Cada vez que salgo a la calle siento que doy, que damos, un paso hacia adelante; que regresa poco a poco el alboroto cotidiano, el movimiento de la vida. En ese instante, mientras siento el horizonte expandirse un poco más y se abre el espacio de lo posible percibo, también, todo lo que había dejado de serlo; lo que se quedó encogido, contraído. Sueños, anhelos, deseos, quedaron aplazados; duermen en el el bolsillo de la esperanza y van desperezándose, despertando con la luz de cada día.

«Habrá que soñarlo todo de nuevo para que pueda ser», escribí después del primer paseo. Tenía miedo a que algo se rompiera, como si ese instante fuera frágil; y, al mismo tiempo, me atrapaba la belleza salvaje de la vegetación. Aquellos primeros días leí en tuiter algunas conversaciones que apoyaban mi sentimiento de estos días: «abajo el césped, arriba los matojos«.

Siempre digo que, como el refrán, soy más de campo que las amapolas; ellas me acompañaron durante todos los paseos de mi infancia; cuando mis padres me llevaban a la montaña, o mis abuelos a la Casa de Campo. Una de las ventajas de haberme criado en los últimos barrios del sur de Madrid es que siempre tuve frente a mí espacios abiertos y personas pequeñas, de las que estas semanas han vuelto a sostener el mundo con su trabajo y sus cuidados.

Volver al mundo, ha sido como volver a empezar de nuevo; para bien, y para mal. Recuperar el asombro, disfrutar el milagro de la existencia casi como Lázaro resucitado; quizá el confinamiento no fuera tan largo, pero estaban tan sujeto al control externo que las últimas semanas era casi imposible encontrar un resquicio de ilusión al que agarrarse. ¿Cuándo volveré a ver a mi familia? ¿Cómo será la vida después de esto? A día de hoy todavía no puedo responder con precisión a ninguna de esas dos preguntas; pero estoy aquí, estamos aquí, y encontraremos la forma de reconstruir la esperanza.

Mientras tanto, creo que hay una tarea hermosa y reparadora que podemos hacer: seguir tejiendo la memoria de lo vivido para poder, así, proyectarnos en lo porvenir. Para suturar las heridas, acariciar las cicatrices, compartir el daño y, sobre todo, la inmensa capacidad que tenemos las personas para adaptarnos y sobrevivir. Hemos encontrado la forma de seguir adelante cada día; nos hemos hecho cargo de las redes de apoyo mutuo y solidaridad. Hemos pasado por siete estados emocionales cada día, a veces cada hora; a veces sin pegar ojo durante varias noches seguidas. Ante el miedo, la tristeza, la precariedad y la incertidumbre; sobre la esperanza de construir un mundo diferente, de preservar lo mejor de la experiencia.

Desde que todo esto comenzó he tenido muy presente la fragilidad y la fortaleza de la narrativa que nos sostiene; la continuidad del relato que nos permite integrar lo vivido en nuestra historia de vida para no perdernos, para no rompernos. Publiqué un mini-taller gratuito y un enredo compartido para que facilitaran la tarea. Aun así, en esta casa ha sido difícil seguir el hilo. Recuerdo una fortaleza que parecía invencible; también una bruma pesada en la cabeza desde la que intentaba abrir el álbum de los recuerdos para recordar los instantes de luz pasados, pero solo los sentía deshacerse entre mis manos; como el papel cuando es demasiado antiguo. Por suerte, no estaban perdidos; han recuperado la solidez y la textura.

TEJER MEMORIA

Tenemos, entonces, dos tareas por delante: soñar el mundo de nuevo para que pueda ser, y tejer los hilos de la memoria: recordar quiénes éramos antes de que esto empezara, quiénes y con quién hemos sido durante este tiempo; quiénes, antes que nosotros, sostuvieron la alegría y los cuidados a pesar del hambre, las guerras, la precariedad.

Tuve la suerte de empezar a trabajar como psicóloga un año después de terminar la carrera, hace casi 20. En aquella asociación conocí a alguien que me habló del constructivismo y, desde entonces, no he dejado de estudiar y aplicar el enfoque narrativo de la experiencia que, más allá de una teoría, es un marco teórico. Nunca he sentido la necesidad de justificarlo ni justificarme; quizá porque lo siento tan inmenso que no sé ponerle límites, a veces ni siquiera para contarlo. Y sin embargo, hay dos cosas que tengo claras: las palabras importan, mucho. Las palabras nos nombran, nos ordenan; nos dan sentido y se lo dan al mundo, lo que nos permite (en la medida de lo posible) predecirlo y anticiparlo; formular hipótesis sobre él que nos ayudan a sentirnos seguras, seguros. A saber qué tenemos por delante y cómo lo afrontaremos.

Por ese motivo las palabras, igual que la experiencia, son únicas y exclusivas para cada persona. Podemos acordar significados compartidos; pero necesitamos, también, honrar y compartir los nuestros. Hay quien propone, desde el principio, buscar los aprendizajes; para mí, sin embargo, esta palabra ya tiene una carga, porque presupone una cierta jerarquía y una lección en lo vivido. Puede ser útil para otra persona; pero a mí no me sirve, no me nombra del todo. Por ejemplo, he aprendido muchas cosas; pero también he perdido otras que eran importantes para mí.

Así que prefiero ampliar las preguntas: ¿cuáles han sido los momentos más difíciles? ¿y los mejores? ¿qué has descubierto? ¿qué te llevas? ¿qué necesitas ahora, en este momento? ¿qué puedes hacer para conseguirlo?

Pero, como siempre, estos son mis mapas; lo importante es que recojas lo que te sirva para dibujar los tuyos.

ORDENAR LO VIVIDO

Es en este punto donde los saberes de la escritura personal se mezclan con los de la terapia narrativa. La escritura nos ayuda a crear un lugar seguro desde el que hablar con nosotras, con nosotros mismos. Nos permite decir nuestra verdad, buscar nuestras palabras; ordenar lo vivido para devolverle la integridad y el sentido, aunque sea con las grietas de lo que se rompió para siempre. No soy capaz de pensar en un antes y un después, sino en un cómo y un durante; la vida será distinta a cómo la conocíamos, pero ¿cuándo permanece igual, en el transcurso de unos años? Todo cambia; solo el amor permanece, incluso cuando perdemos a las personas a las que queremos.

Creo que merece mucho la pena tejer los hilos de la experiencia; revisar lo vivido, descolocarlo y ordenarlo de nuevo hasta que tome su propia forma; sin intentar encajarlo en ningún molde. Recuperar y honrar la memoria de quienes vivieron antes; su sabiduría que permanece a través de los tiempos. Desbrozar los sueños para seguir cuidando los que se han salvado; cultivar otros nuevos. Honrar nuestra vulnerabilidad, tan presente y hermosa estos días; compartir y sacar a la luz nuestras fortalezas. Las de cada persona, las colectivas. Nos querían en soledad y nos han tenido en común; que no se nos olvide la fuerza de las redes.

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Artículos y recursos externos

IMÁGENES: Lidia Luna (todos los derechos reservados)

(Me cuelo por aquí para que recordéis de vez en cuando quíen está al otro lado)

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Si tienes cualquier pregunta, aportación o sugerencia, te leo en los comentarios.

¡Hasta pronto!

3 comentarios

  1. Agradecida con usted y con la vida , por darnos motivos para seguir ,,de cara al sol. Muchas gracias. He puesto en práctica muchas de sus valiosas propuestas…muchas; adaptandome a lo cotidiano, a lo “urgente “, o; a lo que a mí me mueve…gracias nuevamente. Sus preguntas son tela fina,para el traje que me envuelve…

    1. Gracias a ti, Norma, por comentar 🙂 Me alegra mucho que te acompañen las preguntas, a veces basta una pequeña chispa. ¡Que siga arropándote y acompañándote este traje de la mejro forma posible! Nos encontramos aquí.

      Un abrazo

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