Dicen que es bueno meditar, de vez en cuando, imaginando que la muerte está sentada a tu lado; pensando en lo que ella te diría, en cómo respondería a tus preguntas. Durante muchos, muchos años, ella ha estado ahí casi todo el tiempo sin que yo la invitara.

La primera vez que nos vimos yo era una niña que, sentada en la parte de atrás del coche, recuerdo ese instante con claridad, tuvo la certeza de que un día iba a morir. No recuerdo un desencadenante, pero sí la clarividencia que me acompañó desde ese momento. Siendo una adolescente busqué respuestas en varios libros. El que más me calmaba era Secretum, de Antonio Prieto. Contaba la historia de un profesor que elige morir en una sociedad que ha alcanzado la inmortalidad, a cambio de que no nazcan más personas. Entre sus argumentos, el protagonista afirma que no se puede amar un instante sin saber que se escapará de nuestras vidas. No lo comparto, pero he conseguido entender que no tenemos elección; sucederá.

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Recuerdo otro fogonazo en el coche, hace unos años, en el que de repente fui consciente de que un día dejaría de tener consciencia. Me contó hace unos meses un hombre de corazón gigante que él también lo sentía a veces. Que esa certeza es una sensación casi física, dolorosa. Para mí fue como traspasarme los huesos, llenarlos de arena, clavarme en el suelo. Era una sensación que me invadía, de la que no podía escapar. Dolorosa, sí, de una forma extraña y desconocida. La dejé estar hasta que se fue diluyendo, poco a poco. Regresó a menudo. Cuatro años y muchas emociones después, ha dejado de doler; no puedo invocarla, aunque quiera. Soy consciente de mi fugacidad, transitoriedad, levedad, incertidumbre; pero no me atraviesa.

Aquellos días tuve un sueño que me ayudó mucho. Veía cómo otras personas desenterraban una cápsula del tiempo; las veía desde fuera, desde otro plano, pero yo ya no estaba allí; no existía. Al despertar sentí que esas personas eran una generación futura, muchos años después de mi muerte. Que mi tiempo era ahora, igual que hace cien años fue el de otras personas. Me sirvió para entender; una vez más, es lo que sucederá.

La muerte me ha visitado muchas veces desde que era una niña; no quiero enumerarlas. Familia, amistades, conocidos, personas queridas de personas muy queridas. Cada vez que llegaba lo inundaba todo; cada vez que se iba yo entendía un poco más pero seguía doliendo tanto, seguirá doliendo tanto. Nos hace sentir más vivas, más presentes, más cerca de las cosas y las personas importantes. Pero, a la vez, nos recuerda que todo puede romperse en cualquier momento.

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Una vez me dijo un gran psiquiatra, acostumbrado a trabajar en situaciones muy difíciles, que lo que nos cuesta es aceptar que la vida (y la muerte) tienen un componente muy grande de azar. Es posible. Cuando acumulamos pérdidas sentimos que no hay azar, sino fatalidad. Como si todo lo que amamos estuviera en el ojo de un huracán y pudiera ser arrastrado al centro en cualquier momento, incluyéndolos a nosotras mismas.

Hace un año vi una película que mostraba ese temor, esa sensación de que el suelo puede abrirse bajo tus pies en cualquier momento y arrrastrarte, arrastrar a quien amas. Nunca he visto la pérdida reflejada con tanta precisión. Fue como si alguien me regalara un lienzo, un pincel y el primer trazo; desde entonces hasta hoy la pérdida tiene forma, nombre, colores. Aún me mareo un poco y me agarro el estómago mientras escribo, pero puedo acotarla; no es una sensación difusa que lo invade todo, que no puedo identificar ni manejar, que provoca miedo al miedo. Nos conocemos, nos hablamos, nos respetamos.

Unos días después de ver aquella película me reuní por primera vez frente a Silvia Melero Abascal para que me contara Luto en Colores; para formar parte del proyecto. Repensar la muerte para celebrar la vida.

Desde entonces, poco a poco, ella se ha ido. Sé que volverá, pero ya no está sentada a mi lado. En estos últimos meses soy tan consciente de lo que soy y siento que, a menudo, deseo que algunas sensaciones, algunos momentos, no se acaben nunca. Me gustaría estar siempre paseando esta orilla, escuchando a, abrazando, bailando, mirándome en los ojos de, contando cuentos, escribiendo, luchando… Muchas veces muchos puntos suspensivos. Saber que no puedo, tener un lienzo y recibir colores de la gente que quiero y me quiere, ha hecho que sea capaz de disfrutar esos instantes; no porque vayan a escaparse de mis manos, sino porque son eternos mientras los sostengo entre ellas (como la criatura efímera y afortunada que soy).

Para Mila, Bego, Fran; para Ester, que nos ha juntado. Para todos los corazones que se fueron antes de tiempo; para los que se quedaron, rotos y remendados. No enumero; ellas y ellos saben.

Nos vemos los días 25 y 26 de octubre en las I Jornadas de Luto en Colores, en Madrid.

CartelJornadas

Soy la Muerte.

(..)

La vida y yo

habitamos juntas

en todos los cuerpos.

(…)

El amor no muere,

aunque se encuentre conmigo.

Soy la Muerte, Elisabeth Helland Larsen & Marine Schneider

 

 

 

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