Resistencias cotidianas

Tiempo, sentido de pertenencia, pasión y soberanía. Haz acopio de ellos: son los que mantienen limpio el río.

Clarissa Pinkola Estés

Las resistencias cotidianas son aquellas pequeñas cosas que, sin que nos demos cuenta, tejen la vida; las tareas creativas que dan sentido a la rutina diaria.  Las que nos ayudan a preservar la memoria y a potenciar la imaginación, el pensamiento crítico; a sabernos parte de algo -una comunidad, el entorno, un proyecto futuro- y a sentir que tenemos algo de control sobre nuestra existencia. Durante esos instantes, minutos u horas, el tiempo deja de escaparse entre nuestras manos como si el reloj si hubiera roto y quedara sólo la arena; se expande, nos pertenece.

Las resistencias cotidianas no nos distraen, sino que nos conectan con nuestra esencia; con lo que sentimos que somos de verdad y, por tanto, con nuestros deseos. Nos distraen, si acaso, de todos los reclamos que, a cada momento, nos instan a anhelar algo que no tenemos, a ser personas inagotablemente perfectas. Reposar en el presente para proyectarnos con más fuerza en el futuro; frente al deseo que vacía y seca, el que consuela y nutre.

Algunas de estas tareas necesitan la soledad y el silencio para recuperarnos de la velocidad de los días; el resto son espacios que compartimos física o emocionalmente con otras personas. Leemos y escribimos en soledad; pero, a menudo, nos representamos a personas queridas mientras lo hacemos; establecemos con ellas diálogos imaginarios. Escuchamos su voz y su consuelo, a veces no pueden llegarnos de ninguna otra forma.

Paseos, charlas, bailes, llamadas de teléfono, mensajes de aliento mutuo. Cuentos, poemas, libros, un Cuaderno de todo y las fases de la luna; anochecer con Orión en el cielo, despertar con Escorpio y esperar al sol. El recuerdo de mi bisabuela tejiendo ganchillo, mi abuela cepillándome el pelo. Su mano, ahora. Las orillas, los cuidados, quienes me hacen reír y soñar. Acariciar un cuerpo con las manos; hacerlo, también, con mi deseo, mientras afilo los versos que serán capaces de nombrarlo. Invocarlo. Danzar para escuchar, en el mío, los ecos y las huellas del juego y el placer compartidos.

Todo lo que me pertenece sin que pueda ni quiera retenerlo, aquello a lo que pertenezco; tierra, mar, hogueras, horizonte.

¿Cuáles son las tuyas?

Fotografía: Mi muy querida amiga Cata cazando olas. IMG-20180201-WA0012Resistencias cotidianas, hogares nómadas. Gracias 🙂

Escritura y narrativas

En mayo lanzamos el taller La voz de las mujeres. Me acompaña en la tutorización Leyre Gil, filóloga (y mucho más), con la que comparto, entre otras cosas, la pasión y el respeto por la literatura. Esta semana termina la segunda edición de Escribir en verano. Aquí podéis leer el ejercicio de una de las alumnas (seguiremos publicando).

Estas dos actividades están diseñadas con un único objetivo: potenciar la creatividad e identificar los bloqueos, para convertir la escritura en un hábito. Además de conseguirlo hemos disfrutado mucho a ambos lados de la pantalla, descubriendo nuevas referencias y, sobre todo, historias de vida llenas de instantes, dolor, belleza y resistencia.

Muchas personas sentimos el deseo de escribir para expresarnos, ordenarnos, entendernos. Necesitamos darnos permiso para hacerlo, detectar los bloqueos, combatir las voces críticas y legitimar nuestra voz; contar nuestra propia historia. Tendremos que dominar la técnica si queremos publicar una obra literaria; pero, si escribimos para nosotras, es suficiente encontrar la forma de llegar a los nudos, desatarlos, echarlos a volar.

Ambas experiencias me han servido para redefinir lo que hago en Narrativas y otras lunas:

Te acompaño en procesos de cambio o en proyectos narrativos, utilizando la escritura y la lectura de textos literarios como principales herramientas. Mi experiencia en psicología (y con las prácticas narrativas) me dan la perspectiva necesaria para guiar los ejercicios, encontrar las fortalezas de cada persona,  identificar y desmontar la autocensura. Puede servirte para:

  • Ordenar tus vivencias
  • Conocerte mejor
  • Recuperar el hábito de la escritura
  • Aumentar tu capacidad narrativa, creatividad, imaginación y memoria
  • Potenciar tu autocuidado

En septiembre comenzamos una nueva edición de los talleres:

Si quieres recibir todas las novedades y promociones, puedes suscribirte al boletín de noticias. Cuido tus datos y no los comparto con nadie. Si tienes cualquier duda o sugerencia, puedes escribirme a lidia@narrativasyotraslunas.com.

¡Hasta pronto!

 

 

 

¿Un taller para mujeres?

RupiKaur
Rupi Kaur, Otras maneras de ussar la boca

Hace unos meses descubrí este artículo de Silvia López, y con él a Rupi Kaur. Leer sus poemas fue una revolución, porque me di cuenta de que muchas de las experiencias que yo había vivido eran universales. Son cosas que sabes, pero que no confirmas hasta que no las ves escritas: todas las mujeres hemos sufrido algún tipo de abuso verbal y/o físico; todas hemos sentido alguna vez que para ser escuchadas teníamos que alzar la voz, porque nos mandaron callar.

Contar tu propia historia (pájaro a pájaro)

Todas las personas tenemos una historia única que contar y los recursos para hacerlo. Ordenar y contar tu propia historia te permite conocerte mejor, encontrar las voces críticas, conocer tus fortalezas; detectar el origen de las narrativas que te gustaría cambiar. Contar tu propia historia puede ayudarte a mejorar la comunicación contigo y con otras personas; a narrar tu trayectoria personal o profesional y a desarrollar un proyecto de escritura.

Tomar la palabra

Hay libros que leo y libros que habito; me arrastran dentro desde las primeras líneas y, mientras los tengo entre las manos, me protegen y me consuelan. Incluso después de la última página me acompañan, se amplían y se enredan con otros textos, otros pensamientos.  Fuera de clase ha sido mi último libro-refugio.

Tuve la misma sensación mientras escuchaba a su autora, Marina Garcés, en Traficantes de Sueños; la de haber llegado a algún lugar que me esperaba, al que pertenecía. Fui con dos amigas periodistas y, al terminar, tuvimos una pequeña tertulia. Una de ellas comentó que le parecía importante contar con referentes que pongan palabras a lo que sucede; que al nombrar lo que sucede lo hagan más real, dándonos así herramientas para transformarlo. Creo que, además, el hecho de que alguien nombre lo que nos preocupa, aquello que percibimos pero no alcanzamos a expresar, nos alivia y nos permite formular nuevos problemas y, por tanto, nuevas soluciones. Cada vez que, como Marina Garcés, alguien pone palabras (bellísimas y sencillas palabras) a lo que nos sucede, abre una nueva posibilidad de comprender para continuar combatiendo.

Marina Garcés propone un pensamiento común construido entre todas, entre todos; por tanto nunca definitivo ni localizado, dogma o verdad cerrada; la filosofía de guerrilla es potencia y movimiento. Nos inivita tomar la palabra y reapropiarnos de ella para «dar sentido a lo que estamos viviendo» y así poder transformarlo. Cita una frase del taoísmo chino: «busco un hombre que haya olvidado las palabras para poder hablar con él«. Y continúa:

Olvidar las palabras para poder hablar: ¿una contradicción? No. Creo, más bien, que es una condición. Los taoístas alertaban del peligro de fijar el sentido de la realidad y tenían miedo de aquellos que se aferraban a las palabras para fijar una posición más fuerte. Las palabras como tribuna y como jaula: eso era lo que hacía falta olvidar para poder hablar, para poder hablarnos. Como ahora.

Hoy, en nuestra sociedad, las palabras parecen circular libremente, pero nos acaban atrapando. Nos atrapan los clichés: maneras estereotipadas de decir la realidad, de referirnos a lo que pasa y de valorar la actualidad, sentencias simplificadoras que vamos pasando de boca en boca, desde por la mañana temprano, cuando se ponen en marcha las tertulias, y que siguen entreteniéndonos y dándonos seguridad cuando llegan, por la noche, las conversaciones con familiares y amigos. Nos atrapa, también, el ansia de comunicación. Si no hay actividad comunicativa dejamos de escuchar. Si no recibimos mensajes, dejamos de percibir. La comunicación, así, se torna una actividad vacía que sólo pide más y más comunicación.

Saturados de clichés y de actividad comunicativa, dejamos de hablar. Hablar es interrumpir el ruido y encontrar aquella palabra que realmente necesitamos decirnos, aquel sentido que ilumina de otra forma lo que estamos viviendo.

Marina Garcés, Fuera de clase

Atravesar el miedo, tomar la palabra; olvidar los significados hasta que nombren de nuevo.

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CSA Tabacalera, noviembre 2016

 

Cuéntame un cuento

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“Vendrá el invierno”, dicen. “Deberías tener miedo”, afirman, aunque no lo digan. Lo leo en sus manos, en sus ojos que miran hacia el cielo y dicen: lluvia. Frío. Oscuridad. Y sí, me asustan un poco. Busco el sol, que aún brilla, en el horizonte. Ya no se pone como antes, llenándolo todo; empieza a desvanecerse. Podría, sí, tener miedo. Sería sensato, e incluso comprensible. “Pero el miedo no abriga”. Me digo. El invierno siempre es duro, ¿Cuándo no lo es? ¿Dónde no lo es?

Sin embargo… Sin embargo miro atrás y veo inviernos felices, corriendo sobre la nieve. Inviernos bajo las mantas, cargados de caricias y palabras. Conversaciones volando sobre tazas de té, guisos improvisados, largas sobremesas y cuentos con lobos. Palabras que sólo sirven en invierno: braseros, sabañones, chuzos de punta. Recuerdo sobrevivir a enero y empezar a adivinar, en los caminos, los pespuntes de la primavera.

“Pues claro. Necesitamos el invierno”. Para entender, de verdad, el significado de la palabra tiempo en todas sus dimensiones: cronológico, meteorológico, interno y ajeno. Tiempo para ovillarme, para conocer y respetar mis ciclos. Tiempo para que la tierra descanse y dé nuevos frutos, para convertir lo extraño en cotidiano. El tiempo que tardas en acariciarme con los ojos, sin tocarme, unos instantes antes de tocarme.

“Me dejaré llevar”, pienso. Y ya es de noche. Abro un libro, pero enseguida aparece alguien (algún día, con el tiempo, será mi amiga) y me invita a pasear. Tropezamos y nos reímos entre las rocas de la playa, ¿Pero dónde está la luna? La buscamos, mirando al cielo. “Este verano no he visto ninguna estrella fugaz…”, digo. Y en ese instante el cielo lo atraviesa, despacio, un punto de luz. Se desvanece.

Vuelvo a casa y me digo en voz alta que no, que no tendré miedo. Abro un cuaderno. Por fin me atrevo a escribirlo: Merecerá la pena el invierno si algún día te pasas por aquí y antes de dormir me cuentas un cuento, me enseñas tus mundos, me prestas tus manos.

Sacudir el polvo de mis alas

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Cuando empecé a pensar en este proyecto surgió una idea que he repetido muchas veces: de los diferentes ámbitos en los que he trabajado lo que más me gusta es contar y ayudar a otras personas a contar. En mi cabeza, a esta frase siempre le sigue otra: soñar… y ayudar a otras personas a soñar. Hasta ahora no había llegado a escribirla porque me resulta pretenciosa. Porque vuelve acompañada de una pregunta antigua: ¿Soñar? ¿Te parece justo pedirle a la gente que sueñe? Antes de hacerlo hay que tener cubiertas las necesidades básicas. Así que, cuando hay tanta gente que no las tiene, ¿para qué sirve todo esto? ¿Para qué crear?

Sé la respuesta. Sé que el mundo necesita el arte, las ilusiones y los sueños siempre que no sean ajenos, estandarizados, productos de consumo. Necesitamos las centellas de Batania, la música de las orquestas, la sangre con tierra de Ana Mendieta. Los alalás y las Begonhas. Las fotografías, la improvisación y los cuentos de hadas. Los carteles de colores que nos devolvieron, el 15 de mayo de 2011, la voluntad y la posibilidad de transformar el mundo.

LidiaLuna_15M_2015
Madrid, Puerta del Sol, #15M 2015

Sé, por experiencia propia, que seremos personas más felices y ligeras cuando consigamos contarnos nuestra propia historia a nosotras mismas, sin miedos ni defensas. Sé que todos los mensajes que nos paralizan vienen de un sistema articulado en torno a lo productivo y la insatisfacción permanente; un sistema que nos quiere alejadas y alejados de nuestro núcleo, de las cosas que de verdad nos importan. No hay que negar estos mensajes, porque siempre aparecen, sino neutralizarlos. Revinidicar la vida, hoy. Aun cuando duela. Porque es lo único que tenemos, lo mejor que tenemos, y no es poco. Como dice Irving Yalom (gracias, compañero, por la cita):

Somos criaturas de un día, tanto el que recuerda como el recordado. Todo es efímero, tanto la memoria como el objeto de la memoria. Está por llegar el momento en que habrás olvidado todo; está por llegar el momento en que todos se habrán olvidado de ti. Piensa siempre que pronto no serás nadie y no estarás en ningún lado.

Empecé este proyecto con la voluntad de desarrollar un trabajo del corazón; convencida de que crear, soñar, imaginar (cuando podamos) nos ayuda a transformar la realidad, a ser mejores personas, a cuidar(nos) más y mejor.

Han pasado ya siete meses y, lo que más agradezco, lo que más me ha soprendido, es la posibilidad de tejer cada día nuevas redes y complicidades. Porque arriesgué, y fui capaz de mostrarme, mi mundo es cada vez más grande, lleno de personas que también se comparten aunque dé, a veces, tanto susto. Formo parte de una  colmena de laboriosas abejas, vivo en una casa habitada por incansables y hermosas arañas (ellas saben).

Y aun así, tan cuidada, tan cuidando, a veces tengo miedo. A veces, aún, me paralizo buscando el difícil equilibrio entre la sensatez y la necesidad de perder un poco el norte para llegar a nuevos territorios fuera de la ruta.  Cuando esto sucede me paro un instante, abro los ojos, miro alrededor. Vuelvo a cerrarlos. Dejo que entren el aire y las punzadas de incertidumbre; que vuelvan las preguntas, los nudos de la culpa en el centro del estómago. Vuelvo a leer esta frase de Rosa Montero (La ridícula idea de no volver a verte):

Cuando era más joven, de hecho hasta hace poco, aspiraba como novelista a la grandeza; a elevarme como un águila y escribir el gran libro sobre la condición humana. Ahora, en cambio, aspiro simple y modestamente a la libertad; si consiguiera ser verdaderamente libre escribiendo, libre del yo consciente, de los mandatos heredados, de la supeditación a la mirada de los otros, de la propia ambición, del deseo de elevarme como un águila, de mis miedos y mis dudas y mis deudas y mis mezquindades, entonces quizá lograría descender hasta el fondo de mi inconsciente y quizá pudiera escuchar por un instante la canción colectiva. Porque muy dentro de mí estamos todos. Sólo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien. Actividades todas ellas importantísimas.

Después sacudo el polvo de mis alas y vuelvo a reir o llorar, escribir, bailar, luchar… como la criatura efímera y afortunada que soy.