AVISO: Este artículo contiene información sobre el contenido de la película Nadie quiere la noche, aunque no desvela el final.

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Imagen de Paul Itkin

Nadie quiere la noche, mucho menos una noche de 6 meses. Pero la noche siempre llega. Sobre todo cuando nos arriesgamos a salir ahí fuera, a perseguir lo que soñamos, a buscar aquello en lo que creemos. Ésa es la razón por la que el personaje de Juliette Binoche en Nadie quiere la noche, la última película de Isabel Coixet, no me resulta antipático en ningún momento, como señalan algunas reseñas de la película. Representa a una mujer que persigue firmemente aquello en lo que cree y logra alcanzarlo, aunque no de la forma que había soñado. Porque el amor que perseguía era una quimera, y lo que encuentra el amor verdadero: el vínculo que construyen dos personas cuando a medida que se conocen son capaces de verse como son y no como esperan o creen que deberían ser, se reconocen como iguales y cuidan la una de la otra.

Desde mi punto de vista a la película le falta unidad narrativa porque intenta contar demasiadas historias a la vez. Coixet, la directora, cuenta una que tiene que ver con la búsqueda del amor; Matt Salinger habla de la soberbia de la especie humana al sentirse superior y de sus opuestos, la sobriedad y la conexión con la naturaleza. Binoche cuenta esas historias e incluye otra que tiene que ver con la justicia social. Me resultan mucho más verosímiles y atractivas las escenas en las que coinciden estos dos actores (me recuerdan algunos momentos de  Memorias de África) que la mayoría de las que comparte Binoche con la japonesa Rinko Kikuchi, al menos en los dos primeros tercios de la película. Mi impresión es que el personaje inuit recrea demasiados tópicos y los diálogos entre ambas no son creíbles.

 

Josphine Peary
Josephine Peary
Y aun así estoy deseando volver a verla para saborear algunas escenas. Sin haberlos pisado nunca entiendo y comparto esa pasión por los paisajes polares. Como dicen en algún diálogo esas llanuras heladas donde el horizonte es a menudo una línea imaginaria representan lo inconmesurable, la auténtica nada. El guía que lleva a Josephine Peary hacia el reencuentro con su marido Robert Peary está muy cerca de su núcleo y de la naturaleza; es consciente de su levedad y fugacidad. Josephine está enamorada del amor, de la ilusión de amar a un marido con el que apenas ha compartido unos meses de su vida; tanto que se aferra a un vestido vacío, hueco, reconoce haberse olvidado incluso de su propia hija. Aun así la película habla de la lucha, la tenacidad  y la fortaleza de dos mujeres. Como dijo en unas jornadas sobre Mujer y narración oral la narradora Magda Labarga: nosotras también necesitamos historias épicas que nos alienten y nos recuerden que somos capaces de llegar a los mismos lugares que los hombres.
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Roby Davidson
Siendo una adolescente me habría gustado que alguien me contara la historia real de Roby Davidson, la mujer que atravesó sola el desierto de Australia con su perro y unos camellos, llevada al cine en El viaje de tu vida. Hoy me siento reflejada en las mujeres de Coixet, me acompañan desde que las descubrí en Cosas que nunca te dije y Mi vida sin mí. Me recuerdan que aunque nadie quiere la noche, la noche siempre llega y cuando tenemos la fea costumbre de salir a perseguir aquello en lo que creemos es posible que nos pille en el bosque; pero si conseguimos conservar un rescoldo de calor en nuestros corazones alcanzaremos a ver de nuevo el sol.

 

 

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