Quizá porque nací en la mitad oscura del año, cuando los días acortan y las hojas caen de los árboles agradezco el recogimiento y la lentitud que trae el invierno. Me gusta ese ir hacia dentro, mirar lo que hay en el interior; darle una forma exterior que me permita entenderlo y manejarlo como garabatos, poemas, páginas de mi diario.

Quizá porque los opuestos son en realidad complementarios y se necesitan para mantener el movimiento y la vida, paso las últimas semanas del invierno anhelando el regreso de la primavera. Agradezco el sol que calienta y seca los huesos; que se lleva los daños, los miedos y las tristezas que quedaron adheridos a ellos y los transforma en calor, combustible para la vida y los nuevos sueños. La semilla nace a la luz del sol; pero solo porque antes pudo protegerse de ella bajo la tierra alimentándose de su calidez y oscuridad.

Mis vacaciones estos días festivos han sido días de sol, calma y lentitud. Días para bajar el ritmo del sistema nervioso y volver a acompasarlo con el de la naturaleza. Los pájaros (un año más) han vuelto a posarse en el balcón; dan los buenos días por la mañana, me acompañan cantando en el camino. Últimamente yo también canto; y me pregunto cuándo y por qué dejamos de hacerlo a todas horas. En las casas de mi infancia siempre había música, siempre se cantaba. Lo cuento aquí. ¿Cómo lo recuerdas tú? En tu casa, en el pueblo o en el barrio, ¿se cantaba? ¿Qué cantaban? ¿Quién lo hacía?

Junto con la de contar y escuchar historias, intuyo (no lo sé con certeza) que esta es una de las costumbres más humanas y antiguas que existen. Se cantaba en los encuentros tristes y alegres; se cantaba para invocar y pedir, también para agradecer. Quizá, como tantas otras prácticas y rituales, se apropió de ellos la religión y, al hacerlo, los perdimos como parte natural de nuestro cotidiano; su poder y su consuelo dejaron de estar a nuestro alcance.

Los rituales ancestrales están asociados a la rueda del año, a la vivencia cíclica del tiempo; algo que siempre ha sido un tema de estudio importante para mí. Buscaba alternativas al tiempo lineal, que es el que marcan el calendario y las narrativas dominantes; uno que solo va hacia adelante y cuya estructura me resulta ajena. No me permite integrar mi experiencia, porque no tiene su forma: es un tiempo artificial, encorsetado. Un convenio que nos ayuda a entedernos y comunicarnos, pero nada más.

Y luego está el tiempo en espiral, que es el que la humanidad ha sentido, con el que se ha sincronizado, durante muchos siglos. No por romanticismo, sino por necesidad: entender y anticipar las subidas del río, los cambios de estación, las tormentas y los períodos de bonanza era imprescindible para cuidar y mantener la existencia. Ese tiempo está inscrito en nuestra memoria ancestral, la que nos ayuda a orientarnos en el mundo y sobrevivir en él; invocar y celebrar la continuidad de la vida, que se renueva en cada ciclo. Sigue siendo el que mejor acoge nuestra experiencia, por más que en los dos últimos siglos la industrialización haya intentado prescindir de él para que encajemos en la lógica del tiempo lineal en la que lo prioritario es la producción de materiales y no la reproducción y el mantenimiento de la vida en todas sus formas.

El tiempo en espiral se diferencia del tiempo circular en que este último es un tiempo cerrado, en el que no hay posibilidad de abrirse hacia lo nuevo. La espiral, en cambio, es orgánica: tiene un movimiento, una apertura. A veces necesitamos volver a pasar por lugares que ya hemos recorrido, para recuperar una memoria o integrar un aprendizaje; pero podemos proyectarnos hacia el futuro.

Agradezco los recursos teóricos para integrar este aprendizaje al al colectivo Latir, con quienes he encontrado la forma de expresar, experimentar y descolonizar el tiempo mediante las prácticas artísticas y etnográficas. A Paloma Todd, con quien sigo aprendiendo a a recuperar prácticas y sabidurías ancestrales para cuidar nuestra soberanía creativa.

Hace ya varios años que, sin darle ese mismo nombre, acompaño a personas que buscan reapropiarse de su creatividad y su autocuidado; habitar el presente y el tiempo desde un lugar propio, no impuesto por narrativas externas. Identificar las narrativas dominantes, las historias que nos han contado y nos cuentan pero no son nuestras; reemplazarlas por narrativas alternativas, propias, que puedan sincronizarse con nuestros propios ritmos, con nuestra experiencia; y, desde ese lugar, entrar en relación con el mundo que nos rodea y con otras personas de una forma más saludable; en diálogo y alineada con el cuidado de la vida en todas sus formas. En relación de pertenencia y de escucha, de cuidado mutuo, con el entorno.

Así nació Escribir a la mujer salvaje hace varios años; desde ese lugar tuve la suerte de crear varios cursos a demanda el año pasado, y desde ahí he retomado el acompañamiento terapéutico individual. Y ahora que ya estamos recorriendo el camino del corazón (muchas, muchas gracias por la acogida) nace una propuesta nueva que lleva varios meses en el horno: ritual, imaginación y autocuidado cíclico. un taller online para rehabitar el tiempo cíclico frente a la narrativa del tiempo lineal; recuperar la conexión con tu cuerpo, con la naturaleza y con las comunidades de las que formas parte, revisando y actualización la pertenencia y la participación. Reapropiarte del autocuidado desde el goce y el disfrute, en diálogo con los cuidados; sin sentirlo como una obligación más.

Este enfoque también está muy presente en Escritura y autocuidado; un programa con recursos y orientaciones para que puedas crear un lugar en el que encontrarte contigo para recuperar esa práctica de la creatividad y el autocuidado, recuperando el tiempo para lo importante con la ayuda inicial de la sabia Momo.

¿Te apetece que exploremos juntas, juntos, ese tiempo en espiral? Estas son todas las convocatorias abiertas en las que, de una forma u otra, está presente. Y si tienes cualquier duda, estoy al otro lado:

(c) Texto e imágenes (excepto imagen de portada*): Lidia Luna

*Alysa Bajenaru Vía Unsplash

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