Lavinia (Ursula K Leguin)

“Toda mi vida (…) puede parecer un jirón desgarrado e incompleto del telar, una maraña informe de hebras que no significan nada, pero no es así, porque mi mente, al igual que la lanzadera, siempre regresa al lugar inicial para buscar el patrón y continuar con él. Yo era hilandera, no tejedora, pero he aprendido a tejer”.

Cuando un libro me gusta mucho salto alguna frase; quiero avanzar, saber más.

Lavinia, de Ursula K Le Guin, es uno de los que más he disfrutado en toda mi vida, y me ha pasado lo contrario: volvía atrás, una y otra vez, para saborear las palabras. No me importa que se acabe porque forma parte de mí.

Volveré a leer la última frase una, y otra, y otra vez; y regresarán, con ella, las imágenes de la historia; también de todas las historias sobre la Antigüedad que habité siendo niña.

Gracias, Ursula.

“La guerra no tiene rostro de mujer”

Leí Chernóbil, de Svetlana Alexievich, durante tres tardes de verano, en una piscina a las afueras de Madrid.  Acababan de cumplirse 30 años de la catástrofe; había visto imágenes, reportajes, tenía 10 años cuando sucedió. Recordaba el impacto de aquel accidente; cómo fue una pieza más para que yo creyera en un mundo más respetuoso con la naturaleza y con la vida. Pero no tenía ni idea de lo que había sucedido allí.

En una conferencia sobra la importancia de usar las palabras con precisión, de devolverles sentido y significado, Leila Guerriero habla sobre el libro, y cita uno de los párrafos más impactantes:

<< Cuántas veces se han publicado frases como “el horror de Chernóbil”, “la tragedia de Chernóbil”, “la ignominia de Chernóbil? En 1997 una mujer llamada Svetlana Alexievich publicó un libro, Voces de Chernóbil, que contiene testimonios de víctimas y familiares de víctimas de la explosión que tuvo lugar en 1986 en esa central nuclear. En el libro, el horror late como un feto maligno, entonando una canción de tumba dedicada a todos nosotros, habitantes de la era nuclear aposentados en nuestra buena salud, libres de que se nos caiga la cara a pedazos por efectos de la radiación. En él, la mujer de uno de los bomberos que acudieron a la central a apagar el incendio cuenta la agonía y la muerte de su marido. “El empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia afuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas. Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas, como si fueran unas películas blancas. El color de la cara, y del cuerpo… azul… rojo, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! (…) Justo nos acabábamos de casar. Aún no nos habíamos saciado el uno del otro. (…) Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, en los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne. Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba en sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de adentro”. >>

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A lo largo de mi vida profesional, alguna vez he tenido noticias directas del trauma; he escuchado, de boca de una persona, el sufrimiento que pueden causar otro ser humano, un conflicto armado, una catástrofe. Pero nunca, hasta entonces, sabía lo que era el horror. Hubiera querido no leer ese libro y, al mismo tiempo, hacerlo mucho antes.

Svetlana da voz a las historias de vida, recoge los testimonios sin pudor, con un inmenso respeto y con toda su crudeza. No encontrarás un lugar donde esconderte mientras lees; ni siquiera al cerrar el libro, tampoco al cerrar los ojos. Recuerdo, de aquellos tres días, las nubes sobre mi cabeza. Cada tanto apartaba la vista del libro, las miraba, intentaba respirar y comprender. Y aun así, puedo decir que las palabras de Svetlana son tan hermosas; que son tierra, verdad, vida, y un deseo indescriptible de comprender y reparar.

Acabo de comenzar La guerra no tiene rostro de mujer, de la misma autora. El libro comienza con algunos fragmentos de su diario:

<< Escribo sobre la guerra…

Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores. ¿Que cuál es mi primer recuerdo de la guerra? Mi angustia infantil en medio de unas palabras incomprensibles y amenazantes. La guerra siempre estuvo presente: en la escuela, en la casa, en las bodas y en los bautizos, en las fiestas y en los funerales. Incluso en las conversaciones de los niños. Un día, mi vecinito me preguntó: “¿Qué hace la gente bajo tierra? ¿Cómo viven allí?” Nosotros también queríamos descifrar el misterio de la guerra.

Entonces por primera vez pensé en la muerte… Y ya nunca más he dejado de pensar en ella, para mí se ha convertido en el mayor misterio de la vida. >>

La asignatura de Historia siempre fue una de mis favoritas. De ella recuerdo, sobre todo, la voluntad de no repetir los errores del pasado. Tengo la sensación, quizá distorsionada, de haber sido adolescente en un mundo que aún creía en la concordia, en la fraternidad; que haría todo lo posible por no pasar por otra Gran Guerra.  Después llegaron Kosovo, Ruanda, Irak… Tantos y tantos desastres, conflictos, matanzas, siempre de la mano humana. No sé si hay solución. Pero sí estoy convencida de que conocer, recordar, empatizar, es lo único que puede alejarnos del horror que describen las personas que lo causaron y lo sufrieron, aquellas a las que Svetlana da voz. Sentirlo, tocarlo, levanzar la vista al cielo y volver a estremecernos. Para no olvidar, nunca, hasta dónde somos capaces de llegar.

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La guerra no tiene rostro de mujer ofrece, además, unas perspectiva diferente a la de las “voces masculinas” que han contado siempre la historia:

“En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni azañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.”

Leer a Svetlana Alexiévich es casi como escuchar, susurradas al oído, las historias de vida que ella recogió. No son relatos para dormir, pero sí para honrar la vida. Y para amar la posibilidad de ponerle palabras, texturas, sonidos que atraviesen el tiempo y nos devuelvan sus ecos; para no volver a escucharlos, nunca más, fuera de los libros.

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Lo contrario de ser víctima

El movimiento #MeToo ha confirmado que narrar y compartir lo vivido aumenta la resilliencia; es decir, lo contrario de ser víctima. Ayuda a dar un sentido a la experiencia, a integrarla en la narrativa. Fortalece las estrategias para detectar, manejar e incluso evitar futuros avisos a nivel individual y social. Ha creado un espacio emocional, físico y colectivo en el que expresar la verdad, reconocer el daño, aliviar el sufrimiento.

En las últimas semanas he leído artículos aparentemente bien argumentados afirmando que movimientos como éste o convocatorias como la del 8M victimizan. Siempre me queda la duda de si quien así opina lo hace sólo desde el desconocimiento, si son conscientes del daño que pueden infringir a las mujeres que han sufrido cualquier tipo de violencia o abuso. Un porcentaje altísimo de la población.

Hay temas que atañen al bienestar de quienes han luchado y luchan por integrar sucesos traumáticos, por recuperar el sentido y la autoría de sus historias de vida.  Y, con ellas, profesionales investigando durante años, recogiendo saberes, hilvanándolos para suturar sus heridas y promover su resiliencia. Nuestra resiliencia, porque casi nunca estamos  libres de daño.

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Como nos recuerda Alice Miller, a la que conocí leyendo a Erika Irusta, el cuerpo nunca miente; todo lo que vivimos se queda grabado en él. La curación nunca puede pasar por negar las heridas; siempre reconocerlas, aceptarlas, integrarlas. Por eso me produjo mucho dolor leer este artículo, que forma parte del manifiesto de algunas mujeres contra el movimiento #MeToo:

Si me hubiera visto forzada brutalmente a mantener una relación sexual con un agresor o varios agresores, no habría opuesto resistencia, pensando en que la satisfacción del impulso aplacaría el instinto violento. Por más repugnancia que sintiera, o miedo a otro tipo de violencia —la amenaza de un arma—, me atrevo a pensar que habría aceptado que mi cuerpo se sometiera, consciente de que mi espíritu seguiría siendo independiente, que mantendría su integridad y me ayudaría a relativizar la posesión de mi cuerpo. ¿Acaso no es el mismo tipo de protección mental al que recurren las prostitutas, que no escogen a sus clientes?

Siempre se puede disfrutar de una violación”. Enthoven recordó que, en efecto, “técnicamente, se puede experimentar un orgasmo durante una violación, lo cual no significa que la víctima dé su consentimiento”, y que es un error ocultar esa realidad, porque el trauma puede agravarse por el sentimiento de culpa. También dio la razón a otra frase de Lahaie: que “el cuerpo y el espíritu no siempre coinciden”. Dicen que es frecuente que las víctimas de violación tarden en denunciar la agresión por vergüenza. Esta disociación podría ayudarlas a superarla.

Catherine Millet https://elpais.com/elpais/2018/02/06/opinion/1517922099_385720.html

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Ninguna mujer que haya sufrido una agresión sexual diría que técnicamente se puede tener un orgasmo. También es perversa la postura que defiende la autora; que se pueden tener relaciones sexuales de las que una está totalmente ausente, y que la desconexión del cuerpo puede ser un mecanismo de protección. Claro que puede suceder la disociación, pero no puede esgrimirse nunca como algo deseable; son muchas las razones; Si disocias después de una agresión, ¿cómo puedes volver a conectar con tu cuerpo para volver a disfrutar de todo el placer que encierra?

Eve Ensler cuenta en esta charla TED el camino inverso, el que la llevó a estar en su cuerpo. Tarea dificil e imprescindible. Una vez más, en lo personal y en lo colectivo; para que no tengamos que recorrer, una y otra vez, los mismos caminos de sufrimiento. Así que me quedo con las voces que nos quieren unidas, fuertes; nunca víctimas ni sumisas.

 

¿Cuántas heridas secretas nos acompañan? Aunque no siempre son experiencias traumáticas, a veces vienen con nosotras simplemente como parte de la experiencia de ser mujer. Si conseguimos darles una dimensión social, es decir, política, si conseguimos convertirlas en experiencias que se pueden procesar juntas en espacios colectivos podemos zafarnos de tener que arrastrarlas como un peso. Para eso también sirven los colectivos feministas. Sin embargo, a veces las tonalidades de la culpa son infinitas, y encima hay que lidiar con esa culpa en soledad, porque en ocasiones también callamos para no hacer sufrir a los que queremos, por sentido de la responsabilidad hacia el entorno, porque así nos han educado. Contradicciones: a veces dolería más contarlo por las consecuencias sociales que lo que duele el hecho en sí. Y bueno, no siempre somos heroínas. Tampoco víctimas: reconocer las agresiones no nos deja impotentes. Es un acto de afirmación. En la medida que más y más mujeres nos atrevamos a explicar lo que nos ha sucedido será más difícil cuestionar la realidad. Hablar es conjurar la culpa, es estampar la violencia sufrida en la arena social.
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NOTA: Imágenes de Ana Mendieta y su obra. Si no la conoces, echa un vistazo a internet y a tu biblioteca. Merece la pena 🙂

La voz de las mujeres (incluye artículo)

“Todas las células de nuestro cuerpo responden a nuestros sueños. Estos son necesarios para nuestra salud y para la salud de nuestro planeta. Los sueños que sueña la Tierra a través de ti son distintos de los que sueña a través de mí. Pero yo necesito oír tus sueños y tú necesitas oír los sueños de las demás mujeres; si no, no tenemos la historia completa”

Christiane Northrup: Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer

Los días 17 y 18 de noviembre compartimos en Santiago de Compostela experiencias de lucha por los derechos de las mujeres, arte y emprendimientos en el #EncuentroPeriféricas1. Aquí podéis descargar el artículo que preparé para contar nuestra experiencia con el taller La voz de las mujeres. Es un artículo que irá cambiando con cada edición y aprendizaje; con nuestras lecturas y vuestros comentarios.

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NOTA: La foto de cabecera es de Iris Serrano. Cuando publiqué el post la semana pasada el artículo no estaba disponible, perdonad las molestias. 

Cartografiar el cuerpo

Imagina tu cuerpo como si fuera un mapa.  Haz un recorrido por las diferentes partes que lo forman y escribe un pequeño texto para cada una de ellas, contando lo que vas encontrando en tu viaje: ¿Qué paisajes hay? ¿Qué huellas? ¿Qué ecos? ¿Qué maravillas naturales? No hace falta que respondas a estas cuatro preguntas como si fuera un cuestionario; úsalas como guía, en la medida en que te inspiren. Si quieres, puedes añadir dibujos a tu texto.

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Esta propuesta forma parte del taller La voz de las mujeres. Escribe o dibuja con total libertad, llegando hasta donde sientas que puedes y quieres hacerlo. Puedes contarnos cómo te ha ido o compartir tus dudas en los comentarios. Gracias 🙂

Imagen: Annie Spratt

¿Un taller para mujeres?

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Rupi Kaur, Otras maneras de ussar la boca

Hace unos meses descubrí este artículo de Silvia López, y con él a Rupi Kaur. Leer sus poemas fue una revolución, porque me di cuenta de que muchas de las experiencias que yo había vivido eran universales. Son cosas que sabes, pero que no confirmas hasta que no las ves escritas: todas las mujeres hemos sufrido algún tipo de abuso verbal y/o físico; todas hemos sentido alguna vez que para ser escuchadas teníamos que alzar la voz, porque nos mandaron callar.

Las voces ocultas

Por Leyre Gil

Desde muy pequeña me imaginé que llegaría a ser una suerte de Indiana Jones mezclada con Livingston, Gerald Durrell  y otros aventureros-escritores que poblaban mi romántico imaginario.

Hija de viajeros empedernidos, pronto pude conocer otras culturas y gentes. La elección de estudiar filología árabe fue consecuencia de este romance infinito que me traigo con las letras y lo desconocido desde que tengo uso de razón.

He vivido en cuatro continentes, aprendido cinco lenguas, leído y escuchado a gentes de todos los rincones del mundo. He trabajado como profesora, cooperante, traductora, redactora.

Mi sueño de mochilera incansable parecía no tener fin.

Por el camino encontré a mi compañero, y juntos seguimos con nuestras andanzas por el planeta. Tralaralara.

Pero un buen día me convertí en mamá (mi hija mayor dio sus primeros pasos en la sabana angoleña, mi segunda entre las callejuelas de Jerusalén) y  la maternidad desbarató mi universo en todos los sentidos.

Descubrí que el mundo no era en absoluto lo que yo había visto hasta entonces, ya que a mi historia le faltaba algo esencial: La voz de las mujeres.

Mujeres que cuentan, que crían, que luchan, que cooperan, que educan, que resisten. Y cuyo relato no aparece en ningún libro de historia, en ninguna novela de aventuras, ni en los informativos, ni en los discursos de reyes y políticos.

De repente me di cuenta de que el mundo que me habían enseñado, y en el que yo había vivido, había sido el mundo de los hombres. Y que mis sueños de Indiana Jones eran prácticamente incompatibles con lo que la sociedad esperaba de mí como mujer y madre. ¿Quién se imagina a Indi terminando su aventura a las 4 porque le cierran la guarde?

El proceso de reestructuración vital sigue en curso.

Desde entonces vivo con el deseo de caminar junto a las mujeres para que recuperen, o simplemente “cuperen” (ya que nunca fue suyo) el espacio urbano, social, político, pero sobre todo, el espacio de la palabra.

Escuchar las historias de malabarismos vitales que la gran mayoría de mujeres deben hacer en su día a día, ya sea en la selva amazónica, una aldea bereber o en las calles de una gran ciudad europea se ha convertido en mi obsesión. Esos relatos de lo cotidiano, de las renuncias, de las elecciones impuestas o deseadas se merecen un espacio.

Merecen ser escritas.

Texto escrito por Leyre Gil para presentar el taller Disponer de la palabra. ¿Te animas a escribir con nosotras?

Antes de ser mujer – Anamaría Mayol

Árbol_LidiaLunaTal vez antes de ser mujer
fui árbol en algún bosque
y mis ramas crecían hacia el cielo
siempre intentando ver
el horizonte

y estuve allí por siglos
enraizada
aferrada a la tierra
bebiendo el cielo
habitada de pájaros y estrellas.

Tal vez antes de ser mujer
diseminé retoños
dejé semillas
y el viento fue mi amante
en los silencios
mi piel era corteza
mis colores símbolos
del transcurso del tiempo
en crecimiento.

A veces pienso en ello
y el bosque
no es un lugar extraño.

Tal vez antes de ser mujer
fui árbol en algún bosque
aún siento el latido de la tierra
en mis venas
y hay días que regresan los pájaros
y anidan.

Anamaría Mayol

Descubierto gracias a Estrella Ortiz

 

Narrativas de autocuidado en cooperación: taller online

Acabo de terminar uno de los talleres que más he disfrutado: la primera edición online de Narrativas de cuidado y autocuidado en cooperación. A dos de las personas que estaban al otro lado las conocía de un curso anterior; a las otras dos, porque hemos compartido espacios de trabajo o voluntariado. Me he emocionado leyendo sus textos, y como todas querían escribir y lo hacen muy bien nos hemos centrado en la escritura, teniendo en cuenta lo que dijo una alumna en el taller presencial: “me cuida saber quién soy, quién no soy, qué me preocupa”. Conocernos, ordenar lo que nos ha sucedido,  volver a algunos instantes y mirar desde otro punto de vista. Descubrirnos, de repente, en el espejo; entonces sonreir porque vemos que somos lo que un día soñamos. Recuperar los regalos que nos hicieron, los que elejimos, las miradas y sonrisas de complicidad o de temor que nos recuerdan, una vez más, lo parecidas que somos todas las personas en cualquier lugar del mundo. Descubrir que los recuerdos pueden ser cuentos, los cuentos memoria, la memoria un abrazo.

También han surgido proyectos para seguir tejiendo, enredando, contando y creciendo. Pero, sobre todo, me quedo con su tenacidad para intentar ser cada día lo mejor que puedan ser, para hacer de este mundo raro un lugar más habitable, sin perder la ilusión ni la alegría. Escribió Gastón Bachelard:

Nada bueno se hace a desgana, es decir, a contrasueño. El onirismo del trabajo es la condición misma de la integridad mental del trabajador. ¡Ojalá venga un tiempo en que cada trabajo tenga su soñador titulado, su guía onírica, en que cada manufactura tenga su oficina poética!

Cada una de estas mujeres es una oficina poética. Muchas gracias a todas.


Algunos textos del taller:


Imagen: Sofía Sforza

La niña que fuimos

LidiaLunaLisboa7

Esta entrada habla de mujeres. Mujeres que, aunque carguen con culpa y vergüenza, son portadoras de luz. Mujeres que luchan, cantan y cuentan: al mundo entero o a quien se pare a escuchar. Mujeres que abrazan y que tienen el valor de abrazarse a sí mismas.

En esta entrada habla sobre todo una mujer: Amparo Sánchez, cantante y compositora, a la que entrevistó el domingo 14 de diciembre María José Parejo en el programa de Radio 3 El Bosque Habitado. Amparo cuenta cómo el proceso de revisar y escribir su experiencia en una relación de violencia machista la liberó de la culpa y la vergüenza. Creo que merece la pena escuchar sus palabras y su música porque transmiten la fuerza inmensa de las personas que son capaces de enfrentarse a todos sus fantasmas, dormir con ellos tantas noches como sea necesario y volver para contarlo:

“Escribir este libro para mí ha sido una terapia, una sanación. He llorado mucho, me he emocionado mucho. Me he sentido muy frágil, muy vulnerable, muy desnuda; pero me ha liberado muchísimo (…). La culpa hace que pese más la mochila de los recuerdos. Libérate de la culpa. Todo aquello que te duela o te haga sentir culpable libératelo.”

El libro se llama El sol, la niña y el lobo. En este enlace puedes leer otra entrevista: http://www.feminicidio.net/articulo/amparo-s%C3%A1nchez-la-mujer-maltratada-debe-sentir-sobre-todo-el-abrazo-de-la-sociedad.

Mi fragmento favorito del programa de radio es en el que Amparo habla de su reencuentro con la niña que ella fue, una niña a la que durante mucho tiempo evita recordar para ver si así desaparece. Pero la niña reclama atención hasta que ella consigue reconocerla y honrarla:

“… y sobre todo abrazar a esa niña que se había quedado allí solita y yo ya no la quería ni quería decirle nada, de pronto tener a partir de los recuerdos y de la escritura la posibilidad de abrazarla, de decirle que no merecía lo que pasó, que ella no tenía culpa de lo que pasó y que no tenía que sentir más vergüenza; que hoy era una gran mujer y que tenía que estar muy contenta por todo lo que habíamos hecho juntas. Y esa niña ahora viaja conmigo y está conmigo todo el tiempo y no dejo de hablarle.”

Creo que todas llevamos dentro a una niña a la que antes o después tendremos que escuchar, honrar y abrazar. Pero no sólo porque quizá guarde recuerdos dolorosos que sólo pueden callarse después de escucharlos: también porque, como dice Amparo, las niñas y los niños no cargan aún con la pesada mochila de la culpa. Tienen una mirada llena de luz, intuición y sabiduría. Custodian sueños que tal vez hemos olvidado y debemos recuperar.