La voz y la memoria

Si pienso en un momento feliz de mi infancia me veo recorriendo un camino entre dos pueblos, rodeada de amapolas y cardos borriqueros; campos de trigo y cielos azules, horizontes interminables. O un bosque lleno de árboles, y una hilera de afanosas hormigas que observo desde arriba, con admiración y respeto.

El disfrute de la naturaleza representa, para mí, la libertad; aun hoy en día, es en ella donde encuentro refugio y consuelo, donde soy capaz de parar el torbellino de pensamientos que a veces se arromolinan en mi cabeza por las exigencias del día a día.

En los talleres casi siempre dedico al menos una propuesta de escritura a la conexión con los recuerdos de la niñez; un tiempo que casi nunca fue del todo placentero, un territorio al que no todo el mundo quiere o puede volver. Lo que busco en ese viaje hacia el pasado no es la felicidad perdida, sino la libertad para ver y sentir; a nosotras y a nosotros mismos, y al mundo que nos rodea. La mirada capaz de asombrarse y maravillarse, de descubrir algo por primera vez. De desear  y soñar, pero también de conectar con el miedo y la tristeza cuando aparecen; para buscar consuelo, pero sin espantarlos en cuanto asoman por la puerta.

Esa mirada y esa capacidad para sentir las emociones tal como llegan son, en mi experiencia, uno de los pilares para encontrar la propia voz; para crear y contar historias capaces de conmover, también, a quien lee o escucha.

El próximo viernes 15 de febrero comenzamos en la librería Bahía de Foz un taller presencial que se llama La voz y la memoria. En él exploraremos la creación de historias a partir de nuestros recuerdos y de otros dos aspectos muy valiosos para potenciar la imaginación y la capacidad narrativa de cada persona: nuestra experiencia cotidiana y la memoria de los lugares que habitamos.

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Me dijeron:
—O te subes al carro
o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí,
a su debido tiempo,
brotaron las amapolas.
Gloria Fuertes

Escritura y narrativas

En mayo lanzamos el taller La voz de las mujeres. Me acompaña en la tutorización Leyre Gil, filóloga (y mucho más), con la que comparto, entre otras cosas, la pasión y el respeto por la literatura. Esta semana termina la segunda edición de Escribir en verano. Aquí podéis leer el ejercicio de una de las alumnas (seguiremos publicando).

Estas dos actividades están diseñadas con un único objetivo: potenciar la creatividad e identificar los bloqueos, para convertir la escritura en un hábito. Además de conseguirlo hemos disfrutado mucho a ambos lados de la pantalla, descubriendo nuevas referencias y, sobre todo, historias de vida llenas de instantes, dolor, belleza y resistencia.

Muchas personas sentimos el deseo de escribir para expresarnos, ordenarnos, entendernos. Necesitamos darnos permiso para hacerlo, detectar los bloqueos, combatir las voces críticas y legitimar nuestra voz; contar nuestra propia historia. Tendremos que dominar la técnica si queremos publicar una obra literaria; pero, si escribimos para nosotras, es suficiente encontrar la forma de llegar a los nudos, desatarlos, echarlos a volar.

Ambas experiencias me han servido para redefinir lo que hago en Narrativas y otras lunas:

Te acompaño en procesos de cambio o en proyectos narrativos, utilizando la escritura y la lectura de textos literarios como principales herramientas. Mi experiencia en psicología (y con las prácticas narrativas) me dan la perspectiva necesaria para guiar los ejercicios, encontrar las fortalezas de cada persona,  identificar y desmontar la autocensura. Puede servirte para:

  • Ordenar tus vivencias
  • Conocerte mejor
  • Recuperar el hábito de la escritura
  • Aumentar tu capacidad narrativa, creatividad, imaginación y memoria
  • Potenciar tu autocuidado

En septiembre comenzamos una nueva edición de los talleres:

Si quieres recibir todas las novedades y promociones, puedes suscribirte al boletín de noticias. Cuido tus datos y no los comparto con nadie. Si tienes cualquier duda o sugerencia, puedes escribirme a lidia@narrativasyotraslunas.com.

¡Hasta pronto!

 

 

 

Las voces ocultas

Por Leyre Gil

Desde muy pequeña me imaginé que llegaría a ser una suerte de Indiana Jones mezclada con Livingston, Gerald Durrell  y otros aventureros-escritores que poblaban mi romántico imaginario.

Hija de viajeros empedernidos, pronto pude conocer otras culturas y gentes. La elección de estudiar filología árabe fue consecuencia de este romance infinito que me traigo con las letras y lo desconocido desde que tengo uso de razón.

He vivido en cuatro continentes, aprendido cinco lenguas, leído y escuchado a gentes de todos los rincones del mundo. He trabajado como profesora, cooperante, traductora, redactora.

Mi sueño de mochilera incansable parecía no tener fin.

Por el camino encontré a mi compañero, y juntos seguimos con nuestras andanzas por el planeta. Tralaralara.

Pero un buen día me convertí en mamá (mi hija mayor dio sus primeros pasos en la sabana angoleña, mi segunda entre las callejuelas de Jerusalén) y  la maternidad desbarató mi universo en todos los sentidos.

Descubrí que el mundo no era en absoluto lo que yo había visto hasta entonces, ya que a mi historia le faltaba algo esencial: La voz de las mujeres.

Mujeres que cuentan, que crían, que luchan, que cooperan, que educan, que resisten. Y cuyo relato no aparece en ningún libro de historia, en ninguna novela de aventuras, ni en los informativos, ni en los discursos de reyes y políticos.

De repente me di cuenta de que el mundo que me habían enseñado, y en el que yo había vivido, había sido el mundo de los hombres. Y que mis sueños de Indiana Jones eran prácticamente incompatibles con lo que la sociedad esperaba de mí como mujer y madre. ¿Quién se imagina a Indi terminando su aventura a las 4 porque le cierran la guarde?

El proceso de reestructuración vital sigue en curso.

Desde entonces vivo con el deseo de caminar junto a las mujeres para que recuperen, o simplemente “cuperen” (ya que nunca fue suyo) el espacio urbano, social, político, pero sobre todo, el espacio de la palabra.

Escuchar las historias de malabarismos vitales que la gran mayoría de mujeres deben hacer en su día a día, ya sea en la selva amazónica, una aldea bereber o en las calles de una gran ciudad europea se ha convertido en mi obsesión. Esos relatos de lo cotidiano, de las renuncias, de las elecciones impuestas o deseadas se merecen un espacio.

Merecen ser escritas.

Texto escrito por Leyre Gil para presentar el taller Disponer de la palabra. ¿Te animas a escribir con nosotras?

Contar tu propia historia (pájaro a pájaro)

Todas las personas tenemos una historia única que contar y los recursos para hacerlo. Ordenar y contar tu propia historia te permite conocerte mejor, encontrar las voces críticas, conocer tus fortalezas; detectar el origen de las narrativas que te gustaría cambiar. Contar tu propia historia puede ayudarte a mejorar la comunicación contigo y con otras personas; a narrar tu trayectoria personal o profesional y a desarrollar un proyecto de escritura.

Escribir un diario

Cuando era pequeña tuve un diario con candado, cuadernos, servilletas de papel y agendas en las que iba escribiendo con minuciosidad científica lo que pasaba a lo largo del día. Siendo más mayor, si no llevaba una libreta, escribía en los tickets de la compra. Durante muchos años busqué, sin éxito, talleres y manuales que dieran pautas sobre cómo escribir un diario, hasta que llegué a este artículo sobre el método de Carmen Martín Gaite, que utilizo en los talleres de narrativas: El cuaderno de todo [abre pdf]. Según María Victoria Calvi, autora del artículo,  Carmen Martín Gaite explica cómo el afortunado sintagma fue creado por su hija de cinco años quien, al regalarle un cuaderno para su cumpleaños, se lo dedicó con esas palabras, dándole así permiso para «meterlo todo desordenado y revuelto». En el mismo ensayo, la escritora aclara la naturaleza de estos cuadernos, que constituyen la trastienda de su obra narrativa y ensayística, y se relacionan con su concepción de la literatura:

A partir de entonces, todos mis cuadernos posteriores los fui bautizando con ese mismo título, que me acogía y resultaba de fiar por no obligar a nada, a ninguna estructura preconcebida. De hecho, venciendo una tendencia al ostracismo que por entonces me apuntaba, empecé a escribir más y se configuró en gran medida el tono nuevo de mis escritos, que derivaron a reflexionar no sólo sobre la relación que tienen entre sí todos los
asuntos, sino también sobre el carácter relativo y provisionalde aquello mismo que iba dejando anotado.
Carmen Martín Gaite
Hasta ese momento una de las cosas que más me preocupaba era seleccionar los contenidos para el diaro: ¿Debía repasar todo lo que había hecho o dicho durante el día para decidir qué anotar? ¿Registrar mis actividades? A partir de entonces mi relación con los diarios cambió; dejaron de ser una hoja en blanco, una exigencia más que cumplir, para convertirse en un refugio. Cuando alguien me dice que quiere instaurar o recuperar la rutina de escribir, recomiendo el método de Carmen Martín Gaite o, más bien, de su hija: tener un cuaderno en el que «meterlo todo desordenado y revuelto». Reflexiones sobre lo que ha sucedido, sobre el libro que estamos leyendo, los recuerdos que nos asaltan, lo que nos da miedo y lo que deseamos (en el caso improbable de que estas dos cosas puedan separarse). Las dificultades que tenemos para escribir, los bloqueos, dudas, voces críticas. Borradores de cuentos o poemas, frases sueltas, espirales y números de teléfono; la única norma es intentar reservar al menos diez minutos diarios para la escritura y tener a la vista estas palabras de Hélène Cixous (u otras que te sirvan de inspiración):
Escribir: para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo. Para no resignarse ni consolarse nunca, para no volverse nunca hacia la pared en la cama y dormirse como si nada hubiera pasado; nada podía pasar.
¿Cuándo vas a empezar tu cuaderno de todo?

La memoria emocional

Me aterrorizan las palabras despedida, final y olvido aunque, paradójicamente, me calman cuando llegan («hay tanta paz en la derrota»). A veces escribo porque tengo la sensación de ser sólo memoria, una memoria inmensa y desbordada desde la que sueño, cuento y comparto; una memoria que sólo sé describir poniendo como ejemplo esta película que me fascina y me desasosiega: The Eternal Sunset of the Spotless Mind.

 

Joel: Tu nombre me parece mágico.

Clementine: Se acaba, pronto desaparecerá.

Joel: Lo sé.

Clementine: ¿Qué hacemos?

Joel: Disfrutarlo.

The Eternal Sunset of the Spotless Mind

Hace poco, mientras paseábamos por una lengua de tierra que se adentra en el mar en la Illa de Arousa, mi amigo Victor señaló una roca con forma de cabeza y recordó que aquella era la cueva de la bruja Amaranta, la que se comía a las niñas y niños que se acercaban demasiado.

Cuando yo era niña y «me portaba mal» me amenazaban con el hombre del saco. En mi imaginación era un ser gigante, barbudo y contrahecho, que caminaba siempre en la oscuridad de la noche cargando un saco gigante a la espalda; en él llevaba a las niñas y niños desobedientes que recogía por las casas mientras dormían. Supongo que todos los padres y madres del planeta necesitan una figura que marque los límites del mundo conocido, que mantenga a sus criaturas a raya cuando no estén cerca para velar con ellos. Me gusta más la figura de la bruja porque delimita una frontera en el exterior de las casas, donde termina el pueblo, fomentando una base sólida desde la que explorar y a la vez tener un lugar seguro al que regresar: el hogar, allí donde la bruja no puede entrar.

Aquel recuerdo le llevó a otros, y así Victor fue contándome otras historias de su infancia que había olvidado y guardaba en lo que él llamó la memoria “no práctica» porque no tiene ninguna utilidad, aunque es imprescindible para dar sentido a nuestra existencia. Después de una situación traumática que provoca una ruptura en la continuidad de nuestra narrativa, traer al presente vivencias significativas puede ayudarnos a ver de nuevo nuestra historia de vida como un continuo en el que hay momentos difíciles pero hubo, y por tanto habrá, momentos mejores; nada dura para siempre. No todo es dolor. Nuestra identidad, nuestro ser-hoy, no se reduce a este instante.

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El hombre del saco (Editorial Bromera), ilustración de Miguel Ángel Díez

La imaginación y la memoria, que se alimentan una a otra, son la base de la creatividad. La memoria autobiográfica remite al imaginario colectivo, los arquetipos, los cuentos de nuestra niñez y las leyendas de los antepasados; historias imprescindibles para encontrar el sentido (o sinsentido) de la existencia, así como el fundamento de una ética que podamos sentir nuestra: la base para que cada persona desarrolle un por qué y un para qué. Mirar al cielo formulando deseos que nos dan esperanza o llenándonos de preguntas que, mostrándonos lo pequeñas que somos, nos hacen más grandes.

Las vivencias compartidas y los recuerdos que otras personas nos cuentan son los hilos invisibles que van tejiendo los vínculos, la intimidad. Nos conectan de forma empática y compasiva a otras personas y nos demuestran que ellas también sienten, sufren, se alegran, son vulnerables; dejan un rescoldo de luz cuando muere un ser querido, son lo único que nos queda para que no se marche del todo. En el lugar donde se cruzan la memoria personal, emocional, autobiográfica y el imaginario colectivo habitan los poemas, los cuentos, las obras de arte y nuestra capacidad para vernos reflejadas en ellas. Conectar con nuestras emociones hace que nuestras historias sean genuninas y despierten interés; otros nos leerán porque ponemos palabras a algo que sienten pero hasta ese mometno no sabían cómo expresar. En algún lugar de nuestro imaginario todas las mujeres nos sabemos árbol:

Los pájaros anidan en mis brazos,
en mis hombros, detrás de mis rodillas,
entre los senos tengo codornices,
los pájaros se creen que soy un árbol.
Una fuente se creen que soy los cisnes,
bajan y beben todos cuando hablo,
las ovejas me pisan cuando pasan,
y comen en mis dedos los gorriones;
se creen que soy tierra las hormigas
y los hombres se creen que no soy nada.

Gloria Fuertes

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Recordar es un proceso tan importante que todos los regímenes totalitarios intentan reducir y manipular la memoria de los pueblos, empezando por el control de la educación y las tradiciones; si, como en Matrix, olvidamos quiénes somos, perdemos la capacidad de proyectar en el futuro quienes podemos o queremos ser. Después de un conflicto armado la memoria histórica abre un proceso de reparación y resistencia imprescindible para fortalecer el tejido social y reconstruir una sociedad justa, equitativa, con sitio para los vivos y tumbas para los muertos. Nos recuerda que en la historia lejana y reciente han sido y serán muchos los pueblos obligados a huir de las guerras; nos ayudará a entender el proceso por el que están pasando las personas que solicitan asilo y nos transformará en ciudadanía activa defendiendo los derechos humanos básicos. Por eso quienes nos quieren dóciles y silentes ponen tanto empeño en hacer que sirias y sirios, afganos, iraquíes… sean diferentes, ajenos, otros. La memoria colectiva nos une y nos hace resistentes, el olvido nos separa. Imprescindible este artículo de Esma Kucukalik:

Hasta que no pierdes tu casa no entiendes que el hogar lo es todo. Es tu familia, tus recuerdos, tu presente, tu referente, y en definitiva, tu realidad. Cuando eso se desvanece, y de una manera tan repentina y brutal como ocurre en las guerras, a uno no le queda más que su alma, y en el mejor de los casos, los que le acompañan en la huida, que de alguna manera son el motor para intentar recomponer los pedazos que han quedado.

Esma Kucukalik

 

11 propuestas para escribir en verano

Verano es agosto con grillos, ventanas rebosando luz y mar mientras despiertas. Amanecer subiendo una montaña. Reir en el jardín. Que nada importe. Dormir sobre la vía láctea, buscar pueblos perdidos en el mapa, desayunar sin ropa y sin relojes. Pisar la arena, el mar, la luna, la prisa y la rutina. Una poza en un río helado. El roce de… Un pueblo de Castilla con soportales de piedra y trigo en los caminos. Bicicletas, verbenas, caminos, besos nuevos.

Hoy te propongo que a lo largo del verano dediques un rato cada día a leer, escribir, contar y escuchar historias. Aquí tienes mis sugerencias para empezar:

  1. Responde a la pregunta ¿Qué es, para mí, el verano?
  2. Escribe una lista con los mejores veranos de tu vida. Puedes seguir un orden cronológico o anotar las ideas a medida que surjan.
  3. Intenta recordar un momento significativo de cada uno de los veranos de tu vida.
  4. Si tuvieras que contar todos tus veranos con una lista de 12 canciones, ¿cuáles elegirías? Primero elabora la lista. Después, si es posible, escucha cada una de las canciones y escribe a partir de las imágenes y emociones que te evoca.
  5. Imagina un verano en un lugar en el que nunca hayas estado.
  6.  Escribe a partir de los siguientes disparaderos, pero teniendo en cuenta sólo el verano: besos, despedidas, trenes, playas, amistades, hospitales, carreteras, hogueras, deseos, bailes.
  7. Intenta recordar un cuento que alguien te contara en verano, el momento y las sensaciones. Por cierto, ¿sabes que hay un montón de gente contando cuentos por ahí? Si tienes ocasión, ve a escucharlos. Ellas y ellos, mientras cuentan, también estarán escuchándote a ti.
  8. Busca un cuento  te gustaría contar en verano de viva voz, e imagina el lugar. Haz todo lo posible por contarlo.
  9. Elige una persona a la que te gustaría escribir una carta como las de antes, con sello y postal. Empieza contando desde dónde escribes, cómo es ese lugar, con qué personas te encuentras… Como si fuera una crónica. Puedes escribir una sola carta o una cada día. Escribe con total libertad, después decide si las enviarás o no.
  10. Piensa, literalmente, en un verano de película. Imagina que eres el o la protagonista  y reescribe tu escena favorita.

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11. Lee mucho. Lee libros que te inspiren a imaginar finales, a volar libre, a robar una alfombra mágica que te lleve a lugares perdidos o imposibles, a correr en busca de alguien para decirle aquello que te muerdes debajo de la lengua. Mi libro favorito para el verano es Memorias de África, ¿cuál es el tuyo?

Por úlitmo, te propongo tres condiciones para escribir. Úsalas sólo como una ayuda, nunca como un estorbo para la creatividad:

a) En un primer momento escribe todo lo que se te ocurra, sin pensar demasiado y sin censura.

b) Después revisa el texto intentando que, si otra persona lo lee, pueda llegar a sentir lo que estás contando. Para lograrlo rescata emociones, escenas que sean significativas para ti. A continuación intenta capturar los aspectos sensoriales imágenes, sonidos, sensaciones táctiles, olores y transmitir, con ellos, esas emociones.

c) Escribe siempre desde la honestidad, expresando lo que de verdad sientes. Esto no implica que escribas todo lo que piensas, ni que tengas que contarlo todo; ni siquiera que no puedas inventar historias. Significa que no mientes ni ocultas nada. La principal condición para escribir no es la veracidad, sino la verosimilitud: que lo cuentas sea creíble. La verosimilitud no aparece si tú no estás convencida o convencido de lo que escribes, si no lo defenderías incluso ante la amenaza de arder en una pira. Ray Bradbury, Natalie Goldberg y Anne Lammot saben mucho de esto.

Estaré por aquí si quieres contarme algo…

¡Feliz verano!

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Escritura autobiográfica

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Virginia Woolf, Noel Olivier, Maitland Radford, Rupert Brooke

Sólo la autobiografía es literatura, las novelas son su cáscara y, al final, se llega al meollo: o tú o yo

Virginia Woolf

Este artículo es la continuación de ¿Es terapéutica la escritura? Lo he terminado gracias a un amigo que tiene una chistera mágica: cada vez que susurra tu nombre cerca de ella aparece dentro un papel doblado en cuatro y cuando lo abres lees en él justo lo que necesitas, incluso cuando no sabías que lo estabas buscando. Lo que yo necesitaba para completar estas líneas era el libro Poseo mi alma, al que llegué gracias a que la chistera me regaló este texto de Maite Larrauri: Virginia Woolf no era una personaPoseo mi alma es un recorrido por la vida de Virginia a través de sus escritos —»cuadernos, diarios, novelas, cartas, artículos» estructurado a partir de su biografía y de sus obras. Refleja la lucha de Virgnia por continuar escribiendo y creyendo en sus libros a partir de los acontecimientos y vivencias de cada etapa. Durante los últimos meses de su vida se suman a las consecuencias de dos años de guerra otros acontecimientos, «hasta llegar al punto en el que Virginia deja de escribir porque ya no sabe lo que tiene que escribir».

La escritura no hace que desaparezcan los delirios ni la depresión pero es uno de los motores que mantiene con vida a Virginia; que le da un sentido, una razón, una alternativa a la realidad cuando ésta es demasiado áspera. Al escribir novelas o relatos Virginia puede utilizar sus recuerdos para recrear a las personas queridas que han muerto, así como trasladar a los personajes sus heridas y preguntas. No para que desaparezcan, sino para poder leerlas ella también, saber que existen, que tienen una razón de ser. Lo mismo les sucede a Unica Zürn, Helène Cixous, Marguerite Duras… Autoras con las que he podido conversar gracias a las recomendaciones de Apiario. Su vulnerabilidad y su honestidad nos ayudan a conectar con nuestras emociones. El mayor sufrimiento lo provoca negar, no saber, tal como defiendo en este artículo sobre la tristeza.  Saber sigue siendo doloroso pero trae serenidad; escribir a partir de lo que nos ha sucedido no cura pero calma, ordena, permite entender.

Recursos para practicar la escritura autobiográfica

(Algunas) lecturas

  • Visión desde el fondo del mar, Rafael Argullol
  • Bélgica, Chantal Maillard
  • Primavera sombría, Unica Zürn
  • La llegada a la escritura, Hélène Cixous
  • El amante, Marguerite Duras
  • La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero

(Algunas) películas

  • Stories we tell
  • Mapa, de León Siminiani: documental que tiene como valor su vocación autobiográfica
  • The eternal sunshine of the spotless mind

Textos prácticos

  • El gozo de escribir, Natalie Goldberg
  • Pájaro a pájaro, Anne Lamot
  • La escritura autobiográfica, Silvia Adela Kohan

¿Utilizas otras referencias para la escritura autobiográfica? ¿Te animas a compartirlas en los comentarios? Me encantaría conocerlas.

Propuestas para empezar a organizar el material autobiográfico

Lasa encontrarás en este archivo: Escritura autobiográfica. Para terminar: si quieres escribir, escribe.

Los que esperan ayuda para escribir: una casa, tranquilidad, tener tiempo… Es mentira. Son excusas.

Marguerite Duras

Marguerite Duras
Marguerite Duras au bord de la Seine au Poudreux, Honfleur. 1990 (c) Hélène Bamberger

NOTA: Esta fotografía es de Hélène Bamberger y esta es la fuente: http://www.loeildelaphotographie.com/2014/03/21/article/24461/helene-bamberger-25-years-with-marguerite-duras/.  Soy muy cuidadosa con las imágenes, respeto siempre los derechos de autor y no las reproduzco si no son de acceso libre. Hago una excepción con esta imagen de Marguerite Duras porque es bellísima y porque está llena de luz.

Mirar fuera, ver dentro

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Vivian Mayer, self-portrait, 1954 © 2014 Maloof Collection

Vivian Maier nació en New York en 1926, trabajó toda su vida como niñera y cuidadora y nunca publicó sus fotografías. En 2007 John Maloof descubrió su trabajo en una subasta, pero cuando consiguió localizar a la autora ella acaba de morir. Puedes encontrar la historia completa de este autorretrato en el blog de Rubixephoto.

Durante unos meses, justo antes de empezar con este proyecto, fui incapaz de escribir una sola línea, de encontrar la primera palabra para ordenar lo que sentía. La cámara de fotos me permitió mirar fuera de tal forma que, al hacerlo, podía ver dentro de mi. Así, poco a poco, fui juntando todas las piezas que hacen falta para recomponer una narrativa: lo que había sido, lo que era, lo que me gustaría ser.

Si no puedes escribir, coge una cámara de fotos y sal a la calle, o persigue tu propia imagen en todos los espejos hasta que seas capaz de mirarte a los ojos. Si no tienes una cámara de fotos, consigue unos lápices de colores y empieza a llenar lo que tengas más a mano, incluso los márgenes de los periódicos. Un día te sorprenderán unas nubes o un par de trazos azules que hablan de ti, y podrás usarlos para empezar a ordenar tu propia historia…. Y después contarla. Cuando vuelvas a escribir recuerda que lo que te ha llevado hasta allí es la emoción, la vivencia de un momento único en el que todo cambió, la posibilidad de expresar cómo te sientes ahora. Algo que se parece mucho a la verdad, aunque sea una verdad que cambia y no puede atraparse.