Hay libros que leo y libros que habito; me arrastran dentro desde las primeras líneas y, mientras los tengo entre las manos, me protegen y me consuelan. Incluso después de la última página me acompañan, se amplían y se enredan con otros textos, otros pensamientos.  Fuera de clase ha sido mi último libro-refugio.

Tuve la misma sensación mientras escuchaba a su autora, Marina Garcés, en Traficantes de Sueños; la de haber llegado a algún lugar que me esperaba, al que pertenecía. Fui con dos amigas periodistas y, al terminar, tuvimos una pequeña tertulia. Una de ellas comentó que le parecía importante contar con referentes que pongan palabras a lo que sucede; que al nombrar lo que sucede lo hagan más real, dándonos así herramientas para transformarlo. Creo que, además, el hecho de que alguien nombre lo que nos preocupa, aquello que percibimos pero no alcanzamos a expresar, nos alivia y nos permite formular nuevos problemas y, por tanto, nuevas soluciones. Cada vez que, como Marina Garcés, alguien pone palabras (bellísimas y sencillas palabras) a lo que nos sucede, abre una nueva posibilidad de comprender para continuar combatiendo.

Marina Garcés propone un pensamiento común construido entre todas, entre todos; por tanto nunca definitivo ni localizado, dogma o verdad cerrada; la filosofía de guerrilla es potencia y movimiento. Nos inivita tomar la palabra y reapropiarnos de ella para “dar sentido a lo que estamos viviendo” y así poder transformarlo. Cita una frase del taoísmo chino: “busco un hombre que haya olvidado las palabras para poder hablar con él“. Y continúa:

Olvidar las palabras para poder hablar: ¿una contradicción? No. Creo, más bien, que es una condición. Los taoístas alertaban del peligro de fijar el sentido de la realidad y tenían miedo de aquellos que se aferraban a las palabras para fijar una posición más fuerte. Las palabras como tribuna y como jaula: eso era lo que hacía falta olvidar para poder hablar, para poder hablarnos. Como ahora.

Hoy, en nuestra sociedad, las palabras parecen circular libremente, pero nos acaban atrapando. Nos atrapan los clichés: maneras estereotipadas de decir la realidad, de referirnos a lo que pasa y de valorar la actualidad, sentencias simplificadoras que vamos pasando de boca en boca, desde por la mañana temprano, cuando se ponen en marcha las tertulias, y que siguen entreteniéndonos y dándonos seguridad cuando llegan, por la noche, las conversaciones con familiares y amigos. Nos atrapa, también, el ansia de comunicación. Si no hay actividad comunicativa dejamos de escuchar. Si no recibimos mensajes, dejamos de percibir. La comunicación, así, se torna una actividad vacía que sólo pide más y más comunicación.

Saturados de clichés y de actividad comunicativa, dejamos de hablar. Hablar es interrumpir el ruido y encontrar aquella palabra que realmente necesitamos decirnos, aquel sentido que ilumina de otra forma lo que estamos viviendo.

Marina Garcés, Fuera de clase

Atravesar el miedo, tomar la palabra; olvidar los significados hasta que nombren de nuevo.

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CSA Tabacalera, noviembre 2016

 

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