Entre abril y junio trabajé en un par de proyectos paralelos a Narrativas y otras lunas: la evaluación de un programa de apoyo psicosocial en acción humanitaria y dos talleres de entrenamiento básico en mindfulness para el personal contratado en sede de una ONG. Tuve la suerte de compartirlos con dos grandes profesionales de las que aprendí mucho. Me sentí acompañada y cuidada, y me di cuenta de lo difícil que habían sido tantos meses previos sola frente al ordenador.

Desde que empecé a trabajar por mi cuenta he intercambiado proyectos e ideas con otras personas. He recibido aliento e ilusiones extra cuando se acabaron las mías, y he entendido lo que significan de verdad entusiasmo y compromiso. Cada vez que las cosas se ponían difíciles alguien tendía una mano o un sueño. He aprendido de otras personas y de mí que casi todo es posible pero dificilísimo; trabajar por cuenta propia nos lleva a niveles de aguante de los que nunca antes nos habríamos creído capaces. Después de una resistencia prolongada parece que sólo habrá dos posibles salidas: la resiliencia o la amargura, el crecimiento o el fracaso. Sin embargo, hace mucho tiempo que dejé de creer en los absolutos y las líneas rectas, y hace poco una mujer sabia me dijo que en la vida el cielo y el infierno están siempre a un paso umo de otro; que ninguno de los dos es definitivo ni dura mucho. Ahora estoy segura  de que todo es Uróboros, la aceptación de los ciclos y la impermanencia; nunca repetición o esfuerzo inútil.

Ha pasado un año y medio desde que me hice autónoma y me sigue fascinando el movimiento. Hubo y habrá muchos momentos difíciles, meses sin ingresos, sin saber de dónde vendrá el dinero mañana, recurriendo a los apoyos sin los que no habría sido posible continuar. Sembrando, como dice una buena amiga, sin tener ni idea de cuándo vendrá el momento de recoger; confiando más allá de los límites de la sensatez y la gravedad. Aun así merece la pena porque cada vez que pensé que había perdido todas las batallas aprendí que la vida es una, hoy, aquí, ahora; me senté en una roca frente al mar a disfrutar el silencio y la belleza del vacío, el murmullo de todo lo que cambia dentro y fuera sin que podamos controlarlo. Y entonces, sólo entonces, apareció alguien que me invitó a bailar; y me dejé llevar con los ojos cerrados hasta que fui capaz de volver a sentir el ritmo, de recuperar la confianza en mi cuerpo y mis instintos. Así ha sido, literal y metafóricamente, muchas veces.

No puedo mencionar a todas las personas que me han dado su apoyo material o emocional, pero ellas saben. Si alguna vez caminaste a mi lado, compartiste con alguien mis proyectos, me preguntaste aunque fuera una sola vez cómo iba el trabajo mirándome a los ojos; si me ofreciste ideas o crudas realidades; si confiaste en mí para que trabajáramos juntas: GRACIAS. Gracias por recordarme cuál es mi canción y bailar conmigo.

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