Hace semanas que quiero escribir en el blog; pero la vida pasa llena de tareas, y mis palabras se quedan en los cuadernos. Este año he escrito mucho; a menudo sin pensar, casi sin saber qué escribía hasta que lo leía la terminar. Una escritura libre, que fluye desde lo más profundo; que limpia y abre caminos. Si existen el alma o el espíritu, tengo claro que ese es el lugar en el que nacen las palabras, las imágenes; la memoria de lo que fue y el deseo de lo que vendrá.

Ayer terminamos un pequeño reto que convoqué en el canal de Telegram (lo encuentras en la página de contacto por si quieres sumarte). Se llamaba «Pequeñas cosas» en honor a la canción de Serrat y a las palabras de Galeano sobre la gente pequeña; y al finalizar me di cuenta de que todas las propuestas hablaban de una u otra forma sobre aquello que nos hace humanas, humanos: la empatía, la compasión, tener un cuerpo; la sensibilidad interna y externa. Y un obstáculo con el que tropezamos una y otra vez: sentir que no tenemos tiempo.  Ese mal compartido que ya anticipó Michael Ende, que me acompaña y me guía con sus maravillosas historias; siempre es una buena idea volver a leer Momo para entender cómo hemos llegado hasta aquí y empezar a encontrar alternativas a ese mal endémico que nos roba el tiempo.

¿Qué nos hace humanas, humanos? Te dejo responder la pregunta en tus paseos, en tu cuaderno, en las conversaciones con otras personas; si te apetece compartir en los comentarios, me encantará leerte. Personalmente, creo que lo que nos define como especie es la compasión, la empatía; la imaginación, la memoria, la sensibilidad. En este artículo titulado Artificial Intelligence and Emotional Intelligence la autora, Elif Shafak,  menciona el inconsciente colectivo como la fuente de todas las creaciones humanas; un lugar al que la Inteligencia artificial jamás tendrá acceso.

Pero, ¿para qué nos sirven todas esas cualidades en el siglo XXI? Hace unas semanas, charlando con una amiga sabia, ella me decía que hemos perdido algo que tenían nuestros mayores, las generaciones que ahora tienen o tendrían 80 años o más, y nos hacían profundamente humanas: la transmisión oral de la información. Recibir la información sobre el territorio, el cuidado de la vida; sobre las etapas más importantes de la vida de un ser humano, o sobre la llegada y la despedida de este mundo, directamente de la boca de otra persona. Escuchar los horrores de la guerra y sus consecuencias durante tantos años después para tener la profunda certeza de que nunca merece la pena volver ahí; que la vida tiene un profundo valor y nada justifica el exterminio de la naturaleza o las personas (siempre es una buena idea volver a leer a Aleksiévich).

Más allá de la utilidad de recordar la humanidad compartida, de cómo nos ayuda a cuidar otras formas de vida y la propia tierra que nos sostiene, necesitamos sentir la conexión y la pertenencia con otras personas, con los espacios que habitamos; quizá no necesariamente en un lugar concreto, pero sí como seres sintientes y sensibles. Somos animales de sentido; necesitamos entender, ordenar, narrar lo que nos pasa cada día y a lo largo de una vida. Cuando sientas soledad, tristeza o desarraigo, busca el contacto profundo con otro ser humano; si no tienes acceso a él, pide ayuda o busca apoyo terapéutico, social, comunitario. A pesar de todas las narrativas que durante mucho tiempo nos han impulsado a ser independientes, necesitamos vincularnos para tener una buena vida. Cuenta tu historia; escucha las historias de otra persona de viva voz, con todo el cuerpo.

Si te apetece compartir tu humanidad conmigo y con otras personas que también están creando, escribiendo, encontrando la forma de cuidarse y seguir cuidando la vida que nos sostiene, estos son los espacios que te ofrezco:

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