Cerrar círculos, abrir espirales

Siempre me ha resultado áspera y ajena la representación del tiempo como una línea recta por la que avanzamos, que no permite volver atrás ni dar un salto hacia el futuro. En mi experiencia, los acontecimientos vividos se parecen más a una espiral en la que a veces los círculos del presente se acercan a los del pasado hasta casi tocarse, para tomar impulso y proyectarse en posibilidades futuras. Es un poco difícil de explicar, pero si alguna vez has tenido la sensación de que el tiempo no existía y que, de alguna forma, todo estaba relacionado y condensado en un instante, entenderás de qué hablo.

Cuando llega esta época del año tengo la sensación de que algo se termina, me pongo un poco triste y tengo que obligarme a pensar que es una forma de deshacernos de formas de entendernos y vivirnos antiguas, gastadas, que nos han ayudado a llegar hasta aquí pero ya no sirven; una manera de cerrar etapas y poner intención y energía en lo futuro, el por-venir. También de tolerar el frío, la falta de luz, la escasez en la naturaleza, entender y aceptar los ciclos.  Por eso me gusta pensar que cerramos círculos para abrir espirales.

Y tú, ¿cómo cierras el año? ¿Cuáles son tus rituales? Aquí te dejo mi propuesta de escritura para estos días, espero que te resulte útil. Ya me contarás lo que quieras, cuando quieras, en los comentarios. Si no hablamos antes, ¡feliz año nuevo!

  • ¿Cómo representarías el tiempo?
  • ¿Cuáles son los círculos que te gustaría cerrar este año?
  • Haz una lista de todas las cosas por las que te sientes agradecida, agradecido.
  • Haz una lista de todas las cosas que te gustaría dejar atrás.
  • Si has hecho un taller conmigo este año, revisa y actuliza tu lista de 100 deseos; si no, escribe una lista de 100 deseos para el 2018 siguiendo las instrucciones de esta otra lista.
  • Escribe en un cuaderno o en un documento un deseo que tenga que ver con la escritura. ¿Qué necesitas para que se haga realidad? De aquí al 31 de diciembre, escribe una hoja de ruta para cumplirlo y tenlo a mano para verlo todos los días. Intenta dedicarle al menos 5 minutos diarios y, si no fuera posible, no dejes de revisarlo cada semana.
Imagen: Rosie Kerr en Unsplash

Cuéntame un cuento

 LidiaLuna_nieve_2

“Vendrá el invierno”, dicen. “Deberías tener miedo”, afirman, aunque no lo digan. Lo leo en sus manos, en sus ojos que miran hacia el cielo y dicen: lluvia. Frío. Oscuridad. Y sí, me asustan un poco. Busco el sol, que aún brilla, en el horizonte. Ya no se pone como antes, llenándolo todo; empieza a desvanecerse. Podría, sí, tener miedo. Sería sensato, e incluso comprensible. “Pero el miedo no abriga”. Me digo. El invierno siempre es duro, ¿Cuándo no lo es? ¿Dónde no lo es?

Sin embargo… Sin embargo miro atrás y veo inviernos felices, corriendo sobre la nieve. Inviernos bajo las mantas, cargados de caricias y palabras. Conversaciones volando sobre tazas de té, guisos improvisados, largas sobremesas y cuentos con lobos. Palabras que sólo sirven en invierno: braseros, sabañones, chuzos de punta. Recuerdo sobrevivir a enero y empezar a adivinar, en los caminos, los pespuntes de la primavera.

“Pues claro. Necesitamos el invierno”. Para entender, de verdad, el significado de la palabra tiempo en todas sus dimensiones: cronológico, meteorológico, interno y ajeno. Tiempo para ovillarme, para conocer y respetar mis ciclos. Tiempo para que la tierra descanse y dé nuevos frutos, para convertir lo extraño en cotidiano. El tiempo que tardas en acariciarme con los ojos, sin tocarme, unos instantes antes de tocarme.

“Me dejaré llevar”, pienso. Y ya es de noche. Abro un libro, pero enseguida aparece alguien (algún día, con el tiempo, será mi amiga) y me invita a pasear. Tropezamos y nos reímos entre las rocas de la playa, ¿Pero dónde está la luna? La buscamos, mirando al cielo. “Este verano no he visto ninguna estrella fugaz…”, digo. Y en ese instante el cielo lo atraviesa, despacio, un punto de luz. Se desvanece.

Vuelvo a casa y me digo en voz alta que no, que no tendré miedo. Abro un cuaderno. Por fin me atrevo a escribirlo: Merecerá la pena el invierno si algún día te pasas por aquí y antes de dormir me cuentas un cuento, me enseñas tus mundos, me prestas tus manos.