Un libro-taller de verano

Escribimos porque necesitamos hacernos palabra, porque la escritura nos ayuda a conocernos, hay mucha verdad en la escritura. Estamos muy acostumbrados a desconectar de nosotros mismos y la escritura nos vuelve a conectar con las emociones, los afectos, la memoria, la imaginación y con el mundo. Para mí la escritura es como una casa muy grande, va creciendo. Al principio es un lugar pequeñito y con el paso del tiempo se van ampliando las estancias y vas teniendo un jardín. Escribimos también para comunicarnos con otras personas, para dar algo a los demás. Y escribimos para recordar a quienes no están, hacer justicia, dar vida a las historias…

He recogido mucha riqueza porque todas las voces suman, cada historia es distinta. A veces al escribir tenemos ese miedo a si lo que vamos a contar es importante, y todas las vivencias lo son cuando se cuentan desde la verdad de cada cual. Me ha servido todo el recorrido para confirmar que la escritura es una herramienta que nos ayuda mucho a reconstruir nuestra historia de vida y abrir la perspectiva ampliando los márgenes en los que nos movemos normalmente. Permite salirnos de las historias que nos han contado sobre nosotras y sobre el mundo.

En este enlace podéis leer la entrevista completa que me hizo Silvia Melero para El Asombrario, una revista que sigo desde hace tiempo. Agradecida y feliz de verme en su mirada.

Escribir a la Mujer Salvaje (abrazar las preguntas)

Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola Estés, es un libro sobre la psique femenina pero, sobre todo, sobre las enseñanzas que recogen los cuentos tradicionales y el estudio de los arquetipos junguianos. Su principal objetivo es ayudar a las mujeres a conectar de nuevo con su sabiduría instintiva; pero cualquier persona a la que le resuene el enfoque de la autora puede disfrutarlo.

Hace muchos años que deseo de hacer algo más con el libro, por el que siento un gran respeto. Precisamente por eso, me gustaría aporta algo; en este caso, crear el espacio para que otras mujeres puedan aproximarse a él por primera vez. También para que podamos compartir nuestros saberes, dudas, hallazgos, fortalezas, sueños… Independientemente del tiempo que llevemos habitándolo.  

Siempre he creído profundamente en las preguntas; si alguna vez las pierdo de vista, me angustio y pienso que, ahora sí, soy yo la que estoy perdida. Hay preguntas que clarifican y preguntas que nos acercan a algo que sabemos que sabemos o que aún no sabemos que sabemos, pero intuimos. Cuando aparezcan las conocerás, porque sentirás la tentación de escapar de ellas; voy a pedirte que no lo hagas. Permite que tomen forma, que vayan encontrando su lugar en tu cuerpo. Invítalas a desayunar contigo; busca un lugar para que duerman mientras tú lo haces también. Lejos de ti, para que puedas descansar y reponerte. Sácalas a pasear; deja que se bañen en algún mar de tu infancia. Cuando sientas que es el momento, solo entonces, escribe sobre ellas.

Hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para crecer, otro para descansar, otro para restaurarse. Hay un tiempo para sembrar, y otro para recoger; ninguno de los dos durará para siempre. Escucha los ciclos; los de tu cuerpo, los de la luna, los de las estaciones. Fuimos nómadas y agricultoras antes que sedentarias; hay mucho empeño en decirnos que la respuesta de estrés está grabada en nuestro cuerpo, pero no que lo está también el contacto con la naturaleza y la conexión con sus enseñanzas.

Escribir a la Mujer Salvaje es un curso online con 12 preguntas cada semana para que puedas explorar el libro a partir de ellas, conocerte mejor para cuidarte más, alimentar tu naturaleza instintiva.

Si decides unirte, aún estás a tiempo. Si prefieres esperar, es probable que haya otra oportunidad. Mientras tanto abraza tus dudas, tu alegría, tu malestar y tu vulnerabilidad. Siente la tierra bajo tus pies, maravíllate con el vuelo de los pájaros. Mira cómo la vida sale adelante en cada lugar, cada día, a pesar de todo. Escucha, siente, ama, respétate, lee, escribe.

«Ten paciencia con todo lo que aún no se ha resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros que, en este momento, están escritos en una lengua extraña. No persigas las respuestas, que no puedes recibir porque no podrías vivirlas ahora. Es importante vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Quizá de forma gradual, sin ser apenas consciente, un día lejano llegarás a vivir la respuesta.»

Rainer María Rilke

Los libros

Hay dos lugares en los que puedo parar el tiempo: frenta al mar, y en una buena librería. Los libros aparecen en mi cabeza cuando alguien me pregunta por aquello de lo que no podría prescindir. Puedo pasar horas recorriendo los pasillos de una biblioteca, imaginando las historias que esconde cada título. Sin embargo, me resulta díficil decidirme por uno; leo la sinopsis por curiosidad, pero la clave está en los primeros párrafos. Solo llevo conmigo aquellos que, libres de artificio, hablan de algo que es verdad. Es lo que busco y valoro también en las personas; sencillez, transparencia, honestidad.

Estos son algunos de los que me atraparon así. Y a ti, ¿cómo te eligen las historias? ¡Feliz día del libro!


Fotograma de El cielo sobre Berlín, 1987

Maggie O’Farrel

Más adelante, en el camino, un hombre sale de detrás de una piedra grande.

Estamos los dos en la orilla de un lago oscuro oculto en la artesa que forma la cumbre de esta montaña. El cielo es de un azul lechoso; aquí, tan arriba, no hay vegetación, y solo estamos él y yo, las piedras y el agua quieta y negra. Se planta en medio del camino con sus botas, las piernas separadas, y sonríe.

Me doy cuenta de varias cosas: que lo he adelantado hace un rato abajo, en la cañada, donde nos hemos saludado amable y brevemente, como se suele hacer en los paseos por el campo. Que en este remoto tramo de senda no puede oírme nadie. Que me estaba esperando: lo ha planetado todo al detalle, meticulosamente, y he caído en la trampa.

Todo esto lo veo en un instante.

Maggie O’Farrell, Sigo aquí

Chimamanda Ngozie Adichie

El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.

— Pero es buena persona — añadió — . Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.

Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.

Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad.

Chimamanda Ngozi Adichie, Medio sol amarillo


Carson McCullers


El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vidrieras de colores, y una miserable calle mayor que no medirá más de cien metros. Los sábados llegan los granjeros de los alrededores para hacer sus compras y charlar un rato. Fuera de eso, el pueblo es solitario, triste; está como perdido y olvidado del resto del mundo. La estación de ferrocarril más próxima es Society City, y las líneas de autobuses Greyhoundo y White Bus pasan por la carretera de Forks Falls, a tres millas de distancia. Los inviernos son cortos y crudos y los veranos blancos de luz y de un calor rabioso.


Si se pasa por la calle mayor en una tarde de agosto, no encuentra uno nada que hacer. El edificio más grande, en el centro mismo del pueblo, está cerrado con tablones clavados y se inclina tanto a la derecha que parece que va a derrumbarse de un momento a otro. Es una casa muy vieja: tiene un aspecto extraño, ruinoso, que en el primer momento no se sabe en qué consiste; de pronto cae uno en la cuenta de que alguna vez, hace mucho tiempo, se pintó el porche delantero y parte de la fachada; pero lo dejaron a medio pintar y un lado de la casa está más oscuro y más sucio que el otro. La casa parece abandonada. Sin embargo, en el segundo piso hay una ventana que no está atrancada; a veces, a última hora de la tarde, cuando el calor es más sofocante, aparece una mano que va abriendo despacio los postigos, y asoma una cara que mira a la calle. Es una de esas caras borrosas que se ven en sueños: asexuada1, pálida, con unos ojos grises que bizquean hacia dentro tan violentamente que parece que están lanzándose el uno al otro una larga mirada de congoja. La cara permanece en la ventana durante una hora, aproximadamente; luego se vuelven a cerrar los postigos, y ya no se ve alma viviente en toda la calle.»

Carson McCullers, La balada del café triste

Yo fui el primero de la reserva en conducir un descapotable. Y, por supuesto, era rojo, un Oldsmobile rojo. Era dueño de ese coche junto con mi hermano Stephan. Ambos éramos los dueños hasta que sus botas se llenaron de agua en una noche ventosa y él me compró mi parte. Ahora Stephan es el propietario de todo el coche, y su hermano pequeño Marti (es decir, yo) va caminando a todas partes.

Louise Erdrich, El descapotable rojo


Repensar la muerte para celebrar la vida

Del 19 al 24 de abril tuve la suerte de acompañar a Silvia Melero, que presentó Luto en Colores en diferentes lugares de Galicia. Hace un par de años, antes de conocerla personalmente, leí por primera vez esta carta que escribió a su hermana:

Estas letras van firmadas, claro. Nacen desde una vivencia personal, única, propia del ser que somos cada cual. Al mío le tocó perder a su hermana en 2014. Mi hermana, tras luchar mucho contra un problema de salud mental, decidió irse. Decidió descansar, parar, pasar a otra cosa. Se tomó pastillas. Se ‘quitó la vida’. Se ‘suicidó’. No me gusta la palabra, quizá por todo el tabú social y mediático que la acompaña. Quizá porque simplifica, reduce injustamente la imagen de una persona a ese hecho final. Mi hermana se llamaba, se llama, Esther. Ayudó a muchos peques con dificultades porque trabajó mucho tiempo como psicóloga infantil. A ella le debo entender un poco mejor la complejidad del cerebro humano, entre otras muchas cosas.

Silvia Melero

De ella me llamaron la atención dos cosas, además de la belleza con la que está escrita: la capacidad de Silvia para respetar la decisión del Esther, y para rescatar todo los momentos vividos con su hermana; recuperar y celebrar la vida, para que la muerte no se lo llevara todo. Ella siempre dice que hay que atravesar el dolor; que es la única forma de crear belleza después de una pérdida, después de cualquier suceso que nos daña y nos tambalea. Aunque la respuesta más rápida, y la más aplaudida por la sociedad, es huir de él.

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Los encuentros de Luto en Colores están muy cerca de la muerte, y de la vida. Durante las jornadas y las charlas, muchas personas cuentan sus experiencias. Sentimos sus pérdidas, nos hablan de la culpa y de la tristeza; y recordamos, también, las nuestras, haciéndolas presentes. Poder hablar de ellas, incluso de lo inevitable de nuestra propia muerte, de la impermanencia, alivia y cura.

Luto en Colores crea un espacio, inexistente en lo cotidiano, para expresar estas emociones. Para nombrar a nuestros muertos; porque, como nos recuerda Silvia, la sociedad nos permite mencionarlos en las conversaciones durante un período de tiempo. Después nos instan a pasar página, continuar avanzando, no incomodar  a otras personas con nuestro dolor, nuestra tristeza. Y acabamos, a veces, hablando de los muertos sólo con los muertos; con sus fotografías, sus recorridos cotidianos, sus prendas de ropa, los objetos que quedaron perdidos en los bolsillos de sus abrigos.

En el tiempo que estuvimos juntas recorriendo Galicia Silvia y yo hablamos mucho; de la vida, de nuestros temores y deseos. Del deseo de las mujeres, algo que tampoco cabe en ningún sitio y sobre lo que me gustaría, también, hablar en otro artículo. Llegamos a San Andrés de Teixido, y agradecimos; fuimos hasta Herbeira, tan cerca de las nubes, y dejamos que el viento limpiara.  Intercambiamos la memoria de nuestras pérdidas y al hacerlo, convertimos las ausencias en presencias compartidas. Igual que sucede en los encuentros de Luto en Colores.

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Acercarnos a la muerte nos acerca, también, a la vida; nos recuerda qué es lo importante, que el futuro es incierto, que el amor siempre queda. Y crece. Después de cada charla, igual que me sucedió después de las jornadas, me sentí mucho más conectada con el presente, con la vida, más ligera. Pero fue una experiencia intensa y eché de menos tener unos días para descansar, colocar en el cuerpo lo vivido, escribir, tocar más a mis personas queridas.

Como dijo una mujer sabia en la charla de Pontevedra, la muerte (y la vida) necesitan tiempo; y tenemos cada vez menos. Poco tiempo para estar, para prepararnos, despedirnos, atravesar y nombrar el dolor. Me acordé, enseguida, de este fragmento de Momo. Y, a pesar de que he leído el libro muchas, muchas veces, quiero hacerlo de nuevo. Frente a los hombres grises, el tiempo de vida, consciente y compartido. Que sea, siempre, nuestro horizonte; aunque haya tantas tareas, algunas ineludibles, que nos impiden disfrutarlo.

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En los encuentros nos acompañó, también, La vida de Sira. Podéis conocerla en este cuento escrito por Silvia; está disponible en las librerías por las que pasamos  y en el enlace.

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Imagen de Thais Núñez y Tamara Vázquez (¡gracias!)

Y esto es todo, por ahora. Empecé con una carta, y termino con otra: la que Begoña Caamaño escribió a Uxía, siempre presente y siempre tan generosa, cuando supo que su muerte era inminente.

Eu levo xa tanto vivido, tanto aprendido, tanto amado e tanto amor recibido que non podo dicir que a miña morte sexa inxusta. Indesexada si, como todas…que me encantaría vivir outros 47 anos, tamén. Sempre temos apego a vida, sobre todo porque sabemos que, pese aos seus mil amargores, a vida compensa.

«Ter tido unha vida tan boa, tan rica, tan chea en coñecementos, curiosidades e, sobre todo afectos, é un regalo. Ter medo á morte cando a vida foi tan rica e intensa é normal, pero morrer tras unha vida así é, en realidade, unha sorte»..

Pero Uxi, non vou mentir dicindo que por veces non teña medo e rabia, pero é máis pola incerteza que pola morte en si mesma.

Putada, o que se di unha putada grande e real sería ter vivido unha vida de merda, estar dende os 6 anos furgando na basura dos vertedoiros de Antanaribo, ou dende os 8 turrando dunha vagoneta de carbón en Bolivia, ou dende os 11 pechada nun burdel de Bankog!. Ter unha vida tan miserable que che fai desexar a morte como un alivio.

 Iso é a gran putada…e hai millóns de persoas que sofren a vida, porque realmente a sofren, cada día. Ter tido unha vida tan boa, tan rica, tan chea en coñecementos, curiosidades e,sobre todo afectos, é un regalo. Ter medo á morte cando a vida foi tan rica e intensa é normal, pero morrer tras unha vida así é, en realidade, unha sorte…cánta xente morrería só por ter a metade do que eu tiven…

Begoña Caamaño

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Gracias a Silvia, que vino hasta aquí y lo llenó todo de luz. A los espacios que nos acogieron: Libraría Bahía de Foz, Livraría Suevia en Coruña, Escola de Pau (ACD Dorna) na Illa de Arousa, Espacio Arroelo en Pontevedra, Libraría Lila de Lilith en Santiago de Compostela. A las amigas y amigos que acogieron a Silvia como si fuera suya; ahora es nuestra. A quienes me acogieron a mí a mitad del camino; a todas las personas que se acercaron a los encuentros para escuchar y compartir sus experiencias.

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Artículos del blog relacionados:

 

Resistencias cotidianas

Tiempo, sentido de pertenencia, pasión y soberanía. Haz acopio de ellos: son los que mantienen limpio el río.

Clarissa Pinkola Estés

Las resistencias cotidianas son aquellas pequeñas cosas que, sin que nos demos cuenta, tejen la vida; las tareas creativas que dan sentido a la rutina diaria.  Las que nos ayudan a preservar la memoria y a potenciar la imaginación, el pensamiento crítico; a sabernos parte de algo -una comunidad, el entorno, un proyecto futuro- y a sentir que tenemos algo de control sobre nuestra existencia. Durante esos instantes, minutos u horas, el tiempo deja de escaparse entre nuestras manos como si el reloj si hubiera roto y quedara sólo la arena; se expande, nos pertenece.

Las resistencias cotidianas no nos distraen, sino que nos conectan con nuestra esencia; con lo que sentimos que somos de verdad y, por tanto, con nuestros deseos. Nos distraen, si acaso, de todos los reclamos que, a cada momento, nos instan a anhelar algo que no tenemos, a ser personas inagotablemente perfectas. Reposar en el presente para proyectarnos con más fuerza en el futuro; frente al deseo que vacía y seca, el que consuela y nutre.

Algunas de estas tareas necesitan la soledad y el silencio para recuperarnos de la velocidad de los días; el resto son espacios que compartimos física o emocionalmente con otras personas. Leemos y escribimos en soledad; pero, a menudo, nos representamos a personas queridas mientras lo hacemos; establecemos con ellas diálogos imaginarios. Escuchamos su voz y su consuelo, a veces no pueden llegarnos de ninguna otra forma.

Paseos, charlas, bailes, llamadas de teléfono, mensajes de aliento mutuo. Cuentos, poemas, libros, un Cuaderno de todo y las fases de la luna; anochecer con Orión en el cielo, despertar con Escorpio y esperar al sol. El recuerdo de mi bisabuela tejiendo ganchillo, mi abuela cepillándome el pelo. Su mano, ahora. Las orillas, los cuidados, quienes me hacen reír y soñar. Acariciar un cuerpo con las manos; hacerlo, también, con mi deseo, mientras afilo los versos que serán capaces de nombrarlo. Invocarlo. Danzar para escuchar, en el mío, los ecos y las huellas del juego y el placer compartidos.

Todo lo que me pertenece sin que pueda ni quiera retenerlo, aquello a lo que pertenezco; tierra, mar, hogueras, horizonte.

¿Cuáles son las tuyas?

Fotografía: Mi muy querida amiga Cata cazando olas. IMG-20180201-WA0012Resistencias cotidianas, hogares nómadas. Gracias 🙂

¿Un taller para mujeres?

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Rupi Kaur, Otras maneras de ussar la boca

Hace unos meses descubrí este artículo de Silvia López, y con él a Rupi Kaur. Leer sus poemas fue una revolución, porque me di cuenta de que muchas de las experiencias que yo había vivido eran universales. Son cosas que sabes, pero que no confirmas hasta que no las ves escritas: todas las mujeres hemos sufrido algún tipo de abuso verbal y/o físico; todas hemos sentido alguna vez que para ser escuchadas teníamos que alzar la voz, porque nos mandaron callar.

La magia de contar

Una anécdota persa muy antigua muestra al narrador como un hombre de pie en una roca cara al océano. Cuenta sin descanso una historia tras otra, deteniéndose apenas un momento para beber, de vez en cuando, un vaso de agua. El océano, fascinado, lo escucha en calma. Y el autor anónimo añade:

Si algun día el narrador callese, o si alguien lo hiciese callar, nadie puede decir lo que haría el océano

Texto: Jean-Claude Carriére, Antología de cuentos e historias mínimas

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Maratón de los cuentos de Guadalajara, 2015

«Vivir es disponer de la palabra«, dijo Camen Martín Gaite. Cuantas más palabras tengamos para contarnos lo que nos sucede y para compartirlo con otras personas, cuanto más acertadas y precisas sean nuestras expresiones, más fácil será luchar contra el dolor. Cuando somos capaces de nombrar lo que nos pasa convertimos la niebla difusa que nos oprime en un dragón visible y a nosotras en guerreras o hechiceros capaces de derrotarlo con un golpe de espada o un conjuro (pido disculpas a todos los dragones por el agravio).

La psicoterapia es una relación en la que una persona acompaña a otra para que recupere su capacidad de utilizar la palabra para disipar las tinieblas, invocar a los monstruos y luchar contra ellos… O pararnos a escucharlos, como en la película Un monstruo viene a verme.

Las narradoras y narradores orales nos ayudan, igual que la psicoterapia, a disponer de la palabra: nos cuentan las historias en las que otros vencieron antes. Nos recuerdan el sonido de la risa y la nostalgia, la desesperación y la confianza. Que el mundo es mucho más grande que las calles que recorremos cada día, que nada dura para siempre, que hasta en el interior del ogro más temible puede latir un corazón de gominola.

La narración oral es un acto comunicativo. Quien cuenta con honestidad escucha, mira a los ojos, habla y pregunta con o sin palabras. Transmite una historia que ha preparado hasta hacerla suya, desentrañando los significados y conectando con sus emociones para que al contar podamos sentirla también sin exponernos del todo, saliendo al bosque pero con un mapa para encontrar siempre el camino de regreso a casa. Busca el momento hipnótico en el que su figura desaparece y vemos sólo la historia como si fuéramos uno con ella, como si estuviéramos dentro.

¿Recuerdas cuándo fue la última vez que alguien te contó un cuento mirándote a los ojos? El 20 de marzo se celebra el día internacional de la narración oral. Aquí tienes dos propuestas para disfrutarla: el Festival Atlántica en Santiago de Compostela y las jornadas de MANO, Asociación de narradoras y narradores de Madrid. La Asociación de profesionales de la narración oral en España, AEDA, publica hasta el 20 de marzo una selección de textos relacionados con la transformación https://www.facebook.com/AEDA.narracionoral/.

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Lecturas recomendadas y enlaces de interés

Los narradores orales modernos

Entrevista a Pep Durán

Diccionario de narración oral

Revista El Aedo

Maratón de los cuentos de Guadalajara

I Jornadas Internacionales tomo la palabra: Mujeres, voz y narración oral

Cuente (Graciela Montes)

Contar con los cuentos, Estrella Ortiz

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Nota: Entrada actualizada a partir de un texto publicado en marzo de 2016

Antes de ser mujer – Anamaría Mayol

Árbol_LidiaLunaTal vez antes de ser mujer
fui árbol en algún bosque
y mis ramas crecían hacia el cielo
siempre intentando ver
el horizonte

y estuve allí por siglos
enraizada
aferrada a la tierra
bebiendo el cielo
habitada de pájaros y estrellas.

Tal vez antes de ser mujer
diseminé retoños
dejé semillas
y el viento fue mi amante
en los silencios
mi piel era corteza
mis colores símbolos
del transcurso del tiempo
en crecimiento.

A veces pienso en ello
y el bosque
no es un lugar extraño.

Tal vez antes de ser mujer
fui árbol en algún bosque
aún siento el latido de la tierra
en mis venas
y hay días que regresan los pájaros
y anidan.

Anamaría Mayol

Descubierto gracias a Estrella Ortiz

 

Nadie quiere la noche

https://unsplash.com/photos/47af9f2kJ08

AVISO: Este artículo contiene información sobre el contenido de la película Nadie quiere la noche, aunque no desvela el final.

https://unsplash.com/photos/47af9f2kJ08
Imagen de Paul Itkin

Nadie quiere la noche, mucho menos una noche de 6 meses. Pero la noche siempre llega. Sobre todo cuando nos arriesgamos a salir ahí fuera, a perseguir lo que soñamos, a buscar aquello en lo que creemos. Ésa es la razón por la que el personaje de Juliette Binoche en Nadie quiere la noche, la última película de Isabel Coixet, no me resulta antipático en ningún momento, como señalan algunas reseñas de la película. Representa a una mujer que persigue firmemente aquello en lo que cree y logra alcanzarlo, aunque no de la forma que había soñado. Porque el amor que perseguía era una quimera, y lo que encuentra el amor verdadero: el vínculo que construyen dos personas cuando a medida que se conocen son capaces de verse como son y no como esperan o creen que deberían ser, se reconocen como iguales y cuidan la una de la otra.

Desde mi punto de vista a la película le falta unidad narrativa porque intenta contar demasiadas historias a la vez. Coixet, la directora, cuenta una que tiene que ver con la búsqueda del amor; Matt Salinger habla de la soberbia de la especie humana al sentirse superior y de sus opuestos, la sobriedad y la conexión con la naturaleza. Binoche cuenta esas historias e incluye otra que tiene que ver con la justicia social. Me resultan mucho más verosímiles y atractivas las escenas en las que coinciden estos dos actores (me recuerdan algunos momentos de  Memorias de África) que la mayoría de las que comparte Binoche con la japonesa Rinko Kikuchi, al menos en los dos primeros tercios de la película. Mi impresión es que el personaje inuit recrea demasiados tópicos y los diálogos entre ambas no son creíbles.

 

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Josephine Peary

Y aun así estoy deseando volver a verla para saborear algunas escenas. Sin haberlos pisado nunca entiendo y comparto esa pasión por los paisajes polares. Como dicen en algún diálogo esas llanuras heladas donde el horizonte es a menudo una línea imaginaria representan lo inconmesurable, la auténtica nada. El guía que lleva a Josephine Peary hacia el reencuentro con su marido Robert Peary está muy cerca de su núcleo y de la naturaleza; es consciente de su levedad y fugacidad. Josephine está enamorada del amor, de la ilusión de amar a un marido con el que apenas ha compartido unos meses de su vida; tanto que se aferra a un vestido vacío, hueco, reconoce haberse olvidado incluso de su propia hija. Aun así la película habla de la lucha, la tenacidad  y la fortaleza de dos mujeres. Como dijo en unas jornadas sobre Mujer y narración oral la narradora Magda Labarga: nosotras también necesitamos historias épicas que nos alienten y nos recuerden que somos capaces de llegar a los mismos lugares que los hombres.

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Roby Davidson

Siendo una adolescente me habría gustado que alguien me contara la historia real de Roby Davidson, la mujer que atravesó sola el desierto de Australia con su perro y unos camellos, llevada al cine en El viaje de tu vida. Hoy me siento reflejada en las mujeres de Coixet, me acompañan desde que las descubrí en Cosas que nunca te dije y Mi vida sin mí. Me recuerdan que aunque nadie quiere la noche, la noche siempre llega y cuando tenemos la fea costumbre de salir a perseguir aquello en lo que creemos es posible que nos pille en el bosque; pero si conseguimos conservar un rescoldo de calor en nuestros corazones alcanzaremos a ver de nuevo el sol.

 

 

El hacedor de marionetas

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El hacedor de marionetas

¿Alguna vez has deseado tocar tus sueños? Yo sí. Cuando era pequeña imaginaba una máquina capaz de recoger las escenas soñadas y proyectarlas durante el día; imaginaba, incluso, que las recreaba en tres dimensiones. Si tenía pesadillas me alegraba despertar; pero cuando las sensaciones eran agradables, nada más abrirlos volvía a cerrar fuerte los ojos y trataba, sin éxito, de volver a saltar dentro de mi sueño. Si pudiera pedir tres deseos este sería uno: tener un artilugio capaz de almacenar sueños y proyectarlos después, como si fuera una filmoteca.

Hace poco un amigo me llevó a ver El hacedor de marionetas, una instalación que estará en el Palacio de Cristal de Madrid hasta el 16 de marzo. Pensó, con razón, que podría gustarme y que me interesaría desde el punto de vista de las narrativas. En la web del museo Reina Sofía hay información sobre la obra y, como no soy la única persona fascinada por ella, también es fácil encontrar artículos en internet.

El Palacio de Cristal es un pabellón de 1887 situado en el Parque del Retiro, frente a un estanque con árboles de raíces sumergidas. Janet Cardiff y George Bures Miller han instalado en él caravana antigua estilo norteamericano. Nada más entrar encontramos en ella la figura de un hombre-marioneta que trabaja compulsivamente para crear objetos, marionetas y pequeñas figuras a las que, en palabras de los artistas, trata de insuflar vida. Este empeño, junto con la figura de una mujer a tamaño real que parece dormir y los artilugios del exterior de la caravana, recuerdan a los experimentos del doctor Frankenstein. La mujer parece soñar con las figuras que danzan a su alrededor; el hombre parece soñar sus criaturas con tanta fuerza que logra materializarlas.

Para ambos artistas el sonido es un medio muy físico, que les permite transmitir al espectador la sensación de que está en una obra de teatro. Pero a la vez la caravana nos obliga a mirar dentro asomándonos a través de las ventanas; nos convierte, así, en testigos de los sueños y el proceso creativo del hacedor:

Nos gusta crear piezas en las que el público pueda sumergirse. Nos parece que mantener a las personas fuera de la obra provoca de alguna manera que se sientan inmersos en ella porque imaginan y, al imaginar, se adentran en la obra de un modo diferente».

Propuesta: recordar los sueños

Para trabajar con el material que nos proporcionan nuestros sueños el primer paso es recordarlos al despertar. Lo más importante no son los detalles y el contenido, sino su tono emocional. Una forma de atraparlo es transcribirlo nada más despertarnos, antes de hacer ninguna otra actividad. Lo más difícil de este ejercicio es mantener la rutina de lanzarse sobre la libreta antes que sobre el café. Intenta hacer este ejercicio todos los días durante un mínimo de siete. Si te resulta muy complicado, intenta incorporarlo en tu rutina de fin de semana. Después de un tiempo es probable que los sueños sean más intensos y resulte más sencillo recordarlos. Además el ejercicio de escritura puede darnos información valiosa sobre los acontecimientos y emociones diarios, y el mero acto de dedicarnos los primeros minutos del día es un valioso regalo que nos hacemos.

 

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«El hacedor de marionetas» Palacio de Cristal (2015)