La segunda vez que viajé a Noruega vi una ballena muerta en las islas Lofoten, dentro del círculo polar ártico. Compartía paseo con un chico francés al que acababa de conocer en el albergue. Él hizo varias fotos; yo ninguna. Me daba mucha pena aquel cuerpo tan grande, desmadejado entre las rocas de la orilla. Era la primera vez que veía una ballena y, hasta el momento, la última; aunque en momentos importantes de mi vida, cuando estoy mudando pieles o tratando de dar un paso más allá en algo que me asusta, aparecen en mis sueños. Las veo acercarse y reconozco el miedo ante su inmensidad, pero no escapo.  

Aquel lugar y su ballena se quedaron conmigo y, durante mucho tiempo, intenté escribir una historia sobre ellos. Yo veía a una mujer acercarse a la ballena varada en la playa, sentarse a su lado, acompañar su agonía; escribí muchas páginas con su historia, pero no conseguía resolver el encuentro entre ellas. Hace un par de años supe que algunas tribus inuit decían comunicarse con las ballenas cuando éstas estaban en el mar. Cada una tenía su propia canción, y el chamán de la tribu la cantaba para agradecer el alimento y los recursos, pedir disculpas si era necesario. Así como la ballena cantaba bajo el agua, el hombre cantaba desde su orilla para hablar con ella.

De esa idea nació la historia que yo necesitaba contar sobre una mujer y una ballena, y ahora forma parte de Contos e cantos da Baleanorte. Pude por fin terminarla cuando Ugia Pedreira y yo empezamos a hilar repertorio juntas; ella traía, también, su fascinación por las ballenas. Recuerdo que nos juntamos para dar las últimas puntadas del espectáculo un día de sol a principios de febrero de 2020, en una cafetería de Vegadeo. Cerramos la fecha del estreno y, aunque no pudo ser hasta un año y medio después, atesoro el encuentro como uno de esos momentos inesperados y mágicos en los que la vida parece empezar de nuevo.  

El caso es que estos días, repasando las tareas pendientes del diplomado en Antropología del arte, he vuelto a leer con calma los materiales sobre acustemología, que (simplificando mucho) es un enfoque para reconocer y estudiar la cultura de las sociedades basadas en la tradición oral y la integración con el entorno mediante los sonidos cotidianos en los que transcurre la vida. Entre ellos está la invocación para encantar a una ballena en la voz de Lola Kiepja, una de las últimas chamanas selknam en la Tierra del Fuego. Dice el texto que acompaña la transcripción de su canto que aquel comenzaba cuando la chamana veía una ballena muerta o varada, y “podía cantar hasta tres o cuatro días para arrastrar la ballena hacia la playa. Se decía que de la boca del chamán salía un chorro de aceite de ballena cuando el animal se acercaba a la costa.”(1)

Lola Kiepja

Así que en el otro extremo geográfico, en las antípodas de los inuit, una mujer cantaba a las ballenas; y solo cuando llegó a mí el eco de esa tradición pudo nacer mi historia. Escucho a Lola y sonrío; pienso en la riqueza del imaginario colectivo, ese lugar en el que Jung sitúa todas las historias que se han contado; el material del que están hecho nuestros sueños, cada una de nuestras creaciones. Ojalá encontremos en él el coraje y la guía para recordar relatos antiguos en los que era la capacidad de dar vida, y no la de quitarla, lo que estaba en el centro y articulaba la experiencia humana, tal como nos recuerda Riane Eisler en El cáliz y la espada. Y, en los caminos de ida y vuelta, la belleza de alumbrar nuestras historias.

(1) Cantos chamánicos Selkman: Anna Chapman, Lola Kiepja, Enrique Flores. Universidad de México.

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