Escribir a la Mujer Salvaje (abrazar las preguntas)

Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola Estés, es un libro sobre la psique femenina pero, sobre todo, sobre las enseñanzas que recogen los cuentos tradicionales y el estudio de los arquetipos junguianos. Su principal objetivo es ayudar a las mujeres a conectar de nuevo con su sabiduría instintiva; pero cualquier persona a la que le resuene el enfoque de la autora puede disfrutarlo.

Hace muchos años que deseo de hacer algo más con el libro, por el que siento un gran respeto. Precisamente por eso, me gustaría aporta algo; en este caso, crear el espacio para que otras mujeres puedan aproximarse a él por primera vez. También para que podamos compartir nuestros saberes, dudas, hallazgos, fortalezas, sueños… Independientemente del tiempo que llevemos habitándolo.  

Siempre he creído profundamente en las preguntas; si alguna vez las pierdo de vista, me angustio y pienso que, ahora sí, soy yo la que estoy perdida. Hay preguntas que clarifican y preguntas que nos acercan a algo que sabemos que sabemos o que aún no sabemos que sabemos, pero intuimos. Cuando aparezcan las conocerás, porque sentirás la tentación de escapar de ellas; voy a pedirte que no lo hagas. Permite que tomen forma, que vayan encontrando su lugar en tu cuerpo. Invítalas a desayunar contigo; busca un lugar para que duerman mientras tú lo haces también. Lejos de ti, para que puedas descansar y reponerte. Sácalas a pasear; deja que se bañen en algún mar de tu infancia. Cuando sientas que es el momento, solo entonces, escribe sobre ellas.

Hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para crecer, otro para descansar, otro para restaurarse. Hay un tiempo para sembrar, y otro para recoger; ninguno de los dos durará para siempre. Escucha los ciclos; los de tu cuerpo, los de la luna, los de las estaciones. Fuimos nómadas y agricultoras antes que sedentarias; hay mucho empeño en decirnos que la respuesta de estrés está grabada en nuestro cuerpo, pero no que lo está también el contacto con la naturaleza y la conexión con sus enseñanzas.

Escribir a la Mujer Salvaje es un curso online con 12 preguntas cada semana para que puedas explorar el libro a partir de ellas, conocerte mejor para cuidarte más, alimentar tu naturaleza instintiva.

Si decides unirte, aún estás a tiempo. Si prefieres esperar, es probable que haya otra oportunidad. Mientras tanto abraza tus dudas, tu alegría, tu malestar y tu vulnerabilidad. Siente la tierra bajo tus pies, maravíllate con el vuelo de los pájaros. Mira cómo la vida sale adelante en cada lugar, cada día, a pesar de todo. Escucha, siente, ama, respétate, lee, escribe.

«Ten paciencia con todo lo que aún no se ha resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros que, en este momento, están escritos en una lengua extraña. No persigas las respuestas, que no puedes recibir porque no podrías vivirlas ahora. Es importante vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Quizá de forma gradual, sin ser apenas consciente, un día lejano llegarás a vivir la respuesta.»

Rainer María Rilke

Los libros

Hay dos lugares en los que puedo parar el tiempo: frenta al mar, y en una buena librería. Los libros aparecen en mi cabeza cuando alguien me pregunta por aquello de lo que no podría prescindir. Puedo pasar horas recorriendo los pasillos de una biblioteca, imaginando las historias que esconde cada título. Sin embargo, me resulta díficil decidirme por uno; leo la sinopsis por curiosidad, pero la clave está en los primeros párrafos. Solo llevo conmigo aquellos que, libres de artificio, hablan de algo que es verdad. Es lo que busco y valoro también en las personas; sencillez, transparencia, honestidad.

Estos son algunos de los que me atraparon así. Y a ti, ¿cómo te eligen las historias? ¡Feliz día del libro!


Fotograma de El cielo sobre Berlín, 1987

Maggie O’Farrel

Más adelante, en el camino, un hombre sale de detrás de una piedra grande.

Estamos los dos en la orilla de un lago oscuro oculto en la artesa que forma la cumbre de esta montaña. El cielo es de un azul lechoso; aquí, tan arriba, no hay vegetación, y solo estamos él y yo, las piedras y el agua quieta y negra. Se planta en medio del camino con sus botas, las piernas separadas, y sonríe.

Me doy cuenta de varias cosas: que lo he adelantado hace un rato abajo, en la cañada, donde nos hemos saludado amable y brevemente, como se suele hacer en los paseos por el campo. Que en este remoto tramo de senda no puede oírme nadie. Que me estaba esperando: lo ha planetado todo al detalle, meticulosamente, y he caído en la trampa.

Todo esto lo veo en un instante.

Maggie O’Farrell, Sigo aquí

Chimamanda Ngozie Adichie

El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.

— Pero es buena persona — añadió — . Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.

Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.

Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad.

Chimamanda Ngozi Adichie, Medio sol amarillo


Carson McCullers


El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vidrieras de colores, y una miserable calle mayor que no medirá más de cien metros. Los sábados llegan los granjeros de los alrededores para hacer sus compras y charlar un rato. Fuera de eso, el pueblo es solitario, triste; está como perdido y olvidado del resto del mundo. La estación de ferrocarril más próxima es Society City, y las líneas de autobuses Greyhoundo y White Bus pasan por la carretera de Forks Falls, a tres millas de distancia. Los inviernos son cortos y crudos y los veranos blancos de luz y de un calor rabioso.


Si se pasa por la calle mayor en una tarde de agosto, no encuentra uno nada que hacer. El edificio más grande, en el centro mismo del pueblo, está cerrado con tablones clavados y se inclina tanto a la derecha que parece que va a derrumbarse de un momento a otro. Es una casa muy vieja: tiene un aspecto extraño, ruinoso, que en el primer momento no se sabe en qué consiste; de pronto cae uno en la cuenta de que alguna vez, hace mucho tiempo, se pintó el porche delantero y parte de la fachada; pero lo dejaron a medio pintar y un lado de la casa está más oscuro y más sucio que el otro. La casa parece abandonada. Sin embargo, en el segundo piso hay una ventana que no está atrancada; a veces, a última hora de la tarde, cuando el calor es más sofocante, aparece una mano que va abriendo despacio los postigos, y asoma una cara que mira a la calle. Es una de esas caras borrosas que se ven en sueños: asexuada1, pálida, con unos ojos grises que bizquean hacia dentro tan violentamente que parece que están lanzándose el uno al otro una larga mirada de congoja. La cara permanece en la ventana durante una hora, aproximadamente; luego se vuelven a cerrar los postigos, y ya no se ve alma viviente en toda la calle.»

Carson McCullers, La balada del café triste

Yo fui el primero de la reserva en conducir un descapotable. Y, por supuesto, era rojo, un Oldsmobile rojo. Era dueño de ese coche junto con mi hermano Stephan. Ambos éramos los dueños hasta que sus botas se llenaron de agua en una noche ventosa y él me compró mi parte. Ahora Stephan es el propietario de todo el coche, y su hermano pequeño Marti (es decir, yo) va caminando a todas partes.

Louise Erdrich, El descapotable rojo


Lavinia (Ursula K Leguin)

«Toda mi vida (…) puede parecer un jirón desgarrado e incompleto del telar, una maraña informe de hebras que no significan nada, pero no es así, porque mi mente, al igual que la lanzadera, siempre regresa al lugar inicial para buscar el patrón y continuar con él. Yo era hilandera, no tejedora, pero he aprendido a tejer».

Cuando un libro me gusta mucho salto alguna frase; quiero avanzar, saber más.

Lavinia, de Ursula K Le Guin, es uno de los que más he disfrutado en toda mi vida, y me ha pasado lo contrario: volvía atrás, una y otra vez, para saborear las palabras. No me importa que se acabe porque forma parte de mí.

Volveré a leer la última frase una, y otra, y otra vez; y regresarán, con ella, las imágenes de la historia; también de todas las historias sobre la Antigüedad que habité siendo niña.

Gracias, Ursula.

«La guerra no tiene rostro de mujer»

Leí Chernóbil, de Svetlana Alexievich, durante tres tardes de verano, en una piscina a las afueras de Madrid.  Acababan de cumplirse 30 años de la catástrofe; había visto imágenes, reportajes, tenía 10 años cuando sucedió. Recordaba el impacto de aquel accidente; cómo fue una pieza más para que yo creyera en un mundo más respetuoso con la naturaleza y con la vida. Pero no tenía ni idea de lo que había sucedido allí.

En una conferencia sobra la importancia de usar las palabras con precisión, de devolverles sentido y significado, Leila Guerriero habla sobre el libro, y cita uno de los párrafos más impactantes:

<< Cuántas veces se han publicado frases como “el horror de Chernóbil”, “la tragedia de Chernóbil”, “la ignominia de Chernóbil? En 1997 una mujer llamada Svetlana Alexievich publicó un libro, Voces de Chernóbil, que contiene testimonios de víctimas y familiares de víctimas de la explosión que tuvo lugar en 1986 en esa central nuclear. En el libro, el horror late como un feto maligno, entonando una canción de tumba dedicada a todos nosotros, habitantes de la era nuclear aposentados en nuestra buena salud, libres de que se nos caiga la cara a pedazos por efectos de la radiación. En él, la mujer de uno de los bomberos que acudieron a la central a apagar el incendio cuenta la agonía y la muerte de su marido. “El empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia afuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas. Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas, como si fueran unas películas blancas. El color de la cara, y del cuerpo… azul… rojo, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! (…) Justo nos acabábamos de casar. Aún no nos habíamos saciado el uno del otro. (…) Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, en los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne. Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba en sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de adentro”. >>

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A lo largo de mi vida profesional, alguna vez he tenido noticias directas del trauma; he escuchado, de boca de una persona, el sufrimiento que pueden causar otro ser humano, un conflicto armado, una catástrofe. Pero nunca, hasta entonces, sabía lo que era el horror. Hubiera querido no leer ese libro y, al mismo tiempo, hacerlo mucho antes.

Svetlana da voz a las historias de vida, recoge los testimonios sin pudor, con un inmenso respeto y con toda su crudeza. No encontrarás un lugar donde esconderte mientras lees; ni siquiera al cerrar el libro, tampoco al cerrar los ojos. Recuerdo, de aquellos tres días, las nubes sobre mi cabeza. Cada tanto apartaba la vista del libro, las miraba, intentaba respirar y comprender. Y aun así, puedo decir que las palabras de Svetlana son tan hermosas; que son tierra, verdad, vida, y un deseo indescriptible de comprender y reparar.

Acabo de comenzar La guerra no tiene rostro de mujer, de la misma autora. El libro comienza con algunos fragmentos de su diario:

<< Escribo sobre la guerra…

Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores. ¿Que cuál es mi primer recuerdo de la guerra? Mi angustia infantil en medio de unas palabras incomprensibles y amenazantes. La guerra siempre estuvo presente: en la escuela, en la casa, en las bodas y en los bautizos, en las fiestas y en los funerales. Incluso en las conversaciones de los niños. Un día, mi vecinito me preguntó: «¿Qué hace la gente bajo tierra? ¿Cómo viven allí?» Nosotros también queríamos descifrar el misterio de la guerra.

Entonces por primera vez pensé en la muerte… Y ya nunca más he dejado de pensar en ella, para mí se ha convertido en el mayor misterio de la vida. >>

La asignatura de Historia siempre fue una de mis favoritas. De ella recuerdo, sobre todo, la voluntad de no repetir los errores del pasado. Tengo la sensación, quizá distorsionada, de haber sido adolescente en un mundo que aún creía en la concordia, en la fraternidad; que haría todo lo posible por no pasar por otra Gran Guerra.  Después llegaron Kosovo, Ruanda, Irak… Tantos y tantos desastres, conflictos, matanzas, siempre de la mano humana. No sé si hay solución. Pero sí estoy convencida de que conocer, recordar, empatizar, es lo único que puede alejarnos del horror que describen las personas que lo causaron y lo sufrieron, aquellas a las que Svetlana da voz. Sentirlo, tocarlo, levanzar la vista al cielo y volver a estremecernos. Para no olvidar, nunca, hasta dónde somos capaces de llegar.

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La guerra no tiene rostro de mujer ofrece, además, unas perspectiva diferente a la de las «voces masculinas» que han contado siempre la historia:

«En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni azañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.»

Leer a Svetlana Alexiévich es casi como escuchar, susurradas al oído, las historias de vida que ella recogió. No son relatos para dormir, pero sí para honrar la vida. Y para amar la posibilidad de ponerle palabras, texturas, sonidos que atraviesen el tiempo y nos devuelvan sus ecos; para no volver a escucharlos, nunca más, fuera de los libros.

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11 propuestas para escribir en verano

Verano es agosto con grillos, ventanas rebosando luz y mar mientras despiertas. Amanecer subiendo una montaña. Reir en el jardín. Que nada importe. Dormir sobre la vía láctea, buscar pueblos perdidos en el mapa, desayunar sin ropa y sin relojes. Pisar la arena, el mar, la luna, la prisa y la rutina. Una poza en un río helado. El roce de… Un pueblo de Castilla con soportales de piedra y trigo en los caminos. Bicicletas, verbenas, caminos, besos nuevos.

Hoy te propongo que a lo largo del verano dediques un rato cada día a leer, escribir, contar y escuchar historias. Aquí tienes mis sugerencias para empezar:

  1. Responde a la pregunta ¿Qué es, para mí, el verano?
  2. Escribe una lista con los mejores veranos de tu vida. Puedes seguir un orden cronológico o anotar las ideas a medida que surjan.
  3. Intenta recordar un momento significativo de cada uno de los veranos de tu vida.
  4. Si tuvieras que contar todos tus veranos con una lista de 12 canciones, ¿cuáles elegirías? Primero elabora la lista. Después, si es posible, escucha cada una de las canciones y escribe a partir de las imágenes y emociones que te evoca.
  5. Imagina un verano en un lugar en el que nunca hayas estado.
  6.  Escribe a partir de los siguientes disparaderos, pero teniendo en cuenta sólo el verano: besos, despedidas, trenes, playas, amistades, hospitales, carreteras, hogueras, deseos, bailes.
  7. Intenta recordar un cuento que alguien te contara en verano, el momento y las sensaciones. Por cierto, ¿sabes que hay un montón de gente contando cuentos por ahí? Si tienes ocasión, ve a escucharlos. Ellas y ellos, mientras cuentan, también estarán escuchándote a ti.
  8. Busca un cuento  te gustaría contar en verano de viva voz, e imagina el lugar. Haz todo lo posible por contarlo.
  9. Elige una persona a la que te gustaría escribir una carta como las de antes, con sello y postal. Empieza contando desde dónde escribes, cómo es ese lugar, con qué personas te encuentras… Como si fuera una crónica. Puedes escribir una sola carta o una cada día. Escribe con total libertad, después decide si las enviarás o no.
  10. Piensa, literalmente, en un verano de película. Imagina que eres el o la protagonista  y reescribe tu escena favorita.

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11. Lee mucho. Lee libros que te inspiren a imaginar finales, a volar libre, a robar una alfombra mágica que te lleve a lugares perdidos o imposibles, a correr en busca de alguien para decirle aquello que te muerdes debajo de la lengua. Mi libro favorito para el verano es Memorias de África, ¿cuál es el tuyo?

Por úlitmo, te propongo tres condiciones para escribir. Úsalas sólo como una ayuda, nunca como un estorbo para la creatividad:

a) En un primer momento escribe todo lo que se te ocurra, sin pensar demasiado y sin censura.

b) Después revisa el texto intentando que, si otra persona lo lee, pueda llegar a sentir lo que estás contando. Para lograrlo rescata emociones, escenas que sean significativas para ti. A continuación intenta capturar los aspectos sensoriales imágenes, sonidos, sensaciones táctiles, olores y transmitir, con ellos, esas emociones.

c) Escribe siempre desde la honestidad, expresando lo que de verdad sientes. Esto no implica que escribas todo lo que piensas, ni que tengas que contarlo todo; ni siquiera que no puedas inventar historias. Significa que no mientes ni ocultas nada. La principal condición para escribir no es la veracidad, sino la verosimilitud: que lo cuentas sea creíble. La verosimilitud no aparece si tú no estás convencida o convencido de lo que escribes, si no lo defenderías incluso ante la amenaza de arder en una pira. Ray Bradbury, Natalie Goldberg y Anne Lammot saben mucho de esto.

Estaré por aquí si quieres contarme algo…

¡Feliz verano!

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