Una de las tareas más difíciles de mi vida ha sido aprender a darme consuelo, recordar que existe un lugar dentro de mí al que puedo volver cuando quiera. A veces el camino de regreso es largo y necesito preguntar a la gente que me quiere; pero existe. Es una cabaña en la que duermo cada día, en la que puedo charlar con quien yo quiera; incluso conmigo misma. En una de las paredes está escrita esta frase:

El desorden no es lo contrario del amor

Me recuerda que soy humana, falible y, aun así, digna de recibir amor; que cuando el orden de los objetos, los espacios o las rutinas se convierten en prioridad por encima del cuidado de nuestros afectos tengo, tenemos, la necesidad y el derecho de alborotarlos, como sucede en la película Un monstruo viene a verme. El mandato de mantener el orden es una tarea inagotable que no termina nunca; siempre hay algo que se rompe o se descoloca. Ese movimiento es la vida, no existe el orden perfecto a pesar de que luchemos a cada instante por mantenerlo.

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© Tsoku Maela

A veces el desorden exterior refleja y sostiene nuestro desorden interior, el que nos habla de las historias rotas o que no podemos contar; de emociones tan dolorosas, desconocidas o contradictorias que no sabemos cómo hacernos cargo de ellas. Nos está gritando que para recomponernos tenemos que soltar primero los pedazos, verlos caer, tolerar el dolor y el vacío de las piezas rotas, recogerlas con mimo; pegarlas con confianza hasta recuperar una integridad fortalecida porque, en el proceso de reconstrucción, nos habremos apropiado de nuestras heridas.

Durante los primeros años de nuestra vida necesitamos de nuestras figuras de apego dos mensajes:

  • “Veo lo que eres, lo acepto y reconozco tu derecho a recibir amor; estoy aquí, no voy a irme” y
  • “Sea lo que sea, tienes derecho a sentirlo y expresarlo”.

Estos mensajes a menudo nos llegan de forma contradictoria o poco constante, de modo que no llegamos a interiorizarlos y no tenemos una base segura desde la que explorar las relaciones interpersonales; los vínculos de afecto con otra persona pueden resultar amenazantes o difíciles de manejar. Así, el desorden se convierte en una trinchera contra algo que nos hace sentir muy vulnerables: la posibilidad de que alguien llegue a amarnos a pesar del caos que llevamos dentro, vea más allá, encuentre la estrella danzante y quiera acompañarnos.

A pesar de todas las narrativas dominantes que nos instan a no depender de nadie, somos criaturas sociales hechas de apegos; estamos todas en la misma lucha con mayor o menor intensidad. Necesitamos honrar nuestro propio desorden interno y externo, reconocernos en el amor de otras personas, compartir nuestras historias rotas para recuperar la integridad.

Cada vez que encuentres a alguien capaz de ver la estrella danzante que habita en tu interior cierra los ojos, reconoce tu miedo, escucha la música y empieza a bailar. Merece la pena.

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Fisuras, ©Sol Salama

Gracias a Nacho Serván que me regaló el cartel de la cabaña; A Sol y Donna Salama, por la valentía y la belleza con que comparten sus fisuras; a todas las personas que abrazan mi desorden y comparten el suyo: ellas saben. Gracias.

Imagen destacada ©Jim Kay, A monster calls

3 comentarios

  1. El día que terminé de escribir este post me encontré en la Librería de Mujeres de Madrid con el libro Filosofía de guerrilla, de Marina Garcés. Lo leí esa misma tarde y tuve la sensación de haber llegado a algún lugar; encontré consuelo y aliento a la vez. Hoy, he abierto su web para recomendársela a un amigo y he llegado hasta sus artículos en el periódico: aquí estaba la cabaña, mucho antes de que yo la construyera http://www.nativa.cat/2013/04/la-habitacion-interior/ (también encontré mucha belleza en ese relato de Carson McCullers).

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