Buenos días_LidiaLuna

Hoy es un buen día para empezar, no esperes a mañana. Busca un lugar a solas y en silencio. Cierra los y concéntrate en tu respiración. No te esfuerces por coger más aire, ni por hacerlo más despacio o de forma más profunda. Simplemente siente el aire entrar y salir de tu cuerpo, sé consciente de su recorrido y de las sensaciones que te provoca. Permanece así durante unos minutos. Cuando lleguen pensamientos a tu cabeza, no hagas nada: no intentes detenerlos ni acallarlos, no dejes que se paren ni los juzgues. Déjalos pasar, deja que se vayan.

Este es el ejercicio más básico para practicar la atención plena. Es simple, pero no sencillo; así que no te preocupes si no has conseguido seguir todas las instrucciones. La atención plena es una forma de meditación basada en algunas tradiciones budistas, integrada hoy en día en diversos tratamientos médicos y psicológicos. El programa más conocido, desarrollado por Jon Kabat-Zinn, consiste en la práctica diaria durante ocho semanas; pero también podemos ejercitarla con cualquiera de sus libros. El objetivo es estar en el momento presente y ser plenamente conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor, aceptando y sin juzgar.

El primer paso es darnos cuenta de la importancia que damos a nuestros pensamientos, de cómo les otorgamos valor de realidad. Llegamos a creer que somos lo que pensamos. Sin embargo, cuando logramos percibirlos como si fueran un proceso más de nuestra mente y no una verdad absoluta, nos damos cuenta de que hay un nivel de conciencia más allá de ellos; uno más pleno, más auténtico. Es el que alcanzamos cuando estamos inmersas en una situación placentera: realizando una labor creativa, contemplando la naturaleza, en una conversación relajada. ¿Recuerdas cuándo lo sentiste por última vez? Estabas allí, en el momento presente. Sabías que estabas allí pero no eras consciente de ti misma, o de ti mismo: simplemente estabas.

LidiaLuna_Arousa_2015

Estamos habituadas a funcionar con el piloto automático: andamos, comemos e incluso hablamos sin ser muy conscientes de lo que estamos haciendo. Automatizar algunas tareas nos permite ahorrar energía; pero corremos el riesgo de desconectar de nosotras y nosotros mismos, de lo que sentimos, del mundo y de los demás. Es posible que llegue un momento en que queramos parar, volver a estar en el presente, y no encontremos la forma de hacerlo; entre otras razones porque nos aferramos a las preocupaciones que tanta energía nos han consumido: si llevo varias semanas dándole vueltas a esto, ¿cómo voy, simplemente, a dejarlo de lado? Hacer eso significaría haber perdido el tiempo. Sin embargo, Jiddu Krishnamurti afirmó:

No acumular, sino morir cada instante, es ser eterno

Este enfoque es el mismo que nos permite salir del círculo de nuestros pensamientos. Pasamos la mayor parte del tiempo dando vueltas a lo que sucedió en el pasado, fantaseando con cambiar lo que fue, pensando “qué habría sucedido si”. La atención plena, devolviéndonos al presente, nos propone afrontar cada día como si empezáramos de cero. No se trata de olvidar todo lo que fuimos, sino de dejarlo a un lado; perdonarnos, reconocer nuestras equivocaciones, cerrar las puertas y seguir adelante. No se trata de ser personas siempre felices, contentas, satisfechas; se trata de darnos cuenta de que nuestros pensamientos y estados de ánimo son transitorios, y sobre todo, que somos algo más. Que el hecho de haber tenido un mal día no nos obliga a tener una mala semana.

Cuando empezamos a practicar la atención plena surgen varios temores. Uno de ellos puede ser perder el control, dejar de preocuparnos por las cosas. Suele suceder, sin embargo, que cuanto menos nos empeñamos en controlar y cambiar las situaciones, más abiertos estamos a ellas; las percibimos mejor en su totalidad, sufrimos menos y tomamos mejores decisiones.

La atención plena también implica ver como si fuera la primera vez: a nosotros mismos, y a los demás. Cuando empezamos a aceptar que las cosas son como son, empezamos también a admirar su belleza, sencilla y cotidiana. A capturar pequeños gestos y pequeños momentos. Nos convertimos en personas más creativas y resistentes. Las situaciones dolorosas no desaparecen, pero aumenta nuestra capacidad para afrontarlas y, sobre todo, para que no nos arrastren. Somos conscientes si nos equivocamos, pero no nos machacamos por ello.

Cuando dejamos de empeñarnos que las situaciones, nuestras vidas u otras personas tienen que ser de una determinada manera, y empezamos a verlas tal como son, a mirarlas sin juzgar, empezamos a entender qué es el amor en su sentido más amplio (de nuevo Krishnamurti):

Si lo observáis, percibiréis que lo que echa a perder nuestras relaciones es pensar, pensar y pensar, calcular, juzgar, sopesar y ajustarnos continuamente; y que lo único que nos libera de todo eso es el amor, que no es un proceso de pensamiento. No se puede pensar en el amor. Podéis pensar en la persona a la que amáis, pero no en el amor.

Pero esa es otra historia, y prometo contarla en otra ocasión.

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