Agradecimientos, propósitos, deseos

Estos días ha salido el sol; un sol de verdad, que calienta la piel y seca los huesos. He vuelto a pasear descalza por la orilla del mar, y  me he atrevido a formular mis deseos en voz alta.

Una de las cosas que  me gustaría hacer en 2019 es compartir más archivos de voz en el blog. Es algo que disfruto mucho pero, a la vez, siento vergüenza y pudor; siempre pienso que no son lo suficientemente buenos. De hecho, no lo son; queda mucho por mejorar. No tengo un equipo profesional y, además, tengo que repetirlos una y otra vez, hasta que consigo hacerlo de un tirón. Aun así, me gusta compartirlos porque creo que, a veces, la voz es necesaria para que la meditación introductoria sea más eficaz; para estar un poco más cerca a pesar de las pantallas y los kilómetros que nos separan.

Una mujer valiente a la que acompañé durante un tiempo me dijo, ya lo he contado antes, que lo que yo hacía era unir “escritura y consciencia”. Leyendo estos días los textos de la comunidad me doy cuenta, una vez más, de hasta qué punto la consciencia es importante en mi trabajo; tiene sentido porque, para mí, ha sido el mayor descubrimiento de los últimos años.

No importa que no tengamos claro dónde nos gustaría estar; saber que estamos en movimiento, que dibujamos el mapa a medida que caminamos, es el sendero y también la brújula. Lo demás  se irá perfilando; y, para sentir que el viaje y las paradas intermedias nos pertenecen, nos conectan y nos nutren, necesitamos la consciencia, aun cuando duela. Esa es, al menos, mi experiencia.

En este audio está mi propuesta para terminar y empezar el año sabiendo dónde estamos, hacer acopio de todo lo que hemos recibido, y sentir hacia dónde nos gustaría dirigirnos. La vida, después, hará su parte. Pero creo que, si nos pilla con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte, será más fácil transitar los cambios, disfrutar los instantes de luz, compartir la belleza, acoger las lágrimas.

Con mis mejores deseos,

Lidia Luna

Cerrar círculos, abrir espirales

Siempre me ha resultado áspera y ajena la representación del tiempo como una línea recta por la que avanzamos, que no permite volver atrás ni dar un salto hacia el futuro. En mi experiencia, los acontecimientos vividos se parecen más a una espiral en la que a veces los círculos del presente se acercan a los del pasado hasta casi tocarse, para tomar impulso y proyectarse en posibilidades futuras. Es un poco difícil de explicar, pero si alguna vez has tenido la sensación de que el tiempo no existía y que, de alguna forma, todo estaba relacionado y condensado en un instante, entenderás de qué hablo.

Cuando llega esta época del año tengo la sensación de que algo se termina, me pongo un poco triste y tengo que obligarme a pensar que es una forma de deshacernos de formas de entendernos y vivirnos antiguas, gastadas, que nos han ayudado a llegar hasta aquí pero ya no sirven; una manera de cerrar etapas y poner intención y energía en lo futuro, el por-venir. También de tolerar el frío, la falta de luz, la escasez en la naturaleza, entender y aceptar los ciclos.  Por eso me gusta pensar que cerramos círculos para abrir espirales.

Y tú, ¿cómo cierras el año? ¿Cuáles son tus rituales? Aquí te dejo mi propuesta de escritura para estos días, espero que te resulte útil. Ya me contarás lo que quieras, cuando quieras, en los comentarios. Si no hablamos antes, ¡feliz año nuevo!

  • ¿Cómo representarías el tiempo?
  • ¿Cuáles son los círculos que te gustaría cerrar este año?
  • Haz una lista de todas las cosas por las que te sientes agradecida, agradecido.
  • Haz una lista de todas las cosas que te gustaría dejar atrás.
  • Si has hecho un taller conmigo este año, revisa y actuliza tu lista de 100 deseos; si no, escribe una lista de 100 deseos para el 2018 siguiendo las instrucciones de esta otra lista.
  • Escribe en un cuaderno o en un documento un deseo que tenga que ver con la escritura. ¿Qué necesitas para que se haga realidad? De aquí al 31 de diciembre, escribe una hoja de ruta para cumplirlo y tenlo a mano para verlo todos los días. Intenta dedicarle al menos 5 minutos diarios y, si no fuera posible, no dejes de revisarlo cada semana.
Imagen: Rosie Kerr en Unsplash

Nadie quiere la noche

https://unsplash.com/photos/47af9f2kJ08

AVISO: Este artículo contiene información sobre el contenido de la película Nadie quiere la noche, aunque no desvela el final.

https://unsplash.com/photos/47af9f2kJ08
Imagen de Paul Itkin

Nadie quiere la noche, mucho menos una noche de 6 meses. Pero la noche siempre llega. Sobre todo cuando nos arriesgamos a salir ahí fuera, a perseguir lo que soñamos, a buscar aquello en lo que creemos. Ésa es la razón por la que el personaje de Juliette Binoche en Nadie quiere la noche, la última película de Isabel Coixet, no me resulta antipático en ningún momento, como señalan algunas reseñas de la película. Representa a una mujer que persigue firmemente aquello en lo que cree y logra alcanzarlo, aunque no de la forma que había soñado. Porque el amor que perseguía era una quimera, y lo que encuentra el amor verdadero: el vínculo que construyen dos personas cuando a medida que se conocen son capaces de verse como son y no como esperan o creen que deberían ser, se reconocen como iguales y cuidan la una de la otra.

Desde mi punto de vista a la película le falta unidad narrativa porque intenta contar demasiadas historias a la vez. Coixet, la directora, cuenta una que tiene que ver con la búsqueda del amor; Matt Salinger habla de la soberbia de la especie humana al sentirse superior y de sus opuestos, la sobriedad y la conexión con la naturaleza. Binoche cuenta esas historias e incluye otra que tiene que ver con la justicia social. Me resultan mucho más verosímiles y atractivas las escenas en las que coinciden estos dos actores (me recuerdan algunos momentos de  Memorias de África) que la mayoría de las que comparte Binoche con la japonesa Rinko Kikuchi, al menos en los dos primeros tercios de la película. Mi impresión es que el personaje inuit recrea demasiados tópicos y los diálogos entre ambas no son creíbles.

 

Josphine Peary
Josephine Peary
Y aun así estoy deseando volver a verla para saborear algunas escenas. Sin haberlos pisado nunca entiendo y comparto esa pasión por los paisajes polares. Como dicen en algún diálogo esas llanuras heladas donde el horizonte es a menudo una línea imaginaria representan lo inconmesurable, la auténtica nada. El guía que lleva a Josephine Peary hacia el reencuentro con su marido Robert Peary está muy cerca de su núcleo y de la naturaleza; es consciente de su levedad y fugacidad. Josephine está enamorada del amor, de la ilusión de amar a un marido con el que apenas ha compartido unos meses de su vida; tanto que se aferra a un vestido vacío, hueco, reconoce haberse olvidado incluso de su propia hija. Aun así la película habla de la lucha, la tenacidad  y la fortaleza de dos mujeres. Como dijo en unas jornadas sobre Mujer y narración oral la narradora Magda Labarga: nosotras también necesitamos historias épicas que nos alienten y nos recuerden que somos capaces de llegar a los mismos lugares que los hombres.
1408353305594_wps_36_UNSPECIFIED_AUSTRALIA_JAN
Roby Davidson
Siendo una adolescente me habría gustado que alguien me contara la historia real de Roby Davidson, la mujer que atravesó sola el desierto de Australia con su perro y unos camellos, llevada al cine en El viaje de tu vida. Hoy me siento reflejada en las mujeres de Coixet, me acompañan desde que las descubrí en Cosas que nunca te dije y Mi vida sin mí. Me recuerdan que aunque nadie quiere la noche, la noche siempre llega y cuando tenemos la fea costumbre de salir a perseguir aquello en lo que creemos es posible que nos pille en el bosque; pero si conseguimos conservar un rescoldo de calor en nuestros corazones alcanzaremos a ver de nuevo el sol.