una hilera de afanosas hormigas que observo desde arriba, con admiración y respeto.

El disfrute de la naturaleza representa, para mí, la libertad; aun hoy en día, es en ella donde encuentro refugio y consuelo, donde soy capaz de parar el torbellino de pensamientos que a veces se arromolinan en mi cabeza por las exigencias del día a día.

En los talleres casi siempre dedico al menos una propuesta de escritura a la conexión con los recuerdos de la niñez; un tiempo que casi nunca fue del todo placentero, un territorio al que no todo el mundo quiere o puede volver. Lo que busco en ese viaje hacia el pasado no es la felicidad perdida, sino la libertad para ver y sentir; a nosotras y a nosotros mismos, y al mundo que nos rodea. La mirada capaz de asombrarse y maravillarse, de descubrir algo por primera vez. De desear  y soñar, pero también de conectar con el miedo y la tristeza cuando aparecen; para buscar consuelo, pero sin espantarlos en cuanto asoman por la puerta.

Esa mirada y esa capacidad para sentir las emociones tal como llegan son, en mi experiencia, uno de los pilares para encontrar la propia voz; para crear y contar historias capaces de conmover, también, a quien lee o escucha.

El próximo viernes 15 de febrero comenzamos en la librería Bahía de Foz un taller presencial que se llama La voz y la memoria. En él exploraremos la creación de historias a partir de nuestros recuerdos y de otros dos aspectos muy valiosos para potenciar la imaginación y la capacidad narrativa de cada persona: nuestra experiencia cotidiana y la memoria de los lugares que habitamos.

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Me dijeron:
—O te subes al carro
o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí,
a su debido tiempo,
brotaron las amapolas.
Gloria Fuertes

Agradecimientos, propósitos, deseos

Estos días ha salido el sol; un sol de verdad, que calienta la piel y seca los huesos. He vuelto a pasear descalza por la orilla del mar, y  me he atrevido a formular mis deseos en voz alta.

Una de las cosas que  me gustaría hacer en 2019 es compartir más archivos de voz en el blog. Es algo que disfruto mucho pero, a la vez, siento vergüenza y pudor; siempre pienso que no son lo suficientemente buenos. De hecho, no lo son; queda mucho por mejorar. No tengo un equipo profesional y, además, tengo que repetirlos una y otra vez, hasta que consigo hacerlo de un tirón. Aun así, me gusta compartirlos porque creo que, a veces, la voz es necesaria para que la meditación introductoria sea más eficaz; para estar un poco más cerca a pesar de las pantallas y los kilómetros que nos separan.

Una mujer valiente a la que acompañé durante un tiempo me dijo, ya lo he contado antes, que lo que yo hacía era unir “escritura y consciencia”. Leyendo estos días los textos de la comunidad me doy cuenta, una vez más, de hasta qué punto la consciencia es importante en mi trabajo; tiene sentido porque, para mí, ha sido el mayor descubrimiento de los últimos años.

No importa que no tengamos claro dónde nos gustaría estar; saber que estamos en movimiento, que dibujamos el mapa a medida que caminamos, es el sendero y también la brújula. Lo demás  se irá perfilando; y, para sentir que el viaje y las paradas intermedias nos pertenecen, nos conectan y nos nutren, necesitamos la consciencia, aun cuando duela. Esa es, al menos, mi experiencia.

En este audio está mi propuesta para terminar y empezar el año sabiendo dónde estamos, hacer acopio de todo lo que hemos recibido, y sentir hacia dónde nos gustaría dirigirnos. La vida, después, hará su parte. Pero creo que, si nos pilla con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte, será más fácil transitar los cambios, disfrutar los instantes de luz, compartir la belleza, acoger las lágrimas.

Con mis mejores deseos,

Lidia Luna

Repensar la muerte para celebrar la vida

Del 19 al 24 de abril tuve la suerte de acompañar a Silvia Melero, que presentó Luto en Colores en diferentes lugares de Galicia. Hace un par de años, antes de conocerla personalmente, leí por primera vez esta carta que escribió a su hermana:

Estas letras van firmadas, claro. Nacen desde una vivencia personal, única, propia del ser que somos cada cual. Al mío le tocó perder a su hermana en 2014. Mi hermana, tras luchar mucho contra un problema de salud mental, decidió irse. Decidió descansar, parar, pasar a otra cosa. Se tomó pastillas. Se ‘quitó la vida’. Se ‘suicidó’. No me gusta la palabra, quizá por todo el tabú social y mediático que la acompaña. Quizá porque simplifica, reduce injustamente la imagen de una persona a ese hecho final. Mi hermana se llamaba, se llama, Esther. Ayudó a muchos peques con dificultades porque trabajó mucho tiempo como psicóloga infantil. A ella le debo entender un poco mejor la complejidad del cerebro humano, entre otras muchas cosas.

Silvia Melero

De ella me llamaron la atención dos cosas, además de la belleza con la que está escrita: la capacidad de Silvia para respetar la decisión del Esther, y para rescatar todo los momentos vividos con su hermana; recuperar y celebrar la vida, para que la muerte no se lo llevara todo. Ella siempre dice que hay que atravesar el dolor; que es la única forma de crear belleza después de una pérdida, después de cualquier suceso que nos daña y nos tambalea. Aunque la respuesta más rápida, y la más aplaudida por la sociedad, es huir de él.

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Los encuentros de Luto en Colores están muy cerca de la muerte, y de la vida. Durante las jornadas y las charlas, muchas personas cuentan sus experiencias. Sentimos sus pérdidas, nos hablan de la culpa y de la tristeza; y recordamos, también, las nuestras, haciéndolas presentes. Poder hablar de ellas, incluso de lo inevitable de nuestra propia muerte, de la impermanencia, alivia y cura.

Luto en Colores crea un espacio, inexistente en lo cotidiano, para expresar estas emociones. Para nombrar a nuestros muertos; porque, como nos recuerda Silvia, la sociedad nos permite mencionarlos en las conversaciones durante un período de tiempo. Después nos instan a pasar página, continuar avanzando, no incomodar  a otras personas con nuestro dolor, nuestra tristeza. Y acabamos, a veces, hablando de los muertos sólo con los muertos; con sus fotografías, sus recorridos cotidianos, sus prendas de ropa, los objetos que quedaron perdidos en los bolsillos de sus abrigos.

En el tiempo que estuvimos juntas recorriendo Galicia Silvia y yo hablamos mucho; de la vida, de nuestros temores y deseos. Del deseo de las mujeres, algo que tampoco cabe en ningún sitio y sobre lo que me gustaría, también, hablar en otro artículo. Llegamos a San Andrés de Teixido, y agradecimos; fuimos hasta Herbeira, tan cerca de las nubes, y dejamos que el viento limpiara.  Intercambiamos la memoria de nuestras pérdidas y al hacerlo, convertimos las ausencias en presencias compartidas. Igual que sucede en los encuentros de Luto en Colores.

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Acercarnos a la muerte nos acerca, también, a la vida; nos recuerda qué es lo importante, que el futuro es incierto, que el amor siempre queda. Y crece. Después de cada charla, igual que me sucedió después de las jornadas, me sentí mucho más conectada con el presente, con la vida, más ligera. Pero fue una experiencia intensa y eché de menos tener unos días para descansar, colocar en el cuerpo lo vivido, escribir, tocar más a mis personas queridas.

Como dijo una mujer sabia en la charla de Pontevedra, la muerte (y la vida) necesitan tiempo; y tenemos cada vez menos. Poco tiempo para estar, para prepararnos, despedirnos, atravesar y nombrar el dolor. Me acordé, enseguida, de este fragmento de Momo. Y, a pesar de que he leído el libro muchas, muchas veces, quiero hacerlo de nuevo. Frente a los hombres grises, el tiempo de vida, consciente y compartido. Que sea, siempre, nuestro horizonte; aunque haya tantas tareas, algunas ineludibles, que nos impiden disfrutarlo.

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En los encuentros nos acompañó, también, La vida de Sira. Podéis conocerla en este cuento escrito por Silvia; está disponible en las librerías por las que pasamos  y en el enlace.

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Imagen de Thais Núñez y Tamara Vázquez (¡gracias!)

Y esto es todo, por ahora. Empecé con una carta, y termino con otra: la que Begoña Caamaño escribió a Uxía, siempre presente y siempre tan generosa, cuando supo que su muerte era inminente.

Eu levo xa tanto vivido, tanto aprendido, tanto amado e tanto amor recibido que non podo dicir que a miña morte sexa inxusta. Indesexada si, como todas…que me encantaría vivir outros 47 anos, tamén. Sempre temos apego a vida, sobre todo porque sabemos que, pese aos seus mil amargores, a vida compensa.

“Ter tido unha vida tan boa, tan rica, tan chea en coñecementos, curiosidades e, sobre todo afectos, é un regalo. Ter medo á morte cando a vida foi tan rica e intensa é normal, pero morrer tras unha vida así é, en realidade, unha sorte”..

Pero Uxi, non vou mentir dicindo que por veces non teña medo e rabia, pero é máis pola incerteza que pola morte en si mesma.

Putada, o que se di unha putada grande e real sería ter vivido unha vida de merda, estar dende os 6 anos furgando na basura dos vertedoiros de Antanaribo, ou dende os 8 turrando dunha vagoneta de carbón en Bolivia, ou dende os 11 pechada nun burdel de Bankog!. Ter unha vida tan miserable que che fai desexar a morte como un alivio.

 Iso é a gran putada…e hai millóns de persoas que sofren a vida, porque realmente a sofren, cada día. Ter tido unha vida tan boa, tan rica, tan chea en coñecementos, curiosidades e,sobre todo afectos, é un regalo. Ter medo á morte cando a vida foi tan rica e intensa é normal, pero morrer tras unha vida así é, en realidade, unha sorte…cánta xente morrería só por ter a metade do que eu tiven…

Begoña Caamaño

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Gracias a Silvia, que vino hasta aquí y lo llenó todo de luz. A los espacios que nos acogieron: Libraría Bahía de Foz, Livraría Suevia en Coruña, Escola de Pau (ACD Dorna) na Illa de Arousa, Espacio Arroelo en Pontevedra, Libraría Lila de Lilith en Santiago de Compostela. A las amigas y amigos que acogieron a Silvia como si fuera suya; ahora es nuestra. A quienes me acogieron a mí a mitad del camino; a todas las personas que se acercaron a los encuentros para escuchar y compartir sus experiencias.

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Artículos del blog relacionados:

 

Resistencias cotidianas

Tiempo, sentido de pertenencia, pasión y soberanía. Haz acopio de ellos: son los que mantienen limpio el río.

Clarissa Pinkola Estés

Las resistencias cotidianas son aquellas pequeñas cosas que, sin que nos demos cuenta, tejen la vida; las tareas creativas que dan sentido a la rutina diaria.  Las que nos ayudan a preservar la memoria y a potenciar la imaginación, el pensamiento crítico; a sabernos parte de algo -una comunidad, el entorno, un proyecto futuro- y a sentir que tenemos algo de control sobre nuestra existencia. Durante esos instantes, minutos u horas, el tiempo deja de escaparse entre nuestras manos como si el reloj si hubiera roto y quedara sólo la arena; se expande, nos pertenece.

Las resistencias cotidianas no nos distraen, sino que nos conectan con nuestra esencia; con lo que sentimos que somos de verdad y, por tanto, con nuestros deseos. Nos distraen, si acaso, de todos los reclamos que, a cada momento, nos instan a anhelar algo que no tenemos, a ser personas inagotablemente perfectas. Reposar en el presente para proyectarnos con más fuerza en el futuro; frente al deseo que vacía y seca, el que consuela y nutre.

Algunas de estas tareas necesitan la soledad y el silencio para recuperarnos de la velocidad de los días; el resto son espacios que compartimos física o emocionalmente con otras personas. Leemos y escribimos en soledad; pero, a menudo, nos representamos a personas queridas mientras lo hacemos; establecemos con ellas diálogos imaginarios. Escuchamos su voz y su consuelo, a veces no pueden llegarnos de ninguna otra forma.

Paseos, charlas, bailes, llamadas de teléfono, mensajes de aliento mutuo. Cuentos, poemas, libros, un Cuaderno de todo y las fases de la luna; anochecer con Orión en el cielo, despertar con Escorpio y esperar al sol. El recuerdo de mi bisabuela tejiendo ganchillo, mi abuela cepillándome el pelo. Su mano, ahora. Las orillas, los cuidados, quienes me hacen reír y soñar. Acariciar un cuerpo con las manos; hacerlo, también, con mi deseo, mientras afilo los versos que serán capaces de nombrarlo. Invocarlo. Danzar para escuchar, en el mío, los ecos y las huellas del juego y el placer compartidos.

Todo lo que me pertenece sin que pueda ni quiera retenerlo, aquello a lo que pertenezco; tierra, mar, hogueras, horizonte.

¿Cuáles son las tuyas?

Fotografía: Mi muy querida amiga Cata cazando olas. IMG-20180201-WA0012Resistencias cotidianas, hogares nómadas. Gracias 🙂

La voz de las mujeres (incluye artículo)

“Todas las células de nuestro cuerpo responden a nuestros sueños. Estos son necesarios para nuestra salud y para la salud de nuestro planeta. Los sueños que sueña la Tierra a través de ti son distintos de los que sueña a través de mí. Pero yo necesito oír tus sueños y tú necesitas oír los sueños de las demás mujeres; si no, no tenemos la historia completa”

Christiane Northrup: Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer

Los días 17 y 18 de noviembre compartimos en Santiago de Compostela experiencias de lucha por los derechos de las mujeres, arte y emprendimientos en el #EncuentroPeriféricas1. Aquí podéis descargar el artículo que preparé para contar nuestra experiencia con el taller La voz de las mujeres. Es un artículo que irá cambiando con cada edición y aprendizaje; con nuestras lecturas y vuestros comentarios.

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NOTA: La foto de cabecera es de Iris Serrano. Cuando publiqué el post la semana pasada el artículo no estaba disponible, perdonad las molestias. 

Contar tu propia historia (pájaro a pájaro)

Todas las personas tenemos una historia única que contar y los recursos para hacerlo. Ordenar y contar tu propia historia te permite conocerte mejor, encontrar las voces críticas, conocer tus fortalezas; detectar el origen de las narrativas que te gustaría cambiar. Contar tu propia historia puede ayudarte a mejorar la comunicación contigo y con otras personas; a narrar tu trayectoria personal o profesional y a desarrollar un proyecto de escritura.

El desorden no es lo contrario del amor

Una de las tareas más difíciles de mi vida ha sido aprender a darme consuelo, recordar que existe un lugar dentro de mí al que puedo volver cuando quiera. A veces el camino de regreso es largo y necesito preguntar a la gente que me quiere; pero existe. Es una cabaña en la que duermo cada día, en la que puedo charlar con quien yo quiera; incluso conmigo misma. En una de las paredes está escrita esta frase:

El desorden no es lo contrario del amor

Me recuerda que soy humana, falible y, aun así, digna de recibir amor; que cuando el orden de los objetos, los espacios o las rutinas se convierten en prioridad por encima del cuidado de nuestros afectos tengo, tenemos, la necesidad y el derecho de alborotarlos, como sucede en la película Un monstruo viene a verme. El mandato de mantener el orden es una tarea inagotable que no termina nunca; siempre hay algo que se rompe o se descoloca. Ese movimiento es la vida, no existe el orden perfecto a pesar de que luchemos a cada instante por mantenerlo.

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© Tsoku Maela

A veces el desorden exterior refleja y sostiene nuestro desorden interior, el que nos habla de las historias rotas o que no podemos contar; de emociones tan dolorosas, desconocidas o contradictorias que no sabemos cómo hacernos cargo de ellas. Nos está gritando que para recomponernos tenemos que soltar primero los pedazos, verlos caer, tolerar el dolor y el vacío de las piezas rotas, recogerlas con mimo; pegarlas con confianza hasta recuperar una integridad fortalecida porque, en el proceso de reconstrucción, nos habremos apropiado de nuestras heridas.

Durante los primeros años de nuestra vida necesitamos de nuestras figuras de apego dos mensajes:

  • “Veo lo que eres, lo acepto y reconozco tu derecho a recibir amor; estoy aquí, no voy a irme” y
  • “Sea lo que sea, tienes derecho a sentirlo y expresarlo”.

Estos mensajes a menudo nos llegan de forma contradictoria o poco constante, de modo que no llegamos a interiorizarlos y no tenemos una base segura desde la que explorar las relaciones interpersonales; los vínculos de afecto con otra persona pueden resultar amenazantes o difíciles de manejar. Así, el desorden se convierte en una trinchera contra algo que nos hace sentir muy vulnerables: la posibilidad de que alguien llegue a amarnos a pesar del caos que llevamos dentro, vea más allá, encuentre la estrella danzante y quiera acompañarnos.

A pesar de todas las narrativas dominantes que nos instan a no depender de nadie, somos criaturas sociales hechas de apegos; estamos todas en la misma lucha con mayor o menor intensidad. Necesitamos honrar nuestro propio desorden interno y externo, reconocernos en el amor de otras personas, compartir nuestras historias rotas para recuperar la integridad.

Cada vez que encuentres a alguien capaz de ver la estrella danzante que habita en tu interior cierra los ojos, reconoce tu miedo, escucha la música y empieza a bailar. Merece la pena.

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Fisuras, ©Sol Salama

Gracias a Nacho Serván que me regaló el cartel de la cabaña; A Sol y Donna Salama, por la valentía y la belleza con que comparten sus fisuras; a todas las personas que abrazan mi desorden y comparten el suyo: ellas saben. Gracias.

Imagen destacada ©Jim Kay, A monster calls

Nadie quiere la noche

https://unsplash.com/photos/47af9f2kJ08

AVISO: Este artículo contiene información sobre el contenido de la película Nadie quiere la noche, aunque no desvela el final.

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Imagen de Paul Itkin

Nadie quiere la noche, mucho menos una noche de 6 meses. Pero la noche siempre llega. Sobre todo cuando nos arriesgamos a salir ahí fuera, a perseguir lo que soñamos, a buscar aquello en lo que creemos. Ésa es la razón por la que el personaje de Juliette Binoche en Nadie quiere la noche, la última película de Isabel Coixet, no me resulta antipático en ningún momento, como señalan algunas reseñas de la película. Representa a una mujer que persigue firmemente aquello en lo que cree y logra alcanzarlo, aunque no de la forma que había soñado. Porque el amor que perseguía era una quimera, y lo que encuentra el amor verdadero: el vínculo que construyen dos personas cuando a medida que se conocen son capaces de verse como son y no como esperan o creen que deberían ser, se reconocen como iguales y cuidan la una de la otra.

Desde mi punto de vista a la película le falta unidad narrativa porque intenta contar demasiadas historias a la vez. Coixet, la directora, cuenta una que tiene que ver con la búsqueda del amor; Matt Salinger habla de la soberbia de la especie humana al sentirse superior y de sus opuestos, la sobriedad y la conexión con la naturaleza. Binoche cuenta esas historias e incluye otra que tiene que ver con la justicia social. Me resultan mucho más verosímiles y atractivas las escenas en las que coinciden estos dos actores (me recuerdan algunos momentos de  Memorias de África) que la mayoría de las que comparte Binoche con la japonesa Rinko Kikuchi, al menos en los dos primeros tercios de la película. Mi impresión es que el personaje inuit recrea demasiados tópicos y los diálogos entre ambas no son creíbles.

 

Josphine Peary
Josephine Peary

Y aun así estoy deseando volver a verla para saborear algunas escenas. Sin haberlos pisado nunca entiendo y comparto esa pasión por los paisajes polares. Como dicen en algún diálogo esas llanuras heladas donde el horizonte es a menudo una línea imaginaria representan lo inconmesurable, la auténtica nada. El guía que lleva a Josephine Peary hacia el reencuentro con su marido Robert Peary está muy cerca de su núcleo y de la naturaleza; es consciente de su levedad y fugacidad. Josephine está enamorada del amor, de la ilusión de amar a un marido con el que apenas ha compartido unos meses de su vida; tanto que se aferra a un vestido vacío, hueco, reconoce haberse olvidado incluso de su propia hija. Aun así la película habla de la lucha, la tenacidad  y la fortaleza de dos mujeres. Como dijo en unas jornadas sobre Mujer y narración oral la narradora Magda Labarga: nosotras también necesitamos historias épicas que nos alienten y nos recuerden que somos capaces de llegar a los mismos lugares que los hombres.

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Roby Davidson

Siendo una adolescente me habría gustado que alguien me contara la historia real de Roby Davidson, la mujer que atravesó sola el desierto de Australia con su perro y unos camellos, llevada al cine en El viaje de tu vida. Hoy me siento reflejada en las mujeres de Coixet, me acompañan desde que las descubrí en Cosas que nunca te dije y Mi vida sin mí. Me recuerdan que aunque nadie quiere la noche, la noche siempre llega y cuando tenemos la fea costumbre de salir a perseguir aquello en lo que creemos es posible que nos pille en el bosque; pero si conseguimos conservar un rescoldo de calor en nuestros corazones alcanzaremos a ver de nuevo el sol.

 

 

Un mapa de las emociones: la tristeza

A veces me siento transparente, y las cosas suceden a través de mí. Cuando salgo a pasear el viento me atraviesa, limpiando cada uno de mis huesos sin que duela. Me contagian sonrisas y canciones ajenas, soy una partícula más de lo que existe. Conecto, comparto, me reparto.

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Otras veces despierto con el cuerpo pesado, como si atrajera la gravedad de todo planeta. Me cuesta invocar la intención de moverme y, aunque lo logre, soy una masa densa, pastosa, opaca. Camino atrapada entre las paredes negras de mis temores. Si pudiera elegir sólo entre dos opciones, no dudaría: prefiero la tristeza a este pesar sin forma.

La tristeza como emoción primaria —igual que la alegría, el miedo, el enfado o la vergüenza— nos da información valiosa sobre lo que es bueno o no para nosotros, sobre qué relaciones suman y cuáles restan, sobre los objetivos hacia los que deberíamos dirigir nuestra energía. Las emociones primarias también proporcionan a los demás información acerca de lo que necesitamos. Si conseguimos conocerlas, limpiarlas de miedos y ansiedades, son nuestra mejor brújula. El mapa de nuestras emociones es un boceto vivo, dinámico y cambiante, que no evitará el dolor; pero sí puede ayudarnos cuando volvamos a perdernos a recordar que, aunque no sepamos bien cómo llegar, existe un lugar en el que nos gustaría estar.

Cinco máns que apoian a muraia, por Álvaro de la Vega (Lugo, 2014)
Cinco máns que apoian a muraia, por Álvaro de la Vega (Lugo, 2014)

 Los cambios inesperados y no deseados vienen acompañados de pérdidas: perdemos personas, esperanzas, anhelos, horizontes o capacidades. Y con ellas la visión que teníamos del mundo, de nosotros mismos y de los demás. Estas situaciones nos obligan a aguantar la tristeza durante un tiempo que no sabemos cuánto durará. Aguantar la tristeza implica conectar con ella como emoción primaria, limpia de culpa y ansiedad. Sabemos que hemos conectado porque la sensación es, de algún modo, agradable: allí ya no hay angustia, no hay que luchar, nada más que  averiguar: sólo estar. Lo explica Leslie Greenberg:

Los sentimientos primarios son agradables. Uno siente que son correctos, aun cuando sean doloroso. Incluso cuando no son saludables te ayudan a sentirte más sólido. Son, con claridad, lo que tú sientes. Puedes decir “siento que he fallado o “me siento destrozado o asustado de estar solo”. Esto se dice sin pánico. En vez de dejarte confundido o ansioso, te proporciona una base sólida. Serás capaz de admitir: “sí, esto es lo que siento”.

Aguantamos la tristeza como se aguanta un muro que está a punto de derrumbarse, sin saber si podremos apartarnos a tiempo. Reunimos el coraje necesario para darle los buenos días y las buenas noches; bajamos con ella a un lugar oscuro y sin luz cada vez que nos reclama. Deshacemos con nuestras manos cada una de las ilusiones que teníamos antes. Nos agotamos tratando de continuar por el camino antiguo hasta aceptar, por fin, que es imposible seguirlo. Y entonces, cuando empezábamos a sentirnos cómodas en compañía de la tristeza, hay que dar un paso más para no recrearnos en ella, para no dejarnos arrastrar.

Mientras estamos inmersas en el dolor no concebimos un nuevo cambio; sin embargo conectar con la tristeza es un proceso que nos obliga a pararnos y soltar lastre. Las pérdidas se han llevado una parte de nosotras mismas: de nuestras rutinas, nuestro sentimiento de amor, nuestros apoyos. Tenemos que raspar los huecos vacíos para empezar a llenar de nuevo nuestra vida con actividades que nos ayuden a construir nuevos significados, con personas que también tengan la valentía de conectar con sus emociones. No vale cualquier cosa, no queda mucho espacio para lo irrelevante. Hasta que un día, sin que nos demos cuenta, comenzamos a transitar nuevos lugares que reflejan lo que de verdad somos, lo que queremos, lo que sentimos.

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Estas palabras están dedicadas a todas las personas que aguantan o aguantaron su tristeza; con el deseo de que los próximos meses estén llenos de consuelo, esperanza y nuevos afectos.