Confiar

Hace tres veranos una mujer generosa y fuerte a la que acababa de conocer me invitó a unirme a ella en el Festival Andanças. Siempre he querido volver a conectar con mi cuerpo desde la danza y el baile como hacía cuando, siendo niña, disfrutaba las horas semanales que dedicaba al patinaje artístico. Andanças es un encuentro de música folk en el que los bailes son, sobre todo, grupales. Una noche, un hombre mucho más mayor que yo, con experiencia en la danza, se ofrecío a bailar conmigo una mazurka. Los cuerpos se acercan en algo muy parecido a un abrazo, la mujer cierra los ojos y se deja llevar; por la música, no por el hombre. Él acompaña, guía, pero apenas sostiene; cuando me permití estar en ese instante con el cuerpo, sin aferrarme al control, solo existió la melodía.

Durante los primeros minutos yo estaba rígida como una tabla de planchar. El hombre se detuvo, y me dijo: «pareces un saco de patatas. Esto es como la vida, tienes que dejarte llevar». Me reí mucho, y confié en él; entonces sucedió la magia. Ese instante me guió en las próximas semanas y, unido a otras cosas, me sirvió para volver a encontrarme conmigo desde un lugar mucho más sano, más libre. Apagar la olla exprés que a veces pueden ser nuestras cabezas y escuchar el pulso del corazón, el útero, el estómago; donde quiera que estén las emociones y el instinto.

Es fácil cuando consigues la suficiente calma y seguridad para sentir el suelo bajo tus pies, la música en el cuerpo, las manos de otra persona entrelazando las tuyas. Pero hay momentos en la vida, cuando tienes que sacar algo adelante (una persona a tu cargo, un proyecto de autoempleo o un empleo precario, a ti misma de un lugar oscuros) en los que tenemos que estar alertas, sostener muchos hilos a la vez; entonces no es posible fluir, entregar el cuerpo y el alma a la magia del instante.

Me dice el cuerpo desde hace semanas que es tiempo de soltar otra vez los hilos, en lo personal y en lo laboral; de aflojar la cabeza y las corazas y fluir al ritmo de la música. Rendirme a lo que venga, dejar que me atraviese. Lo escribo para que así sea, para no olvidar. También para recordarme, recordarnos, que no siempre es posible.

Lo contrario de ser víctima

El movimiento #MeToo ha confirmado que narrar y compartir lo vivido aumenta la resilliencia; es decir, lo contrario de ser víctima. Ayuda a dar un sentido a la experiencia, a integrarla en la narrativa. Fortalece las estrategias para detectar, manejar e incluso evitar futuros avisos a nivel individual y social. Ha creado un espacio emocional, físico y colectivo en el que expresar la verdad, reconocer el daño, aliviar el sufrimiento.

En las últimas semanas he leído artículos aparentemente bien argumentados afirmando que movimientos como éste o convocatorias como la del 8M victimizan. Siempre me queda la duda de si quien así opina lo hace sólo desde el desconocimiento, si son conscientes del daño que pueden infringir a las mujeres que han sufrido cualquier tipo de violencia o abuso. Un porcentaje altísimo de la población.

Hay temas que atañen al bienestar de quienes han luchado y luchan por integrar sucesos traumáticos, por recuperar el sentido y la autoría de sus historias de vida.  Y, con ellas, profesionales investigando durante años, recogiendo saberes, hilvanándolos para suturar sus heridas y promover su resiliencia. Nuestra resiliencia, porque casi nunca estamos  libres de daño.

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Como nos recuerda Alice Miller, a la que conocí leyendo a Erika Irusta, el cuerpo nunca miente; todo lo que vivimos se queda grabado en él. La curación nunca puede pasar por negar las heridas; siempre reconocerlas, aceptarlas, integrarlas. Por eso me produjo mucho dolor leer este artículo, que forma parte del manifiesto de algunas mujeres contra el movimiento #MeToo:

Si me hubiera visto forzada brutalmente a mantener una relación sexual con un agresor o varios agresores, no habría opuesto resistencia, pensando en que la satisfacción del impulso aplacaría el instinto violento. Por más repugnancia que sintiera, o miedo a otro tipo de violencia —la amenaza de un arma—, me atrevo a pensar que habría aceptado que mi cuerpo se sometiera, consciente de que mi espíritu seguiría siendo independiente, que mantendría su integridad y me ayudaría a relativizar la posesión de mi cuerpo. ¿Acaso no es el mismo tipo de protección mental al que recurren las prostitutas, que no escogen a sus clientes?

Siempre se puede disfrutar de una violación”. Enthoven recordó que, en efecto, “técnicamente, se puede experimentar un orgasmo durante una violación, lo cual no significa que la víctima dé su consentimiento”, y que es un error ocultar esa realidad, porque el trauma puede agravarse por el sentimiento de culpa. También dio la razón a otra frase de Lahaie: que “el cuerpo y el espíritu no siempre coinciden”. Dicen que es frecuente que las víctimas de violación tarden en denunciar la agresión por vergüenza. Esta disociación podría ayudarlas a superarla.

Catherine Millet https://elpais.com/elpais/2018/02/06/opinion/1517922099_385720.html

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Ninguna mujer que haya sufrido una agresión sexual diría que técnicamente se puede tener un orgasmo. También es perversa la postura que defiende la autora; que se pueden tener relaciones sexuales de las que una está totalmente ausente, y que la desconexión del cuerpo puede ser un mecanismo de protección. Claro que puede suceder la disociación, pero no puede esgrimirse nunca como algo deseable; son muchas las razones; Si disocias después de una agresión, ¿cómo puedes volver a conectar con tu cuerpo para volver a disfrutar de todo el placer que encierra?

Eve Ensler cuenta en esta charla TED el camino inverso, el que la llevó a estar en su cuerpo. Tarea dificil e imprescindible. Una vez más, en lo personal y en lo colectivo; para que no tengamos que recorrer, una y otra vez, los mismos caminos de sufrimiento. Así que me quedo con las voces que nos quieren unidas, fuertes; nunca víctimas ni sumisas.

 

¿Cuántas heridas secretas nos acompañan? Aunque no siempre son experiencias traumáticas, a veces vienen con nosotras simplemente como parte de la experiencia de ser mujer. Si conseguimos darles una dimensión social, es decir, política, si conseguimos convertirlas en experiencias que se pueden procesar juntas en espacios colectivos podemos zafarnos de tener que arrastrarlas como un peso. Para eso también sirven los colectivos feministas. Sin embargo, a veces las tonalidades de la culpa son infinitas, y encima hay que lidiar con esa culpa en soledad, porque en ocasiones también callamos para no hacer sufrir a los que queremos, por sentido de la responsabilidad hacia el entorno, porque así nos han educado. Contradicciones: a veces dolería más contarlo por las consecuencias sociales que lo que duele el hecho en sí. Y bueno, no siempre somos heroínas. Tampoco víctimas: reconocer las agresiones no nos deja impotentes. Es un acto de afirmación. En la medida que más y más mujeres nos atrevamos a explicar lo que nos ha sucedido será más difícil cuestionar la realidad. Hablar es conjurar la culpa, es estampar la violencia sufrida en la arena social.
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NOTA: Imágenes de Ana Mendieta y su obra. Si no la conoces, echa un vistazo a internet y a tu biblioteca. Merece la pena 🙂