Cuéntame un cuento

 LidiaLuna_nieve_2

“Vendrá el invierno”, dicen. “Deberías tener miedo”, afirman, aunque no lo digan. Lo leo en sus manos, en sus ojos que miran hacia el cielo y dicen: lluvia. Frío. Oscuridad. Y sí, me asustan un poco. Busco el sol, que aún brilla, en el horizonte. Ya no se pone como antes, llenándolo todo; empieza a desvanecerse. Podría, sí, tener miedo. Sería sensato, e incluso comprensible. “Pero el miedo no abriga”. Me digo. El invierno siempre es duro, ¿Cuándo no lo es? ¿Dónde no lo es?

Sin embargo… Sin embargo miro atrás y veo inviernos felices, corriendo sobre la nieve. Inviernos bajo las mantas, cargados de caricias y palabras. Conversaciones volando sobre tazas de té, guisos improvisados, largas sobremesas y cuentos con lobos. Palabras que sólo sirven en invierno: braseros, sabañones, chuzos de punta. Recuerdo sobrevivir a enero y empezar a adivinar, en los caminos, los pespuntes de la primavera.

“Pues claro. Necesitamos el invierno”. Para entender, de verdad, el significado de la palabra tiempo en todas sus dimensiones: cronológico, meteorológico, interno y ajeno. Tiempo para ovillarme, para conocer y respetar mis ciclos. Tiempo para que la tierra descanse y dé nuevos frutos, para convertir lo extraño en cotidiano. El tiempo que tardas en acariciarme con los ojos, sin tocarme, unos instantes antes de tocarme.

“Me dejaré llevar”, pienso. Y ya es de noche. Abro un libro, pero enseguida aparece alguien (algún día, con el tiempo, será mi amiga) y me invita a pasear. Tropezamos y nos reímos entre las rocas de la playa, ¿Pero dónde está la luna? La buscamos, mirando al cielo. “Este verano no he visto ninguna estrella fugaz…”, digo. Y en ese instante el cielo lo atraviesa, despacio, un punto de luz. Se desvanece.

Vuelvo a casa y me digo en voz alta que no, que no tendré miedo. Abro un cuaderno. Por fin me atrevo a escribirlo: Merecerá la pena el invierno si algún día te pasas por aquí y antes de dormir me cuentas un cuento, me enseñas tus mundos, me prestas tus manos.