Repensar la muerte para celebrar la vida

Del 19 al 24 de abril tuve la suerte de acompañar a Silvia Melero, que presentó Luto en Colores en diferentes lugares de Galicia. Hace un par de años, antes de conocerla personalmente, leí por primera vez esta carta que escribió a su hermana:

Estas letras van firmadas, claro. Nacen desde una vivencia personal, única, propia del ser que somos cada cual. Al mío le tocó perder a su hermana en 2014. Mi hermana, tras luchar mucho contra un problema de salud mental, decidió irse. Decidió descansar, parar, pasar a otra cosa. Se tomó pastillas. Se ‘quitó la vida’. Se ‘suicidó’. No me gusta la palabra, quizá por todo el tabú social y mediático que la acompaña. Quizá porque simplifica, reduce injustamente la imagen de una persona a ese hecho final. Mi hermana se llamaba, se llama, Esther. Ayudó a muchos peques con dificultades porque trabajó mucho tiempo como psicóloga infantil. A ella le debo entender un poco mejor la complejidad del cerebro humano, entre otras muchas cosas.

Silvia Melero

De ella me llamaron la atención dos cosas, además de la belleza con la que está escrita: la capacidad de Silvia para respetar la decisión del Esther, y para rescatar todo los momentos vividos con su hermana; recuperar y celebrar la vida, para que la muerte no se lo llevara todo. Ella siempre dice que hay que atravesar el dolor; que es la única forma de crear belleza después de una pérdida, después de cualquier suceso que nos daña y nos tambalea. Aunque la respuesta más rápida, y la más aplaudida por la sociedad, es huir de él.

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Los encuentros de Luto en Colores están muy cerca de la muerte, y de la vida. Durante las jornadas y las charlas, muchas personas cuentan sus experiencias. Sentimos sus pérdidas, nos hablan de la culpa y de la tristeza; y recordamos, también, las nuestras, haciéndolas presentes. Poder hablar de ellas, incluso de lo inevitable de nuestra propia muerte, de la impermanencia, alivia y cura.

Luto en Colores crea un espacio, inexistente en lo cotidiano, para expresar estas emociones. Para nombrar a nuestros muertos; porque, como nos recuerda Silvia, la sociedad nos permite mencionarlos en las conversaciones durante un período de tiempo. Después nos instan a pasar página, continuar avanzando, no incomodar  a otras personas con nuestro dolor, nuestra tristeza. Y acabamos, a veces, hablando de los muertos sólo con los muertos; con sus fotografías, sus recorridos cotidianos, sus prendas de ropa, los objetos que quedaron perdidos en los bolsillos de sus abrigos.

En el tiempo que estuvimos juntas recorriendo Galicia Silvia y yo hablamos mucho; de la vida, de nuestros temores y deseos. Del deseo de las mujeres, algo que tampoco cabe en ningún sitio y sobre lo que me gustaría, también, hablar en otro artículo. Llegamos a San Andrés de Teixido, y agradecimos; fuimos hasta Herbeira, tan cerca de las nubes, y dejamos que el viento limpiara.  Intercambiamos la memoria de nuestras pérdidas y al hacerlo, convertimos las ausencias en presencias compartidas. Igual que sucede en los encuentros de Luto en Colores.

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Acercarnos a la muerte nos acerca, también, a la vida; nos recuerda qué es lo importante, que el futuro es incierto, que el amor siempre queda. Y crece. Después de cada charla, igual que me sucedió después de las jornadas, me sentí mucho más conectada con el presente, con la vida, más ligera. Pero fue una experiencia intensa y eché de menos tener unos días para descansar, colocar en el cuerpo lo vivido, escribir, tocar más a mis personas queridas.

Como dijo una mujer sabia en la charla de Pontevedra, la muerte (y la vida) necesitan tiempo; y tenemos cada vez menos. Poco tiempo para estar, para prepararnos, despedirnos, atravesar y nombrar el dolor. Me acordé, enseguida, de este fragmento de Momo. Y, a pesar de que he leído el libro muchas, muchas veces, quiero hacerlo de nuevo. Frente a los hombres grises, el tiempo de vida, consciente y compartido. Que sea, siempre, nuestro horizonte; aunque haya tantas tareas, algunas ineludibles, que nos impiden disfrutarlo.

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En los encuentros nos acompañó, también, La vida de Sira. Podéis conocerla en este cuento escrito por Silvia; está disponible en las librerías por las que pasamos  y en el enlace.

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Imagen de Thais Núñez y Tamara Vázquez (¡gracias!)

Y esto es todo, por ahora. Empecé con una carta, y termino con otra: la que Begoña Caamaño escribió a Uxía, siempre presente y siempre tan generosa, cuando supo que su muerte era inminente.

Eu levo xa tanto vivido, tanto aprendido, tanto amado e tanto amor recibido que non podo dicir que a miña morte sexa inxusta. Indesexada si, como todas…que me encantaría vivir outros 47 anos, tamén. Sempre temos apego a vida, sobre todo porque sabemos que, pese aos seus mil amargores, a vida compensa.

“Ter tido unha vida tan boa, tan rica, tan chea en coñecementos, curiosidades e, sobre todo afectos, é un regalo. Ter medo á morte cando a vida foi tan rica e intensa é normal, pero morrer tras unha vida así é, en realidade, unha sorte”..

Pero Uxi, non vou mentir dicindo que por veces non teña medo e rabia, pero é máis pola incerteza que pola morte en si mesma.

Putada, o que se di unha putada grande e real sería ter vivido unha vida de merda, estar dende os 6 anos furgando na basura dos vertedoiros de Antanaribo, ou dende os 8 turrando dunha vagoneta de carbón en Bolivia, ou dende os 11 pechada nun burdel de Bankog!. Ter unha vida tan miserable que che fai desexar a morte como un alivio.

 Iso é a gran putada…e hai millóns de persoas que sofren a vida, porque realmente a sofren, cada día. Ter tido unha vida tan boa, tan rica, tan chea en coñecementos, curiosidades e,sobre todo afectos, é un regalo. Ter medo á morte cando a vida foi tan rica e intensa é normal, pero morrer tras unha vida así é, en realidade, unha sorte…cánta xente morrería só por ter a metade do que eu tiven…

Begoña Caamaño

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Gracias a Silvia, que vino hasta aquí y lo llenó todo de luz. A los espacios que nos acogieron: Libraría Bahía de Foz, Livraría Suevia en Coruña, Escola de Pau (ACD Dorna) na Illa de Arousa, Espacio Arroelo en Pontevedra, Libraría Lila de Lilith en Santiago de Compostela. A las amigas y amigos que acogieron a Silvia como si fuera suya; ahora es nuestra. A quienes me acogieron a mí a mitad del camino; a todas las personas que se acercaron a los encuentros para escuchar y compartir sus experiencias.

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Lo (poco) que sé sobre la muerte

Dicen que es bueno meditar, de vez en cuando, imaginando que la muerte está sentada a tu lado; pensando en lo que ella te diría, en cómo respondería a tus preguntas. Durante muchos, muchos años, ella ha estado ahí casi todo el tiempo sin que yo la invitara.

La primera vez que nos vimos yo era una niña que, sentada en la parte de atrás del coche, recuerdo ese instante con claridad, tuvo la certeza de que un día iba a morir. No recuerdo un desencadenante, pero sí la clarividencia que me acompañó desde ese momento. Siendo una adolescente busqué respuestas en varios libros. El que más me calmaba era Secretum, de Antonio Prieto. Contaba la historia de un profesor que elige morir en una sociedad que ha alcanzado la inmortalidad, a cambio de que no nazcan más personas. Entre sus argumentos, el protagonista afirma que no se puede amar un instante sin saber que se escapará de nuestras vidas. No lo comparto, pero he conseguido entender que no tenemos elección; sucederá.

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Recuerdo otro fogonazo en el coche, hace unos años, en el que de repente fui consciente de que un día dejaría de tener consciencia. Me contó hace unos meses un hombre de corazón gigante que él también lo sentía a veces. Que esa certeza es una sensación casi física, dolorosa. Para mí fue como traspasarme los huesos, llenarlos de arena, clavarme en el suelo. Era una sensación que me invadía, de la que no podía escapar. Dolorosa, sí, de una forma extraña y desconocida. La dejé estar hasta que se fue diluyendo, poco a poco. Regresó a menudo. Cuatro años y muchas emociones después, ha dejado de doler; no puedo invocarla, aunque quiera. Soy consciente de mi fugacidad, transitoriedad, levedad, incertidumbre; pero no me atraviesa.

Aquellos días tuve un sueño que me ayudó mucho. Veía cómo otras personas desenterraban una cápsula del tiempo; las veía desde fuera, desde otro plano, pero yo ya no estaba allí; no existía. Al despertar sentí que esas personas eran una generación futura, muchos años después de mi muerte. Que mi tiempo era ahora, igual que hace cien años fue el de otras personas. Me sirvió para entender; una vez más, es lo que sucederá.

La muerte me ha visitado muchas veces desde que era una niña; no quiero enumerarlas. Familia, amistades, conocidos, personas queridas de personas muy queridas. Cada vez que llegaba lo inundaba todo; cada vez que se iba yo entendía un poco más pero seguía doliendo tanto, seguirá doliendo tanto. Nos hace sentir más vivas, más presentes, más cerca de las cosas y las personas importantes. Pero, a la vez, nos recuerda que todo puede romperse en cualquier momento.

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Una vez me dijo un gran psiquiatra, acostumbrado a trabajar en situaciones muy difíciles, que lo que nos cuesta es aceptar que la vida (y la muerte) tienen un componente muy grande de azar. Es posible. Cuando acumulamos pérdidas sentimos que no hay azar, sino fatalidad. Como si todo lo que amamos estuviera en el ojo de un huracán y pudiera ser arrastrado al centro en cualquier momento, incluyéndolos a nosotras mismas.

Hace un año vi una película que mostraba ese temor, esa sensación de que el suelo puede abrirse bajo tus pies en cualquier momento y arrrastrarte, arrastrar a quien amas. Nunca he visto la pérdida reflejada con tanta precisión. Fue como si alguien me regalara un lienzo, un pincel y el primer trazo; desde entonces hasta hoy la pérdida tiene forma, nombre, colores. Aún me mareo un poco y me agarro el estómago mientras escribo, pero puedo acotarla; no es una sensación difusa que lo invade todo, que no puedo identificar ni manejar, que provoca miedo al miedo. Nos conocemos, nos hablamos, nos respetamos.

Unos días después de ver aquella película me reuní por primera vez frente a Silvia Melero Abascal para que me contara Luto en Colores; para formar parte del proyecto. Repensar la muerte para celebrar la vida.

Desde entonces, poco a poco, ella se ha ido. Sé que volverá, pero ya no está sentada a mi lado. En estos últimos meses soy tan consciente de lo que soy y siento que, a menudo, deseo que algunas sensaciones, algunos momentos, no se acaben nunca. Me gustaría estar siempre paseando esta orilla, escuchando a, abrazando, bailando, mirándome en los ojos de, contando cuentos, escribiendo, luchando… Muchas veces muchos puntos suspensivos. Saber que no puedo, tener un lienzo y recibir colores de la gente que quiero y me quiere, ha hecho que sea capaz de disfrutar esos instantes; no porque vayan a escaparse de mis manos, sino porque son eternos mientras los sostengo entre ellas (como la criatura efímera y afortunada que soy).

Para Mila, Bego, Fran; para Ester, que nos ha juntado. Para todos los corazones que se fueron antes de tiempo; para los que se quedaron, rotos y remendados. No enumero; ellas y ellos saben.

Nos vemos los días 25 y 26 de octubre en las I Jornadas de Luto en Colores, en Madrid.

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Soy la Muerte.

(..)

La vida y yo

habitamos juntas

en todos los cuerpos.

(…)

El amor no muere,

aunque se encuentre conmigo.

Soy la Muerte, Elisabeth Helland Larsen & Marine Schneider

 

 

 

Un mapa de las emociones: la tristeza

A veces me siento transparente, y las cosas suceden a través de mí. Cuando salgo a pasear el viento me atraviesa, limpiando cada uno de mis huesos sin que duela. Me contagian sonrisas y canciones ajenas, soy una partícula más de lo que existe. Conecto, comparto, me reparto.

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Otras veces despierto con el cuerpo pesado, como si atrajera la gravedad de todo planeta. Me cuesta invocar la intención de moverme y, aunque lo logre, soy una masa densa, pastosa, opaca. Camino atrapada entre las paredes negras de mis temores. Si pudiera elegir sólo entre dos opciones, no dudaría: prefiero la tristeza a este pesar sin forma.

La tristeza como emoción primaria —igual que la alegría, el miedo, el enfado o la vergüenza— nos da información valiosa sobre lo que es bueno o no para nosotros, sobre qué relaciones suman y cuáles restan, sobre los objetivos hacia los que deberíamos dirigir nuestra energía. Las emociones primarias también proporcionan a los demás información acerca de lo que necesitamos. Si conseguimos conocerlas, limpiarlas de miedos y ansiedades, son nuestra mejor brújula. El mapa de nuestras emociones es un boceto vivo, dinámico y cambiante, que no evitará el dolor; pero sí puede ayudarnos cuando volvamos a perdernos a recordar que, aunque no sepamos bien cómo llegar, existe un lugar en el que nos gustaría estar.

Cinco máns que apoian a muraia, por Álvaro de la Vega (Lugo, 2014)
Cinco máns que apoian a muraia, por Álvaro de la Vega (Lugo, 2014)

 Los cambios inesperados y no deseados vienen acompañados de pérdidas: perdemos personas, esperanzas, anhelos, horizontes o capacidades. Y con ellas la visión que teníamos del mundo, de nosotros mismos y de los demás. Estas situaciones nos obligan a aguantar la tristeza durante un tiempo que no sabemos cuánto durará. Aguantar la tristeza implica conectar con ella como emoción primaria, limpia de culpa y ansiedad. Sabemos que hemos conectado porque la sensación es, de algún modo, agradable: allí ya no hay angustia, no hay que luchar, nada más que  averiguar: sólo estar. Lo explica Leslie Greenberg:

Los sentimientos primarios son agradables. Uno siente que son correctos, aun cuando sean doloroso. Incluso cuando no son saludables te ayudan a sentirte más sólido. Son, con claridad, lo que tú sientes. Puedes decir “siento que he fallado o “me siento destrozado o asustado de estar solo”. Esto se dice sin pánico. En vez de dejarte confundido o ansioso, te proporciona una base sólida. Serás capaz de admitir: “sí, esto es lo que siento”.

Aguantamos la tristeza como se aguanta un muro que está a punto de derrumbarse, sin saber si podremos apartarnos a tiempo. Reunimos el coraje necesario para darle los buenos días y las buenas noches; bajamos con ella a un lugar oscuro y sin luz cada vez que nos reclama. Deshacemos con nuestras manos cada una de las ilusiones que teníamos antes. Nos agotamos tratando de continuar por el camino antiguo hasta aceptar, por fin, que es imposible seguirlo. Y entonces, cuando empezábamos a sentirnos cómodas en compañía de la tristeza, hay que dar un paso más para no recrearnos en ella, para no dejarnos arrastrar.

Mientras estamos inmersas en el dolor no concebimos un nuevo cambio; sin embargo conectar con la tristeza es un proceso que nos obliga a pararnos y soltar lastre. Las pérdidas se han llevado una parte de nosotras mismas: de nuestras rutinas, nuestro sentimiento de amor, nuestros apoyos. Tenemos que raspar los huecos vacíos para empezar a llenar de nuevo nuestra vida con actividades que nos ayuden a construir nuevos significados, con personas que también tengan la valentía de conectar con sus emociones. No vale cualquier cosa, no queda mucho espacio para lo irrelevante. Hasta que un día, sin que nos demos cuenta, comenzamos a transitar nuevos lugares que reflejan lo que de verdad somos, lo que queremos, lo que sentimos.

LidiaLunaPirineo

Estas palabras están dedicadas a todas las personas que aguantan o aguantaron su tristeza; con el deseo de que los próximos meses estén llenos de consuelo, esperanza y nuevos afectos.