Las historias y la muerte

Ver que tu vida es una historia mientras estás ahí en medio viviéndola puede ayudarte a vivirla bien. Sin embargo, no conviene creer que sabes cómo te irá, o cómo acabará. Eso sólo debe saberse cuando ha terminado.

E incluso cuando ha terminado, incluso cuando se trata de la vida de otra persona, de alguien que vivió hace cien años y cuya historia he oído una y otra vez, mientras la oigo espero y temo como si no supiera cómo va a terminar; por eso vivo la historia y la historia vive en mí. Es la mejor manera que conozco de tratar con la muerte. Las historias son aquello a lo que la muerte cree que pone un final. No puede comprender que son las historias las que le ponen un final a ella, aunque no acaben con ella.

Texto: Ursula K. Le Guin
Imagen: Maruja Mallo

Muchas gracias a la personita linda que me regaló este texto 🙂

La magia de contar

Una anécdota persa muy antigua muestra al narrador como un hombre de pie en una roca cara al océano. Cuenta sin descanso una historia tras otra, deteniéndose apenas un momento para beber, de vez en cuando, un vaso de agua. El océano, fascinado, lo escucha en calma. Y el autor anónimo añade:

Si algun día el narrador callese, o si alguien lo hiciese callar, nadie puede decir lo que haría el océano

Texto: Jean-Claude Carriére, Antología de cuentos e historias mínimas

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Maratón de los cuentos de Guadalajara, 2015

Vivir es disponer de la palabra“, dijo Camen Martín Gaite. Cuantas más palabras tengamos para contarnos lo que nos sucede y para compartirlo con otras personas, cuanto más acertadas y precisas sean nuestras expresiones, más fácil será luchar contra el dolor. Cuando somos capaces de nombrar lo que nos pasa convertimos la niebla difusa que nos oprime en un dragón visible y a nosotras en guerreras o hechiceros capaces de derrotarlo con un golpe de espada o un conjuro (pido disculpas a todos los dragones por el agravio).

La psicoterapia es una relación en la que una persona acompaña a otra para que recupere su capacidad de utilizar la palabra para disipar las tinieblas, invocar a los monstruos y luchar contra ellos… O pararnos a escucharlos, como en la película Un monstruo viene a verme.

Las narradoras y narradores orales nos ayudan, igual que la psicoterapia, a disponer de la palabra: nos cuentan las historias en las que otros vencieron antes. Nos recuerdan el sonido de la risa y la nostalgia, la desesperación y la confianza. Que el mundo es mucho más grande que las calles que recorremos cada día, que nada dura para siempre, que hasta en el interior del ogro más temible puede latir un corazón de gominola.

La narración oral es un acto comunicativo. Quien cuenta con honestidad escucha, mira a los ojos, habla y pregunta con o sin palabras. Transmite una historia que ha preparado hasta hacerla suya, desentrañando los significados y conectando con sus emociones para que al contar podamos sentirla también sin exponernos del todo, saliendo al bosque pero con un mapa para encontrar siempre el camino de regreso a casa. Busca el momento hipnótico en el que su figura desaparece y vemos sólo la historia como si fuéramos uno con ella, como si estuviéramos dentro.

¿Recuerdas cuándo fue la última vez que alguien te contó un cuento mirándote a los ojos? El 20 de marzo se celebra el día internacional de la narración oral. Aquí tienes dos propuestas para disfrutarla: el Festival Atlántica en Santiago de Compostela y las jornadas de MANO, Asociación de narradoras y narradores de Madrid. La Asociación de profesionales de la narración oral en España, AEDA, publica hasta el 20 de marzo una selección de textos relacionados con la transformación https://www.facebook.com/AEDA.narracionoral/.

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Lecturas recomendadas y enlaces de interés

Los narradores orales modernos

Entrevista a Pep Durán

Diccionario de narración oral

Revista El Aedo

Maratón de los cuentos de Guadalajara

I Jornadas Internacionales tomo la palabra: Mujeres, voz y narración oral

Cuente (Graciela Montes)

Contar con los cuentos, Estrella Ortiz

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Nota: Entrada actualizada a partir de un texto publicado en marzo de 2016

Storytelling

Storytelling es la acción de contar o escribir historias, algo que las personas hacemos cientos de veces a lo largo del día. En marketing designa una técnica que consiste en utilizar como estrategia de persuasión nuestra capacidad narrativa para identificarnos con las historias y emocionarnos con ellas; lo cuenta muy bien este clip que lleva Virgina Moraleda en su chistera. Christian Shalom analiza algunos ejemplos  en su libro Storytelling, la máquina de fabricar historias.

En el sector social la narración de historias también puede usarse con el objetivo de provocar una emoción y persuadir a la ciudadanía de que apoye una causa o se haga socia de una ong; pero, sobre todo, es una herramienta eficaz cuando se utiliza para contar historias de vida, para acercarnos a las realidades que pretende transformar. En este post de SocialCo hay una revisión de los diferentes formatos, ejemplos y consejos prácticos.  Otro día os contaré más detalles sobre cómo utilizar el storytelling en entidades sociales. Si queréis profundizar en este tema podéis apuntaros al curso que empieza en febrero 😉

Contar historias: ¿Por dónde empezar?

Aprendí a conducir en una autoescuela que se llamaba Avelino, para conducir como un felino. Tenía 20 años y, en realidad, ya había aprendido a conducir. Pero pasé mi primera hora de clase sentada en el coche con Avelino, quien me enseñó a mirar a menudo los espejos retrovisores para saber en todo momento dónde estaban los demás vehículos y cuáles eran sus potenciales movimientos. En mi primera clase sobre narración oral aprendí lo mismo: la escucha es fundamental. De hecho, la experiencia me va demostrando que es difícil, casi imposible, separar las acciones de contar y escuchar.

Así, mi primera recomendación para aprender a contar historias es aprender a escucharlas con el respeto y la delicadeza suficientes para saber cuánto tiempo más necesitará una persona para contarnos su verdadera historia; cuánto tiempo más debemos permanecer inmóviles y atentos para que las cosas sucedan. Escuchar, también, mientras contamos; para saber lo que pide cada historia, para acompasar la emoción; escuchar lo que dice la voz, pero también el cuerpo.

Mi segunda propuesta es conectar con la niña o el niño que fuimos; con la personita que, durante su infancia, escuchó historias, se asustó, encontró consuelo en ellas. Recordar estas historias, quién nos las contó, qué sentimos en aquel momento. A partir de ahí propongo ejercitar la memoria, siguiendo la propuesta de Estrella Ortiz:

Merece la pena aprender cosas de memoria. Imaginaos un recuerdo de alguien, cuando érais pequeños o pequeñas, que os contaba una historia. Esa persona se detenía y os contaba cosas de su vida, del pueblo, lo que fuera. Ese recuerdo que ahora nos viene, de cuando nos contaban, está teñido de emoción, de sentimiento, de aromas. Eso es algo nuestro: todo lo demás es ajeno, es una nube externa a nosotros. la memoria es una comunicación y una entrega de cuerpo a cuerpo. Por eso yo os propongo que hagáis la hermosura de crear vuestra propia nube. Haciendo acopio de todas las cosas que nos gustan: que leemos, que escuchamos, que nos inventamos. Cuentos, poemas, tradicionales o de autor, leyendas, anécdotas de la historia, mitos… Incluso una novela resumida. Lo importante es que sea algo que nos guste, porque eso nos va a despertar muchísimas ganas de comunicarlo.

Cuando encontréis algo que de verdad os gusta, cuando alguien os quiere contar algo, cuando os venga el recuerdo de algo remoto, cuando acabais de inventar algo, paraos. No sigáis comiendo información. Saboread las palabras, disfrutad de ello en ese instante. Porque si no nos vamos a llenar de otros sabores y ese no vamos a poder saborearlo. El afecto es muy importante. Dice un proverbio chino que de lo que rebosa el corazón, habla la boca. Paraos y después compartid de cuerpo a cuerpo.

Estrella Ortiz: la nube de tu memoria (charla TED)

Porque, como muy bien cuenta Isabel Bolívar en este post yo estaba allí y doy fe de que su narración fue bellísima— las historias no se repiten de memoria, se cuentan desde el recuerdo. En esa acción de recordar y volver a contar “Re (de nuevo) – cordis (corazón)” es donde sentimos y por tanto transmitimos la verdadera emoción, la que nos ha conmovido y podría, así conmover a otra persona. La emoción compartida, no impostada ni manipulada.

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Otros recursos que propongo para fortalecer la capacidad narrativa de cada persona son:

  • Imaginación y libertad: borra los límites para dibujarlos de nuevo donde quieras, con tu imaginación. Ten en cuenta todas las alternativas posibles, no sólo las más evidentes. Piensa cómo te gustaría que fueran las cosas, qué pasaría si la realidad fuera otra; visualízala como si estuvieras rondando una película de cine y pudieras verla desde diferentes ángulos, perspectivas y puntos de vista. A mí me ayuda mucho dibujar mapas mentales en una cartulina grande.
  • Honestidad: Di “tu historia, tu verdad“, aquello que de verdad te emociona; pero, en la medida de lo posible, hazlo sin estar muy presente en la narración; como también nos recuerda Isabel en su post, como saben quienes escriben las mejores crónicas, el protagonismo es de la historias, de las personas que las habitan. Muéstralas, pero no te exhibas. Si quieres contar la historia de algo o de alguien no inventes, no escribas ficción; en este caso lo importante no son tus recursos para la escritura creativa, sino para sentir y transmitir lo que sucede.

Y no olvides, nunca, divertirte. Si lo haces con intención, atención y cariño, todo lo demás sucede.

 

Un loro contra el cáncer

En enero de  2016 la editorial Edelvives descatalogó el libro Un loro en mi granja, escrito por Pep Bruno. Envió una carta al autor en la que le ofrecía la opción de comprar los 1700 ejemplares que quedaban en su almacén; en el caso de que no estuviera interesado los destruirían. Pep Bruno compró los ejemplares. El coste del libro era de 15 euros; decidió venderlos por a 10 euros y destinar todos los beneficios a la Asociación Española Contra el Cáncer, que avaló su propuesta. El proyecto terminó el 11 de noviembre de 2016 y la donación total a la AECC  fue de 12270 euros. En el blog de Pep Bruno podéis leer la historia completa de #UnLoroContraElCáncer.

Durante la III Escuela de Verano de AEDA algunas personas tuvieron la idea de hacer un regalo a Pep como reconocimiento por su labor: grabar el cuento en vídeo a varias voces . El resultado está al final de este artículo.

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El equipo que coordinaba la Escuela nos propuso durante la formación varios retos en los que teníamos que utilizar todas las lenguas oficiales de esta tierra que habitamos, propuesta que se mantiene en el vídeo; ojalá un día todas estas lenguas formen parte de nuestro repertorio lingüístico y cultural, independientemente del lugar de origen.

A todas las personas que habéis hecho posible la grabación: Milla esker, moltes gràcies, moitas grazas, muchas gracias. A Pep Bruno, una vez más: muchas gracias por enseñarnos cómo cambiar el cuento. Un abrazo inmenso.

La memoria emocional

Me aterrorizan las palabras despedida, final y olvido aunque, paradójicamente, me calman cuando llegan (“hay tanta paz en la derrota”). A veces escribo porque tengo la sensación de ser sólo memoria, una memoria inmensa y desbordada desde la que sueño, cuento y comparto; una memoria que sólo sé describir poniendo como ejemplo esta película que me fascina y me desasosiega: The Eternal Sunset of the Spotless Mind.

 

Joel: Tu nombre me parece mágico.

Clementine: Se acaba, pronto desaparecerá.

Joel: Lo sé.

Clementine: ¿Qué hacemos?

Joel: Disfrutarlo.

The Eternal Sunset of the Spotless Mind

Hace poco, mientras paseábamos por una lengua de tierra que se adentra en el mar en la Illa de Arousa, mi amigo Victor señaló una roca con forma de cabeza y recordó que aquella era la cueva de la bruja Amaranta, la que se comía a las niñas y niños que se acercaban demasiado.

Cuando yo era niña y “me portaba mal” me amenazaban con el hombre del saco. En mi imaginación era un ser gigante, barbudo y contrahecho, que caminaba siempre en la oscuridad de la noche cargando un saco gigante a la espalda; en él llevaba a las niñas y niños desobedientes que recogía por las casas mientras dormían. Supongo que todos los padres y madres del planeta necesitan una figura que marque los límites del mundo conocido, que mantenga a sus criaturas a raya cuando no estén cerca para velar con ellos. Me gusta más la figura de la bruja porque delimita una frontera en el exterior de las casas, donde termina el pueblo, fomentando una base sólida desde la que explorar y a la vez tener un lugar seguro al que regresar: el hogar, allí donde la bruja no puede entrar.

Aquel recuerdo le llevó a otros, y así Victor fue contándome otras historias de su infancia que había olvidado y guardaba en lo que él llamó la memoria “no práctica” porque no tiene ninguna utilidad, aunque es imprescindible para dar sentido a nuestra existencia. Después de una situación traumática que provoca una ruptura en la continuidad de nuestra narrativa, traer al presente vivencias significativas puede ayudarnos a ver de nuevo nuestra historia de vida como un continuo en el que hay momentos difíciles pero hubo, y por tanto habrá, momentos mejores; nada dura para siempre. No todo es dolor. Nuestra identidad, nuestro ser-hoy, no se reduce a este instante.

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El hombre del saco (Editorial Bromera), ilustración de Miguel Ángel Díez

La imaginación y la memoria, que se alimentan una a otra, son la base de la creatividad. La memoria autobiográfica remite al imaginario colectivo, los arquetipos, los cuentos de nuestra niñez y las leyendas de los antepasados; historias imprescindibles para encontrar el sentido (o sinsentido) de la existencia, así como el fundamento de una ética que podamos sentir nuestra: la base para que cada persona desarrolle un por qué y un para qué. Mirar al cielo formulando deseos que nos dan esperanza o llenándonos de preguntas que, mostrándonos lo pequeñas que somos, nos hacen más grandes.

Las vivencias compartidas y los recuerdos que otras personas nos cuentan son los hilos invisibles que van tejiendo los vínculos, la intimidad. Nos conectan de forma empática y compasiva a otras personas y nos demuestran que ellas también sienten, sufren, se alegran, son vulnerables; dejan un rescoldo de luz cuando muere un ser querido, son lo único que nos queda para que no se marche del todo. En el lugar donde se cruzan la memoria personal, emocional, autobiográfica y el imaginario colectivo habitan los poemas, los cuentos, las obras de arte y nuestra capacidad para vernos reflejadas en ellas. Conectar con nuestras emociones hace que nuestras historias sean genuninas y despierten interés; otros nos leerán porque ponemos palabras a algo que sienten pero hasta ese mometno no sabían cómo expresar. En algún lugar de nuestro imaginario todas las mujeres nos sabemos árbol:

Los pájaros anidan en mis brazos,
en mis hombros, detrás de mis rodillas,
entre los senos tengo codornices,
los pájaros se creen que soy un árbol.
Una fuente se creen que soy los cisnes,
bajan y beben todos cuando hablo,
las ovejas me pisan cuando pasan,
y comen en mis dedos los gorriones;
se creen que soy tierra las hormigas
y los hombres se creen que no soy nada.

Gloria Fuertes

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Recordar es un proceso tan importante que todos los regímenes totalitarios intentan reducir y manipular la memoria de los pueblos, empezando por el control de la educación y las tradiciones; si, como en Matrix, olvidamos quiénes somos, perdemos la capacidad de proyectar en el futuro quienes podemos o queremos ser. Después de un conflicto armado la memoria histórica abre un proceso de reparación y resistencia imprescindible para fortalecer el tejido social y reconstruir una sociedad justa, equitativa, con sitio para los vivos y tumbas para los muertos. Nos recuerda que en la historia lejana y reciente han sido y serán muchos los pueblos obligados a huir de las guerras; nos ayudará a entender el proceso por el que están pasando las personas que solicitan asilo y nos transformará en ciudadanía activa defendiendo los derechos humanos básicos. Por eso quienes nos quieren dóciles y silentes ponen tanto empeño en hacer que sirias y sirios, afganos, iraquíes… sean diferentes, ajenos, otros. La memoria colectiva nos une y nos hace resistentes, el olvido nos separa. Imprescindible este artículo de Esma Kucukalik:

Hasta que no pierdes tu casa no entiendes que el hogar lo es todo. Es tu familia, tus recuerdos, tu presente, tu referente, y en definitiva, tu realidad. Cuando eso se desvanece, y de una manera tan repentina y brutal como ocurre en las guerras, a uno no le queda más que su alma, y en el mejor de los casos, los que le acompañan en la huida, que de alguna manera son el motor para intentar recomponer los pedazos que han quedado.

Esma Kucukalik

 

Cuéntame un cuento

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“Vendrá el invierno”, dicen. “Deberías tener miedo”, afirman, aunque no lo digan. Lo leo en sus manos, en sus ojos que miran hacia el cielo y dicen: lluvia. Frío. Oscuridad. Y sí, me asustan un poco. Busco el sol, que aún brilla, en el horizonte. Ya no se pone como antes, llenándolo todo; empieza a desvanecerse. Podría, sí, tener miedo. Sería sensato, e incluso comprensible. “Pero el miedo no abriga”. Me digo. El invierno siempre es duro, ¿Cuándo no lo es? ¿Dónde no lo es?

Sin embargo… Sin embargo miro atrás y veo inviernos felices, corriendo sobre la nieve. Inviernos bajo las mantas, cargados de caricias y palabras. Conversaciones volando sobre tazas de té, guisos improvisados, largas sobremesas y cuentos con lobos. Palabras que sólo sirven en invierno: braseros, sabañones, chuzos de punta. Recuerdo sobrevivir a enero y empezar a adivinar, en los caminos, los pespuntes de la primavera.

“Pues claro. Necesitamos el invierno”. Para entender, de verdad, el significado de la palabra tiempo en todas sus dimensiones: cronológico, meteorológico, interno y ajeno. Tiempo para ovillarme, para conocer y respetar mis ciclos. Tiempo para que la tierra descanse y dé nuevos frutos, para convertir lo extraño en cotidiano. El tiempo que tardas en acariciarme con los ojos, sin tocarme, unos instantes antes de tocarme.

“Me dejaré llevar”, pienso. Y ya es de noche. Abro un libro, pero enseguida aparece alguien (algún día, con el tiempo, será mi amiga) y me invita a pasear. Tropezamos y nos reímos entre las rocas de la playa, ¿Pero dónde está la luna? La buscamos, mirando al cielo. “Este verano no he visto ninguna estrella fugaz…”, digo. Y en ese instante el cielo lo atraviesa, despacio, un punto de luz. Se desvanece.

Vuelvo a casa y me digo en voz alta que no, que no tendré miedo. Abro un cuaderno. Por fin me atrevo a escribirlo: Merecerá la pena el invierno si algún día te pasas por aquí y antes de dormir me cuentas un cuento, me enseñas tus mundos, me prestas tus manos.

La curiosidad hizo al gato más sabio

Barba Azul es un relato tradicional adaptado por Charles Perrault. El añil de su barba y el hecho de que sus esposas desaparezcan sin dejar rastro despierta temor en las mujeres; pero él se muestra amable y detallista con tres hermanas, hasta que la menor accede a casarse con él. Viven en un castillo inmenso, en el que él sigue mostrándose atento. Un día anuncia a su mujer que va a salir de viaje, entregándola un manojo de llaves que abren todas las estancias: podrá recorrerlas a voluntad salvo una de ellas, que no debe abrir bajo ningún concepto. Ella, movida por la curiosidad, abre la puerta prohibida y descubre los restos de las anteriores mujeres. Cuando cierra la puerta descubre que la llave tiene una mancha de sangre que no consigue borrar; así, Barba Azul a su regreso sabe lo que ha pasado. Intenta matarla como castigo, pero ella gana tiempo y consigue escapar con la ayuda de sus hermanas y hermanos.

© http://1205.deviantart.com/art/Bluebeard-Barba-Azul-131307752
© http://1205.deviantart.com/art/Bluebeard-Barba-Azul-131307752

La versión del relato que yo recordaba transmitía una severa advertencia hacia la curiosidad de las mujeres, como si hubieran sido culpables de su muerte por abrir la estancia prohibida; eran, incluso, desagradecidas, porque desconfiaban de un hombre que hasta ese momento se había portado bien con ellas. “La curiosidad mató al gato”, me recordaba el refrán.

Clarissa Pinkola Estés ofrece una lectura distinta en su libro Mujeres que corren con lobos: la curiosidad es lo que salva a la mujer que al ser la más pequeña de las hermanas es también la más inocente. Gracias a su deseo de saber abre la habitación prohibida, conociendo así la verdadera naturaleza del hombre con el que comparte su vida.

La desobediencia de la mujer de Barba Azul, igual que sucede en el mito de Eva, desafía una norma impuesta desde fuera que delimita lo que puede hacerse y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo. Eva también se rebela, comiendo el fruto del árbol de la sabiduría. Desea conocer, experimentar por sí misma. Es el mismo deseo que hace que Alicia escape de una aburrida tarde sentada bajo un árbol para correr detrás del Conejo Blanco y llegar al País de las Maravillas.

La lectura tradicional de todos estos relatos, además de ser injusta con las mujeres, implica también un cierto grado de control social: “cuestionar la autoridad, las normas establecidas, es peligroso. Síguelas aunque no estés de acuerdo con ellas, aunque te oculten una parte de la realidad: están ahí para protegerte”.

En el blog Coaching y desarrollo del talento, lleno de tesoros, encontré un artículo que explica de forma sencilla cómo el hecho de experimentar con las costumbres y normas ajenas nos ayuda a seleccionar las que sentimos como propias: http://crecercoaching.blogspot.com.es/2012/10/quiero-sopa-para-cenar.html.

Propuesta: el rincón secreto

En la casa en la que viviste durante tu infancia, ¿había un rincón secreto? Una habitación que no se usaba, un desván, un sótano, un armario o un cajón. Un espacio que no explorabas todos los días y que implicara una transgresión o un salto a otro mundo.

La casa de mis abuelos paternos tenía una habitación al final de la escalera que me fascinaba y asustaba a la vez. Lo recuerdo como un lugar en el que se amontonaban objetos que habían decorado antes la casa, que habían dejado de usarse o que pertenecían a personas fallecidas. En cualquier caso, aquellos objetos habían tenido vida antes de que yo llegara a este mundo, eran restos de otras existencias. Estos objetos despiertan nuestra imaginación: ¿cómo fue aquella época anterior? Creo que también rebuscamos en las entretelas de las casas familiares para conocer más sobre nuestra identidad a través de la de los antepasados.

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Para realizar este ejercicio es mejor que estés en un lugar tranquilo y cómodo, en el que puedas dedicarte unos veinte minutos sin interrupciones. Es mejor que al principio utilices sólo la imaginación; una vez que hayas conseguido recrear el espacio y las sensaciones puedes escribirlo.

  • ¿Recuerdas algún rincón secreto durante tu infancia? Puede ser una estancia de la casa familiar o de alguna otra que visitabas con frecuencia, quizá una casa vecina o abandonada. Dedica unos minutos a tratar de recordarlo, e imagina que regresas a ese lugar. Intenta describirlo utilizando todos los sentidos. Intenta también recordar la sensación que te produce volver a estar allí.
  • Piensa en las personas relevantes para ti en esa época de tu vida: ¿quién te animaría a seguir explorando? ¿Quién te habría prohibido estar ahí?
  • Ahora, siéntete libre, siente que la situación es completamente segura y explora el lugar. Mientras lo haces encuentras un objeto. ¿Qué es? ¿A quién perteneció? ¿Cómo te sientes?
  • ¿Cuál es en el presente tu relación con la curiosidad?