Todas las personas tenemos una historia que contar y los recursos básicos para hacerlo: imaginación, memoria, oralidad.


Cada historia es única porque tu voz, tu mirada y las palabras que eliges para contarla, o las que elige una comunidad que teje su historia en común, son distintas a todas las demás.

Todas las historias son importantes y merecen ser contadas; pero sobre todo las historias de resistencia que han permanecido ocultas, o las que, cuestionando las narrativas dominantes, nos permiten crear un relato propio.


Escribir, crear, cuidarte; son tres prácticas relacionadas entre sí. Si te comprometes con ellas, te ayudarán a sentirte mejor, afrontar los retos de la vida cotidiana y disfrutar los instantes de felicidad y conexión.

El deseo es el motor de nuestras acciones; el miedo, que tiene una función protectora, a veces las paraliza. Para desarrollar cualquier labor creativa o expresiva necesitamos escuchar al primero, alimentar al segundo.

Somos animales narrativos: nos contamos constantemente historias sobre nosotras, sobre otras personas, sobre el mundo; se las contamos a las demás. Esas historias, a su vez, se entrelazan con las de otras personas y con las de las comunidades de las que formamos parte.


Los cuentos y leyendas nos ayudan a entender el mundo interior y exterior; a darle un sentido o aceptar que, en determinados momentos, no lo tiene.

Todas las emociones aportan información valiosa sobre lo que sentimos y necesitamos en cada momento; no hay emociones buenas o malas y es importante escucharlas.


La memoria es el hilo que nos permite tejer nuestras historias de vida, darles un sentido; crear un relato propio. Encontrar tus palabras, las que te permiten nombrar la experiencia pasada o presente, te ayudarán a entenderla y manejarla mejor; te permitirá, también, proyectarte en el futuro, en lo por venir.


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