Leí Chernóbil, de Svetlana Alexievich, durante tres tardes de verano, en una piscina a las afueras de Madrid.  Acababan de cumplirse 30 años de la catástrofe; había visto imágenes, reportajes, tenía 10 años cuando sucedió. Recordaba el impacto de aquel accidente; cómo fue una pieza más para que yo creyera en un mundo más respetuoso con la naturaleza y con la vida. Pero no tenía ni idea de lo que había sucedido allí.

En una conferencia sobra la importancia de usar las palabras con precisión, de devolverles sentido y significado, Leila Guerriero habla sobre el libro, y cita uno de los párrafos más impactantes:

<< Cuántas veces se han publicado frases como “el horror de Chernóbil”, “la tragedia de Chernóbil”, “la ignominia de Chernóbil? En 1997 una mujer llamada Svetlana Alexievich publicó un libro, Voces de Chernóbil, que contiene testimonios de víctimas y familiares de víctimas de la explosión que tuvo lugar en 1986 en esa central nuclear. En el libro, el horror late como un feto maligno, entonando una canción de tumba dedicada a todos nosotros, habitantes de la era nuclear aposentados en nuestra buena salud, libres de que se nos caiga la cara a pedazos por efectos de la radiación. En él, la mujer de uno de los bomberos que acudieron a la central a apagar el incendio cuenta la agonía y la muerte de su marido. “El empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia afuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas. Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas, como si fueran unas películas blancas. El color de la cara, y del cuerpo… azul… rojo, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! (…) Justo nos acabábamos de casar. Aún no nos habíamos saciado el uno del otro. (…) Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, en los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne. Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba en sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de adentro”. >>

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A lo largo de mi vida profesional, alguna vez he tenido noticias directas del trauma; he escuchado, de boca de una persona, el sufrimiento que pueden causar otro ser humano, un conflicto armado, una catástrofe. Pero nunca, hasta entonces, sabía lo que era el horror. Hubiera querido no leer ese libro y, al mismo tiempo, hacerlo mucho antes.

Svetlana da voz a las historias de vida, recoge los testimonios sin pudor, con un inmenso respeto y con toda su crudeza. No encontrarás un lugar donde esconderte mientras lees; ni siquiera al cerrar el libro, tampoco al cerrar los ojos. Recuerdo, de aquellos tres días, las nubes sobre mi cabeza. Cada tanto apartaba la vista del libro, las miraba, intentaba respirar y comprender. Y aun así, puedo decir que las palabras de Svetlana son tan hermosas; que son tierra, verdad, vida, y un deseo indescriptible de comprender y reparar.

Acabo de comenzar La guerra no tiene rostro de mujer, de la misma autora. El libro comienza con algunos fragmentos de su diario:

<< Escribo sobre la guerra…

Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores. ¿Que cuál es mi primer recuerdo de la guerra? Mi angustia infantil en medio de unas palabras incomprensibles y amenazantes. La guerra siempre estuvo presente: en la escuela, en la casa, en las bodas y en los bautizos, en las fiestas y en los funerales. Incluso en las conversaciones de los niños. Un día, mi vecinito me preguntó: “¿Qué hace la gente bajo tierra? ¿Cómo viven allí?” Nosotros también queríamos descifrar el misterio de la guerra.

Entonces por primera vez pensé en la muerte… Y ya nunca más he dejado de pensar en ella, para mí se ha convertido en el mayor misterio de la vida. >>

La asignatura de Historia siempre fue una de mis favoritas. De ella recuerdo, sobre todo, la voluntad de no repetir los errores del pasado. Tengo la sensación, quizá distorsionada, de haber sido adolescente en un mundo que aún creía en la concordia, en la fraternidad; que haría todo lo posible por no pasar por otra Gran Guerra.  Después llegaron Kosovo, Ruanda, Irak… Tantos y tantos desastres, conflictos, matanzas, siempre de la mano humana. No sé si hay solución. Pero sí estoy convencida de que conocer, recordar, empatizar, es lo único que puede alejarnos del horror que describen las personas que lo causaron y lo sufrieron, aquellas a las que Svetlana da voz. Sentirlo, tocarlo, levanzar la vista al cielo y volver a estremecernos. Para no olvidar, nunca, hasta dónde somos capaces de llegar.

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La guerra no tiene rostro de mujer ofrece, además, unas perspectiva diferente a la de las “voces masculinas” que han contado siempre la historia:

“En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni azañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.”

Leer a Svetlana Alexiévich es casi como escuchar, susurradas al oído, las historias de vida que ella recogió. No son relatos para dormir, pero sí para honrar la vida. Y para amar la posibilidad de ponerle palabras, texturas, sonidos que atraviesen el tiempo y nos devuelvan sus ecos; para no volver a escucharlos, nunca más, fuera de los libros.

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